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los secretos de la Selección de vóley para hacer historia y soñar con una medalla

El histórico triunfo del vóleibol argentino estaba a un paso. Hace años que parecía estarlo. Argentina se codeaba con las grandes potencias, les mojaba la oreja circunstancialmente, pero no terminaba de dar el gran paso. Sin ir más lejos, poco tenía de heroica (más allá del mérito por la dificultad tras perder los dos primeros partidos) la clasificación a cuartos de final.

De hecho, la Selección había ganado su grupo en Río 2016 ante rivales como Polonia (campeón mundial en 2014 y 2018) y Rusia (defensor del título olímpico). Pero siempre quedaba la sensación de que faltaba el último escalón.

Y esta vez se logró: se venció a Italia, uno de los países más fuertes que exista en el mundo para jugar a este deporte, para acceder a las semifinales cruzando finalmente el Rubicón.

Más allá de la cuestión mental o el convencimiento, no alcanza solo con eso. De hecho, no fue actitud algo que le faltara a Argentina para competir con los equipos top y probablemente eso fuera lo que sí le permitía eventualmente robarles algún set o incluso ganarles.

Cabeza y juego

Una de las grandes razones era la falta de un opuesto que marcara diferencias, pero diferencias de verdad. Algo para lo que había que remontarse, tal vez, hasta las épocas de Marcos Milinkovic. Ese hombre es hoy Bruno Lima, jugador que incluso no había jugado en esa posición más allá de algunos tiempos de inferiores pero que con Julio Velasco terminó de colocarse en esa posición.

Precisamente en Río no había tenido una gran actuación, pero en Tokio está en un nivel superlativo, de primer orden mundial. Es determinante para complementar lo que ya era un primer grupito de jerarquía internacional como el que conformaban Luciano De Cecco, Facundo Conte y, quizá un pasito atrás, Sebastián Solé.

Argentina y una alegría que no tiene fin. Foto Reuters

Argentina y una alegría que no tiene fin. Foto Reuters

Dos de los mencionados, Conte y De Cecco, están en su nivel más alto de los últimos tiempos con la Selección, en un momento totalmente oportuno (el armador, debe decirse, arrastraba un nivel altísimo desde la Nations League). Pero sobre todo, están en el punto justo de madurez. Y eso se traslada al equipo, que se siente capaz, pero no ese capaz que es “por ahí le ganamos” sino el que significa “definitivamente podemos hacerlo”.

 centrales están en óptimas condiciones, Agustín Loser ya no es una sorpresa sino una absoluta realidad, el líbero Santiago Danani está jugando un excelso torneo… La combinación de madurez y lo que se consolida como un exitoso recambio generacional están haciendo lo suyo con un combo explosivo.

Y el mérito del entrenador también hay que mencionarlo, no por hacer grandes revoluciones sino precisamente por lo contrario. Con lo difícil que es eso en Argentina, un país acostumbrado al derrumbe de lo que pasó antes salvo contadas excepciones. Se ve desde las más altas esferas políticas hacia abajo.

Bruno Lima, jugador destacadísimo en este torneo. Foto AP/Manu Fernandez

Bruno Lima, jugador destacadísimo en este torneo. Foto AP/Manu Fernandez

Y Marcelo Méndez tuvo la sapiencia y la humildad para no retocar lo que no hacía falta, para potenciar lo que funcionaba, lo que daba atisbos de funcionamiento (como el mencionado paso a opuesto de Lima) y para saber que el sello propio no es tan importante como los resultados.

Al cabo, él será un engranaje más de una maquinaria que continuará, que lo excederá a él y a los integrantes de este equipo, pero que antes, claro, tendrá una oportunidad inmejorable: la de ganar una medalla que el vóley sólo consiguió en aquel Seúl 1988 que coronó lo hecho también en el Mundial 1982.

Y por qué no soñar, entonces, si está claro que es posible. Pero por qué no pensar, también, que esta vez en lugar del punto más alto sea apenas el de partida. Francia espera en las semifinales y habrá dos chances de pelear por una medalla. No será fácil, pero este grupo ya demostró que no le tiene miedo a nada. Y hay pocos rivales más peligrosos que aquellos que están dispuestos a escribir la historia.


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