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los juicios a los Jemeres Rojos llegan a su fin en Camboya

Desde hace más de quince años, un tribunal que funciona en un campamento militar de las afueras de Phnom Penh trabaja para hacer justicia por los horrores que llevaron a la muerte a casi una cuarta parte de la población de Camboya a fines de la década de 1970. Gastó en ello más de 330 millones de dólares. Al final, sólo condenó a tres personas.

El jueves, las Cámaras Extraordinarias de los Tribunales de Camboya -un tribunal respaldado por Naciones Unidas y encargado de juzgar los crímenes del régimen de los Jemeres Rojos- celebraron su última vista. Rechazaron la apelación de Khieu Samphan, de 91 años, el último líder sobreviviente de ese movimiento comunista fanático, y mantuvieron su condena a cadena perpetua por genocidio, así como sus condenas por otros delitos.

Mientras se leía la sentencia, Khieu Samphan, con el rostro parcialmente oculto por unos grandes auriculares negros y una máscara blanca, se hundió en su asiento.

Durante sus cuatro años en el poder, de 1975 a 1979, los Jemeres Rojos causaron la muerte de 1,7 millones de camboyanos por ejecución, tortura, inanición y enfermedades no tratadas, en tanto pretendían abolir la modernidad y crear una utopía agraria.

Un periodista toma una foto del exlíder de los Jemeres Rojos, Khieu Samphan. Foto AFP


Un periodista toma una foto del exlíder de los Jemeres Rojos, Khieu Samphan. Foto AFP

Uno de los condenados

Para muchos camboyanos que sobrevivieron a una de las peores matanzas masivas de un siglo sangriento, el hecho de que el tribunal dictara tan pocas condenas, tantos años después de que se cometieran las atrocidades, el juicio ha sido un ejercicio sin sentido. Muchos de los altos funcionarios de los Jemeres Rojos -incluido su tristemente célebre líder, Pol Pot- llevaban largo tiempo muertos cuando se creó el tribunal.

«Los líderes de los Jemeres Rojos han muerto», dijo Yun Bin, de 67 años, que fue golpeado, arrojado a una zanja y dado por muerto por los cuadros del régimen. «Algunas víctimas de mi pueblo ya han muerto».

Khieu Samphan, de modales refinados y políglota, era el líder nominal y la cara presentable de los Jemeres Rojos y miembro de su estrecho círculo íntimo. Durante el proceso judicial, Khieu Samphan insistió en que «no era consciente de los actos atroces cometidos por otros líderes».

Sobreviviente camboyano de la infame prisión de Tuol Sleng, Chum Mey, habla con los medios de comunicación después del veredicto. Foto AFP


Sobreviviente camboyano de la infame prisión de Tuol Sleng, Chum Mey, habla con los medios de comunicación después del veredicto. Foto AFP

Demorado por la guerra y la política, el tribunal, administrado conjuntamente por Naciones Unidas y el gobierno camboyano, no se instauró formalmente hasta 2006, más de un cuarto de siglo después de que una invasión vietnamita expulsara a los Jemeres Rojos del poder. (El grupo continuó durante años como insurgencia guerrillera).

El incómodo maridaje de dos sistemas judiciales y dos visiones, a menudo contradictorias, de la finalidad del tribunal provocaron retrasos y disputas a veces agrias. Además de ser criticado por su elevado costo y su lentitud, el tribunal se vio enlodado por la corrupción y sucumbió a las presiones del primer ministro Hun Sen, él mismo un antiguo cuadro de los Jemeres Rojos, para limitar el alcance de los juicios.

Todos esos problemas eran previsibles, dijo Alexander Hinton, profesor de antropología de la Universidad Rutgers que ha seguido al tribunal y declarado ante él como testigo experto. Sin embargo, dijo, habría sido inaceptable no procesar a los autores de lo que llamó «algunos de los peores crímenes de la historia».

«Personalmente, siempre tuve muy pocas expectativas sobre lo que iba a ocurrir, y esas expectativas se han cumplido», dijo Hinton en una entrevista.

Pero señaló que el tribunal había sacado a la luz una época que muchos camboyanos mayores habrían preferido olvidar y cuya realidad a muchos jóvenes les cuesta creer.

Hasta tres cuartas partes de la población actual de Camboya tiene menos de 30 años, y muchos sobrevivientes de los Jemeres Rojos han dicho que sus hijos y nietos desestiman sus historias sobre la época diciendo que son exageradas e imposibles.

Los Jemeres Rojos evacuaron ciudades enteras, incluso a los enfermos de los hospitales, y llevaron a cientos de miles de personas a los campos a pie; crearon un sistema nacional de campamentos de trabajos forzados, centros de tortura y lugares de ejecución, conocidos como campos de exterminio; prohibieron la religión y el comercio; separaron a las familias y ejecutaron a personas consideradas parte del viejo orden, en algunos casos simplemente porque llevaban anteojos.

Fue sólo en la última década que las escuelas camboyanas comenzaron a enseñar a los alumnos sobre el periodo de los Jemeres Rojos, impulsadas en parte por la existencia del tribunal.

El futuro

Youk Chhang, sobreviviente que dirige el Centro de Documentación de Camboya, que proporcionó gran parte del material utilizado por el tribunal, dijo que correspondía a la generación joven aprender del pasado y trabajar por «un futuro más optimista».

De hecho, el principal logro del tribunal fue la creación, a través de una meticulosa investigación y de los testimonios judiciales, de «un registro empírico que nunca podrá ser corregido o cuestionado», dijo Peter Maguire, experto en crímenes de guerra y autor de Facing Death in Cambodia (Enfrentando la muerte en Camboya), en un correo electrónico.

El subsecretario general de Asuntos Jurídicos de las Naciones Unidas, Stephen Mathias. Foto AFP


El subsecretario general de Asuntos Jurídicos de las Naciones Unidas, Stephen Mathias. Foto AFP

Una de sus principales deficiencias, dijo, fue el reducido número de personas que procesó, en parte porque Hun Sen, el primer ministro, temía que los juicios se salieran de control y causaran problemas políticos a su gobierno.

Sólo se procesó a cinco personas, dos de las cuales murieron antes de ser juzgadas. Algunos de los responsables más importantes murieron antes de que se pudieran presentar cargos en su contra, el principal de ellos Pol Pot, que murió en 1998.

Khieu Samphan apeló sin éxito una sentencia de 2014 por asesinato y otros delitos. En esa causa, recibió una condena a cadena perpetua, que habría seguido vigente independientemente del resultado de su audiencia del jueves.

Su coacusado, Nuon Chea, a menudo conocido como Hermano Número Dos de Pol Pot, también fue declarado culpable en ambos juicios y condenado a cadena perpetua. Murió a los 93 años, menos de un año después de que ambos fueran condenados por genocidio en 2018.

La tercera persona condenada por el tribunal fue Kaing Guek Eav, conocido como Duch, el comandante de la prisión central de los Jemeres Rojos en Phnom Penh. Miles de personas fueron torturadas allí antes de ser llevadas a un campo de exterminio en las afueras de la ciudad y ejecutadas. Fue condenado en 2012 a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad y murió en 2020 a los 77 años.

Aunque la audiencia del jueves marcó el fin del proceso activo del tribunal, no significará el fin del tribunal en sí, dijo Craig Etcheson, experto en este juicio y ex científico invitado de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard.

Ahora viene un «periodo de legado» de tres años, durante el cual los gobiernos donantes pueden decidir financiar proyectos de divulgación pública, apoyo a las víctimas que participaron en el juicio, conservación de archivos y análisis de la jurisprudencia del tribunal.

«Todavía no ha terminado», dijo Youk Chhang, del Centro de Documentación de Camboya. «Tenemos al menos 5 millones de sobrevivientes -un tercio de la población- que sufrieron a manos de los Jemeres Rojos y cuyas historias no han sido escuchadas ni documentadas».

Uno de ellos es un hombre de 66 años llamado Nak, para quien todo el proceso judicial no fue más que un ejercicio político. No quiso dar su nombre completo porque aún teme sufrir represalias por decir lo que piensa.

«Las personas ya están muertas», dijo. «El juicio no significa nada para ellas. Es un desperdicio de dinero llevar adelante el juicio».

The New York Times

PB

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