Sociedad

¿qué es la contaminación visual y cómo afecta a los habitantes de Montevideo?

Imaginá que salís a caminar por la Rambla del Barrio Sur. El sol te calienta la cara, el viento te acaricia el cuerpo y las olas que rompen contra el muro que te separa del Río de la Plata se transforman en un calmo ruido blanco. Tu vista, sin embargo, choca con una publicidad pintada sobre el granito rosa bajo tus pies: “Vos linda y el planeta también”. Las letras blancas especifican que se trata de una pintura que “no contamina”, ¿pero qué pasa con la contaminación visual? Irónicamente, la belleza afectada es la de uno de los espacios de esparcimiento más emblemáticos de Montevideo.

“La contaminación visual es la incorporación sucesiva de elementos que transforman la estructura del paisaje, la afectan, que llevan los ojos hacia esos sitios. En este caso, en el marco de un espacio excepcional como es la rambla”, explica William Rey, presidente de la Comisión de Patrimonio de la Nación, quien en el momento que recibió la llamada de El Observador no estaba al tanto de la intervención realizada por la empresa Unilever sobre el espacio público, pero aseguró que cualquier acción sobre la rambla de Montevideo es “totalmente inadmisible” sin la autorización de la Comisión.

Los taggs, o firmas, en la ciudad pueden ser considerados como agentes contaminantes

Marcelo Danza, decano de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU) explica que este tipo de contaminación está vinculada con la comunicación visual como un proceso muy propio de la sociedad contemporánea y capitalista. “Si no tiene algún control, en esta especie de carrera por llamar la atención del consumidor intentan ponerse por delante del modo más llamativo posible, entonces eligen una luz muy grande o muy fuerte, o con un color estridente, o una pintada enorme”, sostiene y pone como ejemplo una reunión social: si todos quieren ser escuchados por encima del otro inevitablemente se genera un ruido imposible de decodificar. “En las ciudades contemporáneas, conscientes de esta situación que inclusive termina generando un efecto negativo sobre la arquitectura y la ciudad, se empezó a regular“, sostiene el arquitecto y urbanista.

La regulación en Montevideo generó, por ejemplo, un cambio en la imagen de la avenida 18 de Julio: las marquesinas dejaron de volar sobre la avenida y se restringieron al plano de la fachada. Según Rey “calificó también el nivel de diseño y lo que era antes una gran masa de ruidos inconexos se transformó en una cuestión mucho más acorde y de muy buena relación con la arquitectura del lugar y el espacio público”.

“Históricamente 18 de julio, sobre todo a partir de los años 80 se había transformado en lo que yo llamo un griterío, a ver quién gritaba más fuerte, quién ponía el cartel más grande, quién iluminaba de manera más contundente y llamaba más la atención a través del color o a través de la luz. Ese proceso ha ido cambiando y creo que ha sido para mejor”, señala.

Pero la contaminación visual no se restringe únicamente al mundo de la publicidad. Puede darse, por ejemplo, “por una presencia contundente de elementos nuevos que no han sido lo suficientemente pensados en relación al sitio, que no acompañan el valor del lugar y por el contrario lo que hacen es generar un conflicto”, según indica el arquitecto. Y luego apunta: “Cuando un objeto se incorpora a un lugar calificado puede hacer ganar valor al sitio o hacerle perder valor. Hay contaminación visual cuando pasa lo segundo”.

El derecho a habitar la ciudad

Todo lo que se percibe desde el espacio público es público. “Vos podrás tener tu propiedad privada, tu casa, un edificio, lo que sea, pero si yo percibo tu fachada desde mi calle, desde nuestra calle que es la calle de todos, tu fachada también es mía, es nuestra, es de todos en la sociedad. Por eso el control o la valoración de lo colectivo en ese sentido es muy importante”, explica Danza.

La contaminación visual no se restringe únicamente al mundo de la publicidad.

Las sociedades tienen cierta sabiduría y se dan dinámicas internas, debates y diferentes puntos de vista. De alguna manera en el colectivo termina apareciendo una cierta lógica que en su sumatoria termina dando una cierta identidad. Montevideo tiene su identidad“, agrega. 

Rey, por su parte, entiende que en ocasiones la opinión sobre un espacio público no debe quedar en manos de unos pocos. “No creo que los vecinos de la rambla sean los que tengan que opinar sobre la rambla, porque es un bien de toda la ciudad y es casi un bien de todos los uruguayos”, sostiene. “Cuando uno está hablando de bienes de enorme peso en la ciudad no puede ceñirse a la opinión que tienen los individuos que están más próximos al sitio, tomar la opinión del vecino que está más próximo puede ser de una gran arbitrariedad“.

La resaca de la campaña, los grafitis y las pantallas

Las campañas políticas son uno de los disparadores de la contaminación visual por excelencia, y la última fue especialmente extensa. Carteles, pintadas, bocinas y jingles sonando a toda hora: la ciudad paga el precio de la fiesta cívica. Pero por si fuera poco, seis meses después de las elecciones departamentales algunas paredes todavía son parte del juego político. 

En ese sentido, Rey indica que “la cartelería política es un factor altamente contaminante y quizás uno lo puede soportar porque dura un tiempo corto, pero es importante que terminado el periodo electoral todos los partidos se comprometan a retirar pasacalles, carteles y que además controlen las pintadas de columnas y pavimento, que se hace de manera indiscriminada y que también genera contaminación visual”. Basta con caminar por algunas calles del Centro y Ciudad Vieja para comprobar que en algunas paredes la propaganda sigue intacta.

 

Hay una contaminación visual que generan las publicidades, que la genera el cartel político y el cartel sindical, y hay también poluciones que se producen por actores que taggean la ciudad, que dejan sus firmas, sus marcas. De alguna manera recuerda a los animales que tienen que establecer marcas en su territorio, pero creo que en realidad si se trata de personas deberían tener en cuenta que forman parte de un colectivo y que una acción indiscriminada como puede ser taggear un monumento, un edificio de la ciudad, es una afectación al colectivo”, considera el presidente de la Comisión de Patrimonio.

Rey también no solo se refiere a los tags, o firmas, de los artistas callejeros en la ciudad, sino al arte urbano en general. La palabra clave aquí, según el arquitecto, es “acuerdo”. “No es la libertad de que cada artista hace su obra donde quiere, sobre eso debería haber acuerdos. Creo que muchos murales no son resultado de ningún acuerdo, sobre esto me parece que también deberíamos sentarnos a hablar“, considera y continúa: “Nos encontramos con murales que han sido pensados y autorizados, que han aportado valor, y murales que no aportan nada, que han sido el resultado de una decisión propia del artista o de quién lo haga”.

 

 

Otro de los elementos que Rey considera que son “altamente contaminantes” en Montevideo son las pantallas: “fundamentalmente y por su tamaño la pantalla que se encuentra en frente a la Intendencia de Montevideo genera una contaminación visual para mí exagerada que creo que no es positiva“, concluye.

Pantalla sobre la fachada del edificio del Instituto Nacional de Impresiónes y Publicaciones Oficiales (IMPO)

De interferencia a ícono

El Palacio Salvo, el edificio Panamericano, el Gasómetro y hasta la Fortaleza del Cerro. ¿Podemos pensar en la iconografía de Montevideo sin estas construcciones? 

Según los expertos, puede suceder que un objeto que en un primer momento fuera considerado como una interferencia o un factor negativo pase a formar parte del paisaje urbano y se integre de tal manera que después a los habitantes les cueste mucho imaginar el lugar sin él. “Hay muchos ejemplos, desde la Torre Eiffel en París hasta nuestro Palacio Salvo, que fueron presencias demasiado contundentes en el sitio. Pero esos objetos con el pasaje del tiempo se afincan en el lugar y le asignan una caracterización tan fuerte que es muy difícil después pensar en que desaparezcan”, dice Rey.

El Palacio Salvo desde Torre Ejecutiva

Danza por su parte propone un ejercicio mental: pensar en lo que sería el territorio de Montevideo en estado virgen. Todo lo que se construye inevitablemente va generando obstáculos para las percepciones, más allá del confort que implica la construcción de la ciudad y su arquitectura. “Cuando se construyó una Fortaleza arriba del Cerro de Montevideo, no había nada. Justo en la punta, en un lugar singular y único de un accidente geográfico único en la bahía, le instalaron una arquitectura blanca y pesada”, interpela Danza y sostiene que como la construcción precede a la formación de la ciudad “es como un acto fundacional”. “Es incorporado visualmente como un dato, nadie piensa el Cerro sin ese remate ahí arriba. El Cerro es el Cerro con la Fortaleza, imagínate si no estuviera la Fortaleza y la fuéramos a hacer ahora. Arriba en la punta de un accidente geográfico tan único”.

¿Imaginás a Montevideo sin la Fortaleza del Cerro?

Danza también reflexiona sobre la capacidad de cambio que tiene, o no, la ciudad. “Hemos ido en respeto por lo que recibimos, pero en buena medida hemos ido perdiendo como sociedad la capacidad de generar nuestros propios accidentes geográficos o arquitectónicos que jalonen también la ciudad del futuro“, sostiene y continúa: “cualquier edificio más o menos impactante en el skyline tuvo un efecto, por lo menos, de alteración de algo que estaba dado. Hoy eso nos cuesta cada vez más. Dejo de costado el juicio de valor, si eso está bien o mal, pero objetivamente en Montevideo eso es cada vez más difícil”. 

El “ojo ciudadano”

El relato del comienzo es muy similar a la experiencia de la fotógrafa Matilde Campodónico, quien decidió mencionar el episodio de la rambla en su cuenta de Twitter. 

Consultada por El Observador, Campodónico explicó que luego de que realizó la publicación recibió una llamada de un funcionario de la Intendencia de Montevideo preguntándole dónde se estaba la intervención para ir a limpiarla. “Me comentaban que el ojo ciudadano sirve”, dijo. 

Las expresiones callejeras abren un debate entre el arte y la contaminación visual desde su aparición en Montevideo

El “ojo ciudadano” es la posibilidad que tienen los habitantes de la ciudad para denunciar o hacer públicas aquellas intervenciones que consideran que le quitan valor al espacio público. En 2021 las redes sociales pueden ser una herramienta para amplificar una voz en coincidencia o desacuerdo. 

En este sentido Danza entiende las redes sociales como “una especie de control desregulado” de la sociedad contemporánea. “Hay una capacidad de la gente anónima –de todos nosotros– de opinar, contagiar, comentar, de modo no necesariamente coordinado, que genera una efervescencia en la sociedad, pero tiene la contracara de que muchas veces terminan bloqueándose procesos que ni siquiera llegan a nacer”, explica. 

Pintadas en los muros del Dique Mauá

Cuando hablamos de patrimonio hablamos de un bien común, por eso cuando hay una afectación a un bien patrimonial hay una reacción de la gente. Esto quiere decir que la gente lo siente como propio. Sentir como propio el bien de la ciudad, o el bien del campo, implica un valor. Es un bien cultural en el que la gente reconoce su identidad, siente que es parte de ella y de generaciones anteriores a ella. Los bienes comunes tienen que ser preservados y conservados”, estima Rey y hace una salvedad: preservar no es sinónimo de congelar. “Tienen que presentarse como hitos de la historia, de generaciones anteriores, pero al mismo tiempo tienen que poder sobrevivir al mundo contemporáneo y no ser una manifestación congelada de un tiempo pasado”. 

Al otro día la pintura sobre el granito rosa de la Rambla de Barrio Sur ya no estaba. El valor que le otorgan los ciudadanos a sus espacios funciona como contralor, sobre todo cuando te piden a vos que estés más linda arruinando un sitio público y patrimonial. 




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