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Juegos de guerra en Asia, la crisis apenas ha comenzado

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El dispositivo del “new american century” refiere a una consigna que entusiasmaba especialmente a los neoconservadores de George Bush hijo, respecto a la posibilidad y el derecho de EE.UU. a modelar el mundo a lo largo de este siglo. Alrededor de esa noción se amontonaron intelectuales conservadores como William Kristol, Richard Perle o incluso Francis Fukuyama. 

Uno de los integrantes de esa tribu, Robert Kagan, sintetizaba el concepto sosteniendo que la misión norteamericana sería “ejercer el poder en un mundo anárquico donde no se puede confiar en las leyes y reglas internacionales y donde la verdadera seguridad, defensa y promoción de un orden liberal depende de la posesión y el uso del poder militar”.

Un Leviatán ignorando los límites del Estado nación y la diplomacia.

Esas ideas extremas se disolvieron, aunque nunca murieron, hacia el final del gobierno de George W. Bush cuando en 2008 estalló la economía de Estados Unidos y la crisis se esparció por el mundo.

Después del largo período de Barack Obama, el más republicano de los demócratas, que reparó parcialmente ese incendio, la noción reapareció en un formato nacionalista aun más precario de la mano del magnate Donald Trump, aupado por las víctimas de aquel desastre.

Con el lema del America First, se buscó refundar la historia detrás de un espejismo, una «utopía regresiva» en palabras del ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso, enfermedad también muy latinoamericana, que se relaciona con la obsesión de querer regresar a un pasado que ya no existe.

La llegada del demócrata Joe Biden a la Casa Blanca pareció un primer intento para resolver ese conflicto y asumir un presente donde se imponía el realismo en un mundo multipolar que requería más negociación que imposición. Un sensato, paulatino, pos americanismo.

El Gran Garrote​

Pero el nuevo mandatario, que llegó arropado como un nuevo Franklin Delano Roosevelt, aquel que sacó al país de la Gran Depresión, parece reencarnar por momentos en el otro Roosevelt, Theodore, quien hizo célebre a comienzos del siglo pasado su política del big stick, el Gran Garrote, para dominar voluntades.

La presidente de la Cámara de Representantes de EE.UU., Nancy Pelosi, esta semana en Taipei, Taiwán EFE

La presidente de la Cámara de Representantes de EE.UU., Nancy Pelosi, esta semana en Taipei, Taiwán EFE

En ese camino nacionalista se pulverizó el poder blando con China y solo quedó el coercitivo. Es así que EE.UU. supone que tiene lógica avanzar contra la barbarie de Rusia sobre Ucrania y al mismo tiempo encender un enfrentamiento con el principal socio de Moscú y la segunda potencia económica y política del globo. 

Es  lo que ha hecho la visita a Taiwán de la presidente de la Cámara de Representantes norteamericana, Nancy Pelosi, que aceleró a un nivel imprevisible el litigio por la soberanía de ese territorio. Pero, especialmente, el choque entre las dos mayores potencias del globo.

Obligado a reaccionar, las fuerzas navales y aéreas de la República Popular sitiaron ahora ese espacio en represalia a la desafiante posición norteamericana que mantiene ahí, además, uno de sus portaaviones y la flota que lo secunda.

Taiwan

Cataclismo

La palabra «accidente», en ese escenario frágil, es la que más repiten los analistas ahora por el riesgo evidente de que se desencadene un enfrentamiento de magnitud cataclísmica. Para Taiwán todo esto ha sido una mala noticia. Hoy esta mucho más expuesto que antes.

Es la profecía del historiador Eric Hobsbawm que dos décadas atrás reflexionaba que lo único que refutaba su convicción de que no habría guerras en este siglo como las que envenenaron la centuria pasada, era el tenso vínculo entre EE.UU. y China. Y citaba la contradicción entre “el compromiso histórico de EE.UU. de la defensa de Taiwán” y el “compromiso histórico de Beijing de incorporar a la isla”.

El ex canciller George Pratt Shultz enseñaba que la única manera de amortiguar esos riesgos era con diplomacia. No con un dispositivo de reacción ante lo inevitable, sino como un hábito regular para disolver las crisis. «Cuidar el jardín diplomático”, aconsejaba. Es lo contrario a lo que acaban de hacer Pelosi y la Casa Blanca.

En una nota en The Washington Post, la legisladora justificó su actitud en la ley de relaciones con Taiwan que el Congreso de EE.UU. aprobó en 1979 “y que estableció el compromiso de EE.UU con un Taiwan democrático”.

Es cierto, pero ese fue el año que Washington arrastró a casi todo el mundo occidental para reconocer a China comunista como la única China, con asiento permanente en el quinteto estratégico del Consejo de Seguridad.

Los presidente Joe Biden y Xi Jinping al frente de las mayores potencias del globo. Foto: AP

Los presidente Joe Biden y Xi Jinping al frente de las mayores potencias del globo. Foto: AP

Se consagraba la doctrina de Un País dos Sistemas, negociada con Deng Xiao Ping, el timonel de las reformas capitalistas de la República Popular, un dispositivo que redujo de modo abismal el rango internacional de Taiwan a un mero territorio en disputa.

Ese acercamiento con Beijing venía con el impulso de las negociaciones históricas que había encarado Richard Nixon con Mao Tse Tung en 1972, detrás del interés de la Casa Blanca, en plena Guerra Fría, de alejar a China de la entones Unión Soviética, el principal adversario de Washington. La maniobra inversa a la actual.

«Un país, dos sistemas»

Taiwán sostiene que nunca reconoció esa doctrina. Casualmente los ejercicios militares que desplegó ahora alrededor de la isla recuerdan en tamaño de los de 1995 cuando China protestó del mismo modo contra el viaje a EE.UU. del entonces presidente de Taiwán, Lee Teng-hui.

No fue tanto la gira como el pensamiento de ese mandatario lo que irritaba al Imperio del Centro. Lee defendía una doctrina alternativa a la de Un País dos Sistemas. La llamó de Dos Estados (State-to-state Theory), esto es, dos países equivalentes y destinados a negociar desde esa visión de paridades.

Algo inaceptable para Beijing pero que tanto el pasado gobierno de Donald Trump como el actual de Biden, no han hecho más que potenciar convirtiendo en papel mojado los acuerdos del 79.

Es con esa estrategia que EE.UU. despachó asesores militares a la isla por primera vez en medio siglo e invitó al gobierno taiwanés a una conferencia global sobre democracia, elevando su jerarquía política. Y llegó a proponer que Taipei vuelva a tener una voz nacional en la ONU.

El coqueteo previo de EE.UU. con China se expandió cuando la República Popular era débil y carecía de espaldas políticas. De modo que no peligraba el enclave occidental constituido en la isla desde la instauración en 1949 de la dictadura del nacionalista Chiang Kai-shek, derrotado ese año por Mao.

Fue en esos períodos de acercamiento con Occidente que China ingresó a la OMC, un salto de enorme calidad para su desarrollo que también ha repudiado Pelosi al igual que intelectuales de fuste como John J. Mearsheimer que asegura que EE.UU., como si fuera posible, debería haber detenido «la pesadilla» del crecimiento de la República Popular.  

Ahora que China es poderosa, Taiwán se convierte en un ring. Washington lo usa como un ariete en la batalla por el predominio hegemónico, económico y especialmente tecnológico que sostiene con el Imperio del Centro.

Lo hace fortaleciendo una serie de mecanismos en el Pacífico, entre ellos la alianza de defensa Quad, que lo asocia con India, Japón y Australia o el pacto con ese último país para servir a Canberra con una flota de submarinos nucleares.

La disuasión sin embargo reconoce límites. Para China la isla tiene un peso enorme en su política doméstica. Una eventual reunificación liga con la fortaleza e incluso la legitimidad del Partido Comunista. 

Por eso la República Popular ha multiplicado su presión sobre Taiwán desde que en 2016 se instauró un sólido gobierno soberanista. Nada indica que en las elecciones de 2024 se imponga el pro chino Kuomintang.

¿Tercer mandato de Xi Jinping?

Una dimensión del peso político interno de este conflicto se mide en la perspectiva del histórico XX Congreso del PCCh que se realizará en el segundo semestre de este año.

En ese evento, el presidente Xi Jinping buscará un tercer mandato consecutivo disolviendo la prescripción de Deng que exigía impedir la perpetuación en el liderazgo. Evitar otro Mao, justamente.

En China, este Congreso de unos 2 mil miembros destacados, que se reúne cada cinco años, designa a los 200 integrantes del Comité Central, en teoría la máxima autoridad del Partido. Estos, a su vez, eligen a los integrantes del Buró Político o Politburó, no más de 25 figuras.

Dentro del Buró Politico se encuentra el Comité Permanente del Politburó, que lo forman en promedio unos seis grandes jefes, los pilotos de las corporaciones.

Esa cadena de poder, como un embudo invertido que no admite fracasos, es lo que se debe convencer para garantizar el poder total que pretende y construye Xi Jinping.

La guerra de Rusia contra Ucrania, que ya generó roces internos al presidente incluso severos con su primer ministro Li Keqiang, el reducido crecimiento de China tanto por la peste como por ese conflicto, y la premeditada intensificación norteamericana de la crisis con Taiwán, son estacas en esa maquinaria. El riesgo ahora es cómo se buscará removerlas.
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