Política

un lastre oculto del Uruguay

En Uruguay existe un programa de salud renal que tiene grandes resultados. Su principal problema radica en que es secreto.

El programa existe desde hace más de 15 años. Los médicos y los prestadores de salud inscriben voluntariamente a sus pacientes. La clave de este esquema de salud renal es que tiene una agenda de seguimiento establecida: los pasos a seguir por médicos y pacientes para prevenir las enfermedades renales son indicados paso a paso y se disparan alarmas que advierten a los médicos cuando un paciente deja de controlarse.

“El programa demostró que a los pacientes que están en el programa les va mejor: porque controlan sus factores de riesgo vascular, porque entran más tarde a diálisis, hasta siete años más tarde en algunos de los estudios que hicimos, y tienen unan mortalidad un 30% menor”, dijo Ricardo Silvariño, presidente de la Sociedad de Nefrología del Uruguay, entrevistado por el programa Desayunos informales, el 12 de marzo.

Pero el programa no es obligatorio y hay instituciones médicas que lo han adoptado y otras que no.

“Al momento actual hay nada más que 51 instituciones adheridas al programa. Nuestra aspiración actual es que todas las instituciones públicas y privadas, del interior y de Montevideo, formen parte de este programa que demostró ser tan exitoso”, agregó Silvariño.

¿Cuáles son las 51 instituciones que sí han adoptado este plan? ¿Y cuáles las que no? Aunque parezca mentira, el público no tiene derecho a saberlo. En la web del Fondo Nacional de Recursos se alude a este tema con frases de una ambigüedad casi risible: El Programa de Salud Renal “se lleva a cabo en una parte importante del país…”.

¿En qué partes? No dice.

Dependiendo donde uno se atienda, si usted tiene la desgracia de padecer una enfermedad renal podrá entrar a diálisis siete años antes o siete años después. Sus posibilidades de morir serán 30% mayores o menores. Pero la elección no dependerá de la información y el razonamiento, sino de la suerte.

“Siete años en la vida de una persona es mucho tiempo. Siete años en diálisis es muchísimo tiempo en vida, en tiempo, en proyectos. Y no solo por el tema de la diálisis. Con siete años podría trasplantarse en forma anticipada y no entrar nunca a diálisis”, agregó Silvariño en la entrevista televisiva.

¿Entonces por qué algo tan importante permanece oculto al público?

La respuesta es porque casi todo lo que ocurre con nuestro sistema de salud es secreto para los uruguayos. ¿Qué mutualista tiene los mejores resultados en el tratamiento de tal o cuál enfermedad? ¿Dónde se dan los mejores resultados contra el cáncer? Es un misterio.

Los ciudadanos somos como niños que no pueden saber la verdad. Hasta corralito mutual tenemos.

“En el Uruguay no está la política de reportar resultados”, dijo Silvariño en el programa de Teledoce. “En otros países del mundo las instituciones muestran públicamente cómo les va en su atención al público, sus cirugías y sus programas de prevención. En Uruguay no es costumbre, pero realmente sería bueno que la población tuviera acceso a saber cómo le va a su institución. Y qué esfuerzos hace su institución y sus médicos para que al paciente le vaya bien”.

En el caso del programa de salud renal, el secreto, como es evidente, protege a las instituciones que no lo han adoptado. Si no fuera un dato oculto, los usuarios de esos centros de salud podrían presionar a sus médicos y directivos para que se sumen al programa, que ni siquiera significa costos adicionales significativos y ahorra mucho dinero y sufrimiento futuro.

El secreto, en cambio, juega a favor de mantener las cosas como están. Atrasa, es una rémora, un lastre que nos imponemos a nosotros mismos, protegiendo todas nuestras ineficiencias.

“La divulgación de información promueve la mejora de los servicios por competencia o por rendición de cuentas. Es una regla básica en una democracia. Es una cuestión moral y un mecanismo fundamental para incrementar el bienestar a través competencia”, dijo el economista Marcelo Caffera, especializado en temas ambientales.

Estos ocultamientos tienen un lado aún más ominoso: siempre hay una pequeña casta privilegiada que sí tiene acceso a los datos que están vedados a la inmensa mayoría. Que saben y pueden decidir en función de la información que tienen, mientras el resto permanece a ciegas.

Lo peor es que Uruguay tiene una histórica fascinación con el secreto: rige para todo, no solo para la salud de nuestros riñones.

¿Qué tan limpia es el agua que sale de nuestras canillas? ¿Es igual el agua en Montevideo que en Rivera?

¿Qué Jefatura de Policía resuelve más casos? ¿Qué comisario debería ser promovido por sus buenos resultados y cuál tendría que dedicarse a otra cosa?

¿Qué institución educativa tiene mejores resultados en matemática y en comprensión lectora?

¿Cuántos plaguicidas tienen las frutas y verduras que consumimos?

Todo es un gran secreto. Nada puede ser informado a los ciudadanos.

Hay algunos datos que se publican, pero del modo más ininteligible posible para la gente común: la calidad del aire en Montevideo, los datos del observatorio de medioambiente.

Para justificar estos enormes agujeros de información se suele recurrir a la cada vez más omnipresente corrección política: no podemos saber, porque si supiéramos corremos el riesgo de estigmatizar a aquellos a los que le va mal.

La realidad es que el secreto ampara los bolsones de atraso, comodidad e ineficiencia. Y condena a las víctimas de todo lo que no funciona a seguir padeciendo eternamente los pésimos servicios que reciben: tomar la peor agua, enviar a sus hijos a centros de estudios donde que no los prepararán para el futuro, y atenderse en mutualistas u hospitales que les robarán siete años de vida plena.

Todo esto ocurre en silencio. Unos escondiendo sus ineficiencias hasta el fin de los días. Otros conectados a una máquina de diálisis siete años antes de tiempo.

Ni nos enteramos.

Es un secreto.




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