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Marte, un pueblito de otro planeta en donde Donald Trump es el más popular de todos

Pasarán años hasta que se resuelva el misterio, pero Kevin Lynch y sus vecinos no necesitaban que la NASA enviara al planeta rojo al robot Perseverance para responder a la gran pregunta de si hay o no vida en Marte.

“Oh, claro que sí. La vida es agradable en Marte, sencilla. Es un lugar tranquilo con cero problemas de delincuencia en el que todo el mundo se conoce y se puede ir a pie a todas partes”, sostiene Lynch, un ingeniero nuclear de 66 años. “Es el mejor lugar del mundo para vivir”, afirma con rotundidad la jubilada Sue Norris. “Donald Trump es muy popular en Marte”, pero el presidente Joe Biden no tanto, apunta Brad Price, propietario de un café.

Hablan con conocimiento de causa. Todos viven en Mars (Pensilvania), el único lugar de Estados Unidos que comparte el nombre con el planeta Marte, una localidad de 1.700 habitantes ha abrazado su relación con el planeta rojo. Un platillo volante salido de las acerías de Pittsburgh da la bienvenida a los visitantes. “Paz en la tierra”, se lee en cuatro idiomas, el ruso incluido, en un poste junto a la nave, que los locales lo usan como altar de bodas.

Su entusiasmo por el planeta rojo ha arrastrado a la NASA y cada 687 días celebran el año nuevo marciano con un festival que atrae a miles de visitantes.

En aras de la agilidad, y para reflejar mejor el tono las conversaciones con los locales, en adelante utilizaremos Marte para referirnos a Mars. “Visto desde lejos, Marte apenas se percibe. No aparece en los mapas del mundo ni de Estados Unidos. Es solo un pequeño punto en los mapas de Pensilvania, pero destaca más en los del condado de Butler”, lo describía en 1973 el alcalde de la época, Lester Kennedy. “Excepto por su nombre poco común, Marte es uno más de los típicos pequeños pueblos esparcidos a lo largo y ancho de América; típico y también diferente, individual”.

Tan igual, tan especial, tan cerca, tan lejos. Aunque situado a solo 28 kilómetros de Pittsburgh, la gran ciudad obrera del oeste de Pensilvania, gran bastión demócrata, en términos políticos Marte parece literalmente otro planeta, tan rojo, el color de los conservadores norteamericanos, como el astro. Republicanos hasta la médula, en el 2016 Marte, como el condado de Butler, votó en masa a Trump (70%). En el 2020 también, pero menos: Biden le arañó cinco puntos.

En Pittsburgh el demócrata arrasó, un resultado que sumado al obtenido en Filadelfia le permitió apuntarse finalmente una holgada victoria en Pensilvania. Así lo certificaron el Parlamento estatal, el colegio electoral, los tribunales y el Congreso de Estados Unidos. Pero la teoría del gran robo difundida por Trump y sus aliados sigue muy viva entre los votantes republicanos, marcianos incluidos.

“No, no me creo los resultados”, afirma Jim, el dueño de la agencia de viajes local. “Con el voto por correo es demasiado fácil cometer fraude. Si quieres votar, deberías tener que ir en persona y enseñar tu carnet de identidad”, asegura, convencido de que los demócratas usaron esas papeletas para cambiar el resultado. Que el Departamento de Justicia de la administración Trump garantizara la limpieza de las elecciones y negara que hubiera fraude no cambia nada.

Las teorías conspirativas

Su vecino Brad Price, republicano, dueño del café Mars Brew House y miembro del consejo municipal, tampoco se cree que Biden ganara legítimamente. “Trump hizo un mitin aquí en Butler y vinieron 57.000 personas. Yo no vi ni sentí que hubiera un apoyo abrumador por Biden, a sus actos apenas iba gente”, observa Price. “No estoy seguro de qué pasó, pero cuando dejaron de contar en Pensilvania Trump le sacaba 700.000 votos a Biden, y luego a la mañana siguiente iba por delante. Es todo muy sospechoso. No acepto esos votos que llegaron después de las 11 de la noche”.

Seguidor de las teorías conspirativas de Q-Anon, Price rechaza las explicaciones sobre los tiempos del escrutinio o las normas sobre el recuento del voto por correo. Las más de 60 denuncias judiciales desestimadas no significan nada para él. “No les dejaron presentar pruebas. El Tribunal Supremo no les dio ni siquiera una audiencia. ¿Por qué? No quisieron meterse. Washington es un lugar muy corrupto. Siento que, al no investigar los casos, el sistema nos ha fallado a la mitad de los votantes del país”, argumenta, pese a que fue la falta de base de las denuncias lo que llevó a los magistrados –varios nombrados por Trump– a desestimarlas.

Como señalaba Price, el expresidente sigue siendo muy popular en Marte. “Volvería a votarle mañana mismo”, asegura Robert Goupil, el dueño de un restaurante en la calle principal del pueblo que abrió justo antes de que empezara la pandemia. “No me gustaban sus tuits ni que fuera tan bocazas, pero sí lo que hizo por el país. Biden ha llegado, le ha dado la vuelta a todo y ya estamos empezando a tener problemas”, dice citando la crisis en la frontera con México, un tema predominante en las charlas con los votantes conservadores de la zona, donde más del 90% son blancos.

“¿Biden? Es aterrador lo que está pasando. Creo que ha perdido la cabeza. Temo por el país, creo que no está bien. Espero que esto no acabe mal y afecte a sus decisiones”, apunta en el porche de su casa Kevin Lynch, el ingeniero nuclear, sentado al sol junto a una figura de un marcianito verde. “Se supone que están tan preocupados por la covid y están dejando entrar a miles de personas por la frontera sin hacerles la prueba”, critica este republicano, escéptico sobre su gestión de la pandemia o la aprobación del plan de rescate.

“No digo que Trump fuera el mejor, pero cuando él estaba en la Casa Blanca el país iba bastante bien y desde que ha llegado Biden todo va cuesta abajo. Está haciéndonos mucho daño”, sostiene por su parte Jim el dueño de la agencia de viajes. Desde que llegó, tenemos más paro, la gasolina cuesta el doble, y hay más gente cruzando la frontera. No, las cosas no van a ir bien con él. Biden va a matar a las pequeñas ciudades como esta. No está a favor de los negocios”, sostiene en su despacho, vacío de clientes desde hace un año.

“Nuestro trabajo consiste en llevar a la gente de Marte a cualquier lugar de la tierra y con la pandemia hemos perdido dos años de negocio. Ahora la gente empieza a tener ganas de viajar pero no pueden ir a ningún sitio fuera de Estados Unidos, no hay cruceros y no quieren conducir porque la gasolina está demasiado cara”, se queja. Tres veces ha pedido las ayudas del Gobierno y tres veces se las han denegado, cuenta. Las volverá a solicitar ahora que Biden ha aprobado una nueva partida pero tiene poca fe. Por suerte, el otro negocio de Jim, pensado no para quienes quieren ver mundo sino instalarse en Marte, una agencia inmobiliaria, se ha resentido menos.

Los marcianos

“Los marcianos tienen ganas de volver a salir y hacer cosas”, opina su alcalde, Gregg Hartung. “Mucha gente se pregunta si realmente debemos llevar mascarillas, pero nosotros seguimos las recomendaciones del estado. Aunque no hay suficiente gente vacunada, ahora ya no es obligatoria”, añade a modo de explicación ante el elevado número de personas que transitan por el pueblo y sus tiendas sin cubrebocas. En la peluquería y el salón de tatuajes de la calle principal (“el sitio más guay de Marte”) cuentan que tienen más clientes desde que dejan a su gusto si llevar mascarilla o no.

Tras nuestra cita, el alcalde va a ponerse la segunda dosis de la vacuna, le comenta al despedirnos a Brad Price, el dueño del café. Él, me aclarará después, lo respeta pero no piensa ponérsela. “No creo que hayan hecho suficientes pruebas. La autorización no siguió los protocolos tradicionales. Tengo buena salud y no voy a dejarme llevar por el miedo”, afirma, confirmando la resistencia de un elevado de porcentaje de hombres republicanos a ponerse el inmunógeno.

Price asegura servir “el mejor café del universo” y hasta hace poco, explica, era el único negocio del área de Marte con cinco estrellas en las reseñas de internet. Pero desde que alguien comentó que tenía una pegatina de Q-Anon en la caja registradora, su valoración cayó varias décimas. Al final, para evitar problemas, optó por quitarla pero no porque considere que sus teorías han quedado desacreditadas por el fracaso de sus profecías, que atribuye a interpretaciones personales de sus crípticos mensajes.

“Hay muchas cosas que probablemente deberían haber ocurrido que no ocurrieron”, admite Brice, miembro del consejo municipal. “Pero no creo que Q-Anon sea nada negativo, ha abierto los ojos a mucha gente sobre cosas”, dice citando los escándalos de abusos sexuales de Jeffrey Epstein o Hunter Biden, revelados en realidad por los medios tradicionales. Muchos de los seguidores de Q-Anon participaron en el asalto al Capitolio, hechos que Price no condena y equipara con las manifestaciones contra el racismo del año pasado.

“Sé que lo que voy a decir ya a sonar polémico pero yo lo vi (el asalto al Congreso) más como una manifestación que como disturbios. Fue solo un par de ventanas rotas, yo no vi armas ni incendios… La gente está muy obsesionada con eso pero no fue nada en comparación con las protestas de Black Lives Matter . Al fin y al cabo, esa casa pertenece al pueblo”.

Algunos marcianos aún tiene los carteles electorales de Trump en el jardín, apunta por su parte Lynch señalando las casas de sus vecinos. “De aquí no saldrá nadie que asalte el Capitolio ni nada parecido pero hay mucha gente enfadada”, dice. Él ha optado sin embargo por aceptar el resultado y pasar página para no crear más mal ambiente, aunque también cree que hubo “chanchullos” y que los jueces hicieron la vista gorda.

Catherine Lalonde, presidenta del Partido Demócrata del condado de Butler, culpa a los políticos y los medios de que tanta gente crea, contra toda evidencia, que las elecciones fueron manipuladas. “Nuestros congresistas siguen con que hay que investigar si hubo fraude o no porque dicen que los votantes están preocupados. Pero es un argumento circular, si los votantes están preocupados es porque ellos les dicen que puede haber habido fraude. Ellos son los que les han hecho creer que ha habido un problema”.

Aunque saben que será imposible hacer cambiar de opinión a muchos republicanos, los demócratas locales no renuncian a tratar algunos temas con ellos. Sus miembros van a seguir cursos para aprender “técnicas de comunicación” para hablar con personas que creen la teoría del gran robo y otros bulos de Q-Anon de forma efectiva, explica la activista local Linda Bishop, de 69 años. “Es muy triste lo que está pasando en este país con los políticos y los medios. Hay gente totalmente manipulada por Fox News y otros más extremos como OANN. También hay medios de izquierdas que manipulan pero creo que la mayoría de gente que los sigue hace una lectura más crítica”.

Mientras los romanos bautizaron al planeta como Marte, el dios de la guerra, por su color rojo, se cree que la localidad de Pensilvania debe su nombre a Samuel Marshall, el responsable de la primera oficina de correos del lugar, abierta en 1873. Otra teoría es que el topónimo tiene que ver con la afición de su mujer a la astronomía. Sea como fuere, la comunicación no es hoy su fuerte. Todos se lamentan por igual de lo difícil que es hablar sin que todo acabe manchado por la política. “Escuchar una de las cosas mas difíciles que debemos hacer”, afirma el alcalde de la ciudad.

Hartung es demócrata pero en el pueblo, republicanos incluidos, solo tienen elogios para él. Es la persona que hace unos años llamó a la NASA para decir que era el líder de Marte (“sí, seguro…”, le contestaron) y consiguió que la agencia federal se implicara en su celebración del año nuevo marciano. A diferencia de otras pequeñas localidades, donde las tensiones nacionales han tensado la política local, en Marte eso todavía no ha ocurrido. Ya nos había avisado Hartung, “esta ciudad puede ser un poco extraterrestre”.

La Vanguardia


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