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Los graves conflictos que no miramos, China, Taiwán y EE.UU.

El conflicto entre China y Taiwan se ha potenciado últimamente evidenciando lo que nunca dejó de ser, el escenario más delicado del choque entre las dos mayores potencias del globo. La jerarquía de esos jugadores brinda la importancia obvia de ese desacuerdo.

La volatilidad de la situación se mide en proporción directa a la escalada de la rivalidad entre Washington y Beijing. Esa dimensión mayor está a su vez atravesada por cuestiones internas que potencian el conflicto cuando sirve a los intereses de la coyuntura y por el riego de errores que abran una dinámica inesperada.

No hay antecedentes en los últimos 72 años de una agudización de este problema hasta los extremos actuales, según reconoce el propio gobierno taiwanés. Y no lo desmienten del otro lado.

Hace poco días, el tamaño de esta crisis y la impaciencia que la rodea, quedó expuesta en las celebraciones por el 110 aniversario de la Revolución que derrumbó en 1911 la dinastía Qing y estableció la República China de Sun Yat-sen, episodio que se conmemora en las dos orillas. Con ese pretexto hubo un cruce de discursos entre el presidente chino Xi Jinping y su colega de Tsai Ing-wen.

El líder de la República Popular propuso un acuerdo que edifique la “reunificación inevitable” por la vía pacífica: “Los compatriotas de ambos lados del Estrecho de Taiwán deben estar en el lado correcto de la historia”, advirtió.

La frase se traduce en que Beijing considera a la isla una “provincia rebelde” cuya soberanía no está en discusión por lo que no se debería descartar la fuerza si fuera necesaria para resolver el contencioso.

Reacción

La presidente taiwanesa reaccionó de modo previsible, sosteniendo que su gobierno no cederá a las demandas del gigantesco vecino y reprochó que Beijing “no ofrece una forma de vida libre y democrática para Taiwán, ni soberanía para nuestros 23 millones de habitantes».

Pero hubo un detalle central esta vez. Taiwan redujo a un menosprecio contra esa región el histórico planteo chino de “un país, dos sistemas y el principio de Una sola China”.

La ubicación de Taiwan frente a China. AFP

La ubicación de Taiwan frente a China. AFP

Esa doctrina reconoce una historia interesante. Liga con la histórica visita que en 1972 realizó el ex presidente norteamericano Richard Nixon a la china de Mao Tse Tung, un dialogo que cambio la geopolítica mundial y que tejió cuidadosamente el entonces asesor de seguridad nacional norteamericano Henry Kissinger.

Ese extraordinario vínculo, con un gigante asiático hundido en la pobreza, tuvo como propósito la intención de EE.UU. de aprovechar las fuertes diferencias de la época entre la República Popular y la Unión Soviética, que se saldaron incluso en batallas.

Para Kissinger era la oportunidad de dividir a los dos mayores bloques comunistas y debilitar al principal rival de la Guerra Fría. Una misión superior que justificaba los costos.

Hasta ese momento Taiwan era la República China con la que tramitaba diplomáticamente Estados Unidos y buena parte del resto de Occidente. Esa alianza se cimentó cuando finalizó la guerra civil en China que dio la victoria al comunismo en 1949.

El derrotado líder nacionalista Chiang Kai-shek escapó a Taiwan donde fundó una dictadura con su partido Kuomitang, respaldado por una formidable ayuda occidental que convirtió a la pequeña isla en una impactante potencia comercial.

Otros tiempos

Taiwan era reconocido como un país con todos sus derechos. Incluso el representante diplomático de Taipei en las Naciones Unidas era quien ocupaba el sillón reservado a China en el estratégico Consejo de Seguridad del organismo mundial junto a Francia, el Reino Unido, Rusia y EE.UU.

Soldados de Taiwán, durante el día nacional, el 10 de octubre. Foto Reuters

Soldados de Taiwán, durante el día nacional, el 10 de octubre. Foto Reuters

Los acuerdos que labró Washington con Beijing cambiaron la historia y abrieron el camino para el establecimiento de relaciones diplomáticas totales entre las dos potencias en 1979.

El gigante asiático ya entonces estaba en manos del timonel de la apertura, Deng Xiao Ping, quien elaboró la noción de una China dos sistemas, doctrina reconocida por EE.UU. en el llamado Shanghai Communique y que, además de Taiwan, se extendió a Hong Kong y Macao.

Esa convención redujo la jerarquía diplomática de Taiwan, efecto que se fue profundizando y hoy solo cuenta con un pequeño puñado de países no relevantes que reconocen a la isla como una nación y con la que cruzan embajadores. En nuestra región, Paraguay es el caso más notorio que aún mantiene ese tratamiento.

Según Beijing los taiwaneses aceptaron esa formulación sobre una sola China en un Consenso de 1991, pero Taipei niega que haya existido tal acuerdo.

El punto más serio, y que defiende el actual gobierno isleño, lo marcó una significativa personalidad taiwanesa, el ex presidente Lee Teng-hui quien en 1999 formuló una doctrina alternativa que configuró una bomba geopolítica en el inestable estrecho.

Lee desafió la noción de una China dos sistemas negociada por Deng con EE.UU. por un principio alternativo que describió como de Dos Estados (State-to-state theory), esto es, dos países equivalentes y destinados a negociar desde esa visión de paridades.

La prensa china y los sinólogos interpretaron ahora el discurso de la presidente taiwanesa como una reivindicación contemporánea del pensamiento de Lee quien murió poco después de dejar el poder en 2000. Beijing sospecha la mano de EE.UU. detrás de estos movimientos.

Ven en la dirección desafiante de Joe Biden, aun más que Donald Trump, la demolición de 40 años del status quo que ha sostenido la noción de una sola China. 

La presidenta de Taiwán Tsai Ing-wen. Foto AFP

La presidenta de Taiwán Tsai Ing-wen. Foto AFP

Las maniobras

Un dato crucial es que por primera vez, desde 1979, hay militares norteamericanos en Taiwan entrenando a las tropas locales, según reveló The Wall Street Journal. Es ese trasfondo el que explica, al menos parcialmente, la presión multiplicada de la República Popular sobre el estrecho.

Para hacer más evidentes sus supuestos derechos, Beijing ha venido realizando maniobras militares desde su propia costa en el sitio a 160 km de la otra orilla donde se supone que sería más sencilla una invasión. Y últimamente sobrevoló el estrecho y la zona de exclusión área de Taiwan con una oleada sin precedente de 350 aviones de guerra.

Del otro lado, Washington movió sus propios jets, multiplicó la presencia naval en el mar del Sur de la China, últimamente con el incidente del choque de uno de sus submarinos nucleares en esa región y promovió nuevas ventas de armas a Taiwan. También se listan ahí las maniobras con Gran Bretaña, Japón y Nueva Zelanda en las aguas cercanas a la isla en disputa.

Este conflicto forma parte de un cuadro más amplio. El choque ente las dos mayores potencias globales se produce con el pretexto ya muy poco esgrimido del enorme déficit comercial de EE.UU. con China.

Esos rojos de poco más de US$300 mil millones, son una consecuencia de la enorme interdependencia entre estas dos economías, ambas imprescindibles para el la evolución del capitalismo mundial, según acaba de reiterar el Fondo Monetario Internacional.

Pero el punto principal del enfrentamiento es la puja por el predominio tecnológico. EE.UU. ha logrado victorias en esas batallas silenciosas con el golpe que ha infligido a la mayor estructura de telecomunicaciones de China, la empresa Huawei que ha perdido un tercio ya de sus ingresos pese a liderar en el campo de 5 G.

El presidente de China, Xi Jinping. Foto AP

El presidente de China, Xi Jinping. Foto AP

Un daño significativo se mide en la restricción a la venta de chips, rubro en el cual EE.UU. es dominante. Taiwan, conviene tenerlo en cuenta, es uno de los líderes globales en la producción de estos cruciales microprocesadores con su empresa TSMC (Compañía de Fabricación de Semiconductores de Taiwán) que debido a la pandemia se ha posicionado como el principal fabricante mundial.

Este escenario impacta con diferentes sentidos dentro de China y su estructura de poder. El presidente Xi Jinping necesita reunir victorias porque el año próximo, en el 20 congreso del Partido Comunista, reclamará un tercer mandato consecutivo enterrando definitivamente uno de los principios centrales del legado de Deng, que obligaba a una sucesión y al retiro tras dos periodos.

El riesgo de repetir un culto a la personalidad que no se ve en el país desde la era de Mao suma una purga significativa en marcha en el funcionariado y el reformateo de las estructuras corporativas. Toda una construcción de sentido que sostenga su derecho inevitable a mantenerse en el timón.

Taiwan, es decir la integración al continente como la República Popular ha hecho sin miramientos con Hong Kong, es una ficha en ese programa de fortalecimiento de su liderazgo que lleva adelante Xi frente a su propia interna. Por eso los riesgos son altos. Del otro lado del mundo, convengamos, también hay una peligrosa necesidad de victorias que impulsan este conflicto a las cornisas.

Hace casi 20 años, cuando despuntaba el siglo, el historiador británico Eric Hobsbawm reflexionaba en un extenso reportaje sobre que el único punto que refutaba su convicción de que no habría guerras en este siglo como las que envenenaron la centuria pasada, era el tenso vínculo entre EE.UU. y China.

Y citaba la contradicción entre “el compromiso histórico de EE.UU. de la defensa de Taiwan” y el “compromiso histórico de Beijing de incorporar a la isla”.

Hobsbawm incluía esa visión ominosa dentro del pesimismo con el que cierra su monumental Historia del Siglo XX y el reconocimiento de que “la causa de la razón está cada vez más debilitada”.
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