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Las historias reales de “Carrozas de Fuego”, el clásico que hizo correr a Hollywood y que dejó una melodía inolvidable

La película se iba a llamar The Runners y los magnates de la Warner Brothers, exactamente cuatro décadas atrás para su estreno, no le tenían demasiada confianza. Dirigida por Hugh Hudson y producida por David Putnam, con guión de Colin Welland, fue este quien, a último momento, propuso llamarla Carrozas de Fuego. Era una alusión a los versos de William Blake, que asoman en su famoso himno “Jerusalén”.

Nominada a siete premios Oscar y ganadora en cuatro –incluyendo el de Mejor Película- quedó desde entonces asociada a los grandes acontecimientos deportivos en todo el mundo y es, sin dudas, la mejor película filmada sobre la temática del atletismo olímpico.

Se inspiraron en una historia escrita por el estadounidense Bill Henry y fue un éxito inmediato, recaudando 60 millones de dólares en pocos meses. “Los jefes de los estudios no deberían haberse preocupado. Es una película excepcional sobre algunas personas excepcionales. Las secuencias atléticas, aun para quien no tiene un interés real en ese deporte, están cargadas de poesía”, escribió Vincent Canby en The New York Times.

Carrozas de Fuego se concentra en las victorias de dos velocistas británicos sobre sus rivales estadounidenses en los Juegos Olímpicos de París, hace casi un siglo (1924). Impecable en lo estético tiene, por supuesto, varias licencias respecto a la realidad de aquellos Juegos, como veremos. Lo cual no le quita ningún brillo artístico y cuenta con actuaciones que consagraron a sus principales intérpretes (Ian Charleson y Ben Cross) como figuras del cine. Y la música original compuesta por Vangelis se convirtió desde entonces en un himno del atletismo y de los principales acontecimientos deportivos.

Ben Cross se puso en la piel de Harold Abrahams en Carrozas de Fuego.

Ben Cross se puso en la piel de Harold Abrahams en Carrozas de Fuego.

Para Evangelos Papathanassiou (Vangelis), Carrozas… no sólo le valió un Oscar sino la convocatoria a las grandes ligas del cine, ya al año siguiente Ridley Scott lo llama para Blade Runner y su compatriota Costa-Gavras para Missing… La melodía de Vangelis acompaña desde el comienzo, con aquella imagen icónica, de los jóvenes estudiantes corriendo por la playa. Eran, en realidad, estudiantes de la Universidad de St Andrews y del equipo atlético Fife, que fueron reclutados por su entrenador, el maratonista olímpico Don McGregor (7° en los Juegos de Munich). Filmaron durante dos jornadas, el 24 y 25 de abril de 1980, sobre las arenas de Saint Andrews.

En 1924, el movimiento olímpico decide su retorno a París como homenaje al Barón Pierre de Coubertin. Y por primera vez los deportistas son concentrados en una villa olímpica, aunque en condiciones precarias. Entre los peores recuerdos de aquellos Juegos permanece el agobiante calor de julio que hizo de las pruebas de fondo, en distintos deportes, una tortura para sus participantes.

Ian Charleson, el actor que se puso en la piel de Eric Liddell.

Ian Charleson, el actor que se puso en la piel de Eric Liddell.

Las competencias atléticas se disputaron en el Estadio Colombes con capacidad para 50 mil personas. Pero su pista de atletismo –a diferencia de las medidas convencionales y reglamentarias hasta nuestros días, 400 metros- tenía 500 y rodeaba un campo de rugby. Allí deslumbraron los “finlandeses voladores” encabezados por su increíble fondista Paavo Nurmi y los atletas británicos. Entre ambos países se llevaron casi todas las carreras, a excepción de un par que quedó para la mayor potencia histórica de este deporte, Estados Unidos.

También en aquellos Juegos participó por primera vez una delegación argentina, una gestión en la que intervino el presidente Marcelo T. de Alvear, anterior embajador en Francia e impulsor de nuestro Comité Olímpico. El equipo atlético había surgido de un Campeonato Sudamericano realizado pocas semanas antes en la pista de césped del CASI y su estrella, que confirmó los pronósticos, era un rosarino, Luis Antonio Brunetto, quien conquistó la medalla de plata del triple salto en histórico duelo con el australiano Arthur Winter.

Pero también en las pruebas de velocidad, descriptas en Carrozas de Fuego, hubo presencia argentina, cuando se admitían hasta cuatro atletas por especialidad. Miguel Enrico, Camilo Rivas, Félix Escobar, Emilio Eduardo Casanovas, Francisco Dova y Federico Brewster hicieron la travesía en barco hasta llegar a París, donde alternaron en las distintas series de 100, 200 y 400 metros. Sólo Escobar en 200 y Brewster en 400 pasaron hasta los cuartos de final. No tenían ni una mínima experiencia internacional, apenas aquel encuentro en el CASI.

La película concreta una deliciosa descripción del ambiente atlético y universitario británico, del cual surgen sus protagonistas centrales, Harold Abrahams y Eric Liddell. Y en in crescendo que los lleva hasta la atmósfera olímpica, también magníficamente recreada.

Los atletas de Estados Unidos dominaban las pruebas de velocidad, pero Abrahams y Liddell les arrebataron algunos títulos: los 100 y 400 metros llanos respectivamente.

Procedente de una familia judía acomodada –y visto con recelo dado el antisemitismo latente- Harold Abrahams nació en 1898 en Bedford y tenía el objetivo olímpico entre ceja y ceja. Uno de sus hermanos, Sidney, había participado en los Juegos (extras) de 1906, alcanzando el sexto puesto en salto en largo y también en Estocolmo, en 1912, donde terminó 12° en la misma prueba.

Abrahams estudiaba derecho en el exclusivo Trinity College, en la Universidad de Cambridge. En los Juegos de Amberes (1920) quedó eliminado en los cuartos de final de los 100 metros. Y con su obsesión en París, desde un año antes tomó una decisión audaz para su tiempo, con el riesgo de ser acusado de profesional: comenzó a entrenar con el técnico estadounidense Sam Mussabini. El rol de Mussabini en Carrozas… es interpretado por Ian Holm, el mismo Bilbo Bolson de El Señor de los Anillos. Si bien Abrahams era un destacado velocista, la Asociación Británica nominó a Lidell, campeón nacional, para correr los 100 metros en París. Abrahams, en cambio, fue convocado para el salto en largo donde estableció el récord británico con 7,28 metros.

Ian Holm encarnó a Sam Mussabini en Carrozas de Fuego.

Ian Holm encarnó a Sam Mussabini en Carrozas de Fuego.

Una de las “licencias” de Carrozas de Fuego es que en el barco que los llevaba a París, Liddell se entera que las eliminatorias de 100 metros se corrían en domingo. Y él, por sus convicciones religiosas (era de una rama protestante), no podría participar. Ni siquiera el ruego del príncipe llega a convencerlo. La realidad fue distinta: el programa de los Juegos se conocía desde seis meses antes y Liddell había concentrado su preparación en los 200 y 400 metros llanos. Abrahams, por su parte, reclamó ante la Asociación que lo inscribieran para los 100 metros y no lo atendieron. Anticipando lo que sería su notable trayectoria periodística, escribió una columna –anónima- en el Daily Express argumentando con sólidos conceptos técnicos porque “el señor Harold Abrahams debería ser el representante del Reino Unido en los 100 metros de París”. Nadie imaginó que él mismo la había escrito, pero al final lo designaron.

El clima previo de tensión para la “prueba reina” del atletismo está perfectamente retratado en Carrozas de Fuego. Abrahams enfrentaba a los dos colosos de la época, los estadounidenses Charlie Paddock y Jackson Scholz. En los Juegos de Amberes, Paddock había ganado dos medallas de oro (100 metros con 10s8 y relevo corto) y una de plata sobre 200 metros, donde marcó 22s0, el mismo tiempo que el campeón, su compatriota Allan Woodring. Paddock fue el primer hombre en correr el hectómetro en 10s2, marca que no se homologó como récord mundial, y era conocido porque poco antes de la llegada efectuaba un salto que, en realidad, era una zambullida.

Mussabini le aconsejó a su pupilo: “Tienes que borrar todo de tu mente y pensar nada más en el disparo que vas a oír. Y luego, únicamente en romper la cinta de llegada”. La prueba se largó a las 19 del 7 de julio de 1924: fue muy pareja hasta los 50 metros cuando la decisión y la poderosa zancada de Abrahams lo llevaron al frente. Ganó con 10s6, una décima por delante de Scholz, mientras que Paddock cayó al quinto puesto. La medalla de bronce fue para el neocelandés Arthur Porritt con 10s8 Desde aquel día y hasta su muerte en 1978, cada 7 de julio a las 19, Abrahams se reunía para cenar con Porritt en homenaje a esa carrera: fueron amigos desde sus tiempos universitarios. Eminencia en la física, miembro del COI y primer presidente de su comisión médica, Porritt también fue el primer gobernador de Nueva Zelanda nacido en su país.

Paddock quedó tan desanimado por su performance que su amigo, el actor Douglas Fairbanks, lo invitó esa noche a cenar en el restó más exclusivo de París junto a Mary Pickford y Maurice Chevalier. Como si hoy te invitaran Brad Pitt, Di Caprio… y siguen las firmas. “Si crees en ti, ganarás”, le alentó Mary Pickford anticipando los 200 metros que se disputaban poco después. Sin embargo, la zambullida final de Paddock en los 200 fue una trampa para él mismo: Jackson Scholz aprovechó para pasarlo y arrebatarle la medalla de oro con récord olímpico de 21s6. En esa carrera –que casi ni se menciona en la película- Liddell logró la medalla de bronce y Abrahams terminó sexto.

Para Abrahams, aquel 10s6 de los 100 metros constituyó la mejor marca de su vida ya que al año siguiente, mientras volvía a las andadas con el salto en largo, se quebró una pierna y no pudo seguir en el atletismo. Comentarista en radio, escritor, abogado y estadístico, también llegó a presidir la Asociación Británica de Atletismo, la misma que en un principio le había negado su inscripción en París.

Paddock, por su parte, volvió a competir en los Juegos de Amsterdam en 1928, aunque ya sin tanto suceso. A su retiro, tuvo su pasaje por algunas películas de Hollywood y fue oficial de los marines. Murió en 1943, en un accidente aéreo en Alaska, durante la Segunda Guerra Mundial y uno de los acorazados de la US Navy lleva su nombre.

Abrahams no llegó a ver Carrozas de Fuego, donde su papel es interpretado por Ben Cross. Este, en su juventud, tuvo un papel en aquel elenco repleto de estrellas que fue Un puente demasiado lejos (1977), la superproducción de Richard Attenborough que por estos días reflota HBO. Las generaciones más jóvenes conocieron a Ben Cross en Star Trek (2009), donde interpreta al padre de Spock. Murió hace pocos meses, en Viena, a los 72 años.

Ben Cross murió en agosto de 2020.

Ben Cross murió en agosto de 2020.

El otro héroe de Carrozas… fue un extraordinario velocista llamado Eric Henry Liddell. De familia protestante, sus padres –escoceses- predicaban como misioneros en China, donde nació Eric, el 16 de enero de 1902 en Tientsin. Cuando la familia retornó a Escocia, la actividad de Eric fue múltiple: siguió el camino religioso de sus padres (y ese perfil está muy acentuado en la película), fue un destacado estudiante de Ciencias Exactas en la Universidad de Edimburgo, un crack del rugby (integró la Selección de Escocia en los primeros tiempos del Cinco Naciones). Y un atleta formidable, autor del récord británico de 9s7 en las 100 yardas que tuvo vigencia por más de tres décadas.

En los Juegos de París, después de su medalla de bronce en los 200 metros, se concentró para los 400, distancia en la que nunca había bajado de 49 segundos. Su paso fue demoledor: atravesó la mitad de la prueba en 22s2, un tiempo increíble si consideramos que poco antes en la final de los 200 había logrado la medalla de bronce con 21s9. Muchos pensaron que ese ritmo era “suicida” y que Liddell iba a derrumbarse pero, tal como retrata la película, resistió hasta el final. Ganó con 47s6, con una amplia ventaja sobre el estadounidense Horatio Fitch y sus 48s4.

Eric Liddell, uno de los héroes de carne y huesos del equipo británico que fue a París 1924.

Eric Liddell, uno de los héroes de carne y huesos del equipo británico que fue a París 1924.

Liddell pulverizó el récord olímpico y su marca también fue reconocida en ese momento como récord mundial aunque, posteriormente, la Federación la quitó de las listas, dejando los 47s4 logrados en la década anterior por el estadounidense Ted Meredith sobre una distancia parecida (440 yardas). Cuestiones de los reglamentos de esa época.

Uno de los pasajes más recordados en Carrozas de Fuego se da en la previa de aquellos 400 metros: Jackson Scholz, quien no competía en esa distancia, se acerca a Liddell y le entrega una notita religiosa: “Dice en el libro antiguo, al que me honra, yo honraré”. A su retiro del atletismo, Scholz se convirtió en uno de los más famosos comentaristas deportivos en Estados Unidos y autor de varios libros, el más conocido The football rebels. Y al poco tiempo de estrenarse el largometraje dijo que se sentía abrumado por los pedidos de la gente que se acercaba hasta sus casas, en Nueva York y en Miami, para pedirle “una notita religiosa”. En realidad, ese gesto nunca existió.

El fervor religioso devolvió a Liddell a China como misionero. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, le aconsejaron marcharse, pero envió a su familia –su mujer, Florence, y sus tres hijas- a Canadá y él se quedó como misionero en una zona rural. Prisionero de los invasores japoneses, murió el 21 de febrero de 1945 en un campo de concentración víctima de un tumor en el pecho. Este período trágico de Liddell no se encuentra en Carrozas… sino en On Wings of Eagles, una película más reciente que protagoniza Joseph Fiennes.

Eric Liddell, el atleta británico que brillo en París 1924.

Eric Liddell, el atleta británico que brillo en París 1924.

El casting no podría haber encontrado un intérprete más adecuado para Liddell que Ian Charleston, un notable actor de teatro que –al igual que su personaje- estudió en la Universidad de Edimburgo. Charleston murió joven, a los 40 años, víctima del HIV. Y lo mismo le sucedió al estadounidense Brad Davis, quien interpreta a Jackson Scholz, y que ya era más famoso al momento de la película: había sido el protagonista principal de la durísima Expreso de Medianoche.

Otro de los personajes de Carrozas… es llamado Andrew Lindsay, interpretado por Nigel Havers. Está inspirado en David Burghley, también conocido como el VI Marqués de Exeter o Lord Burghley. Sin embargo, no prestó su nombre para la película ya que no lo convencía el argumento. Descendiente por línea directa de una de las principales familias del reino, educado en el Eton College y en Cambridge, no brilló como atleta en París, pero sí cuatro años más tarde en Amsterdam, cuando se consagró campeón de los 400 metros con vallas.

En la película, el personaje de Andrew Lindsay es presentado como un aristócrata que se entrena saltando sobre copas de champán, pero la familia Burghley sostiene que el vallista nunca hizo eso. Una de las escenas más recordadas es cuando los estudiantes de Cambridge, para celebrar su graduación, realizan la tradicional Great Court Run, 401 yardas en 43 segundos, antes que den las campanadas de las 12 de la noche. Y el film muestra una carrera entre el presunto Burghley y Harold Abrahams, algo que tampoco sucedió. Pero Burghley sí cumplió la Great Court Run en junio de 1927. Los periódicos de la época consignaron cómo Lord Burghley, el famoso atleta, puso el sello en su carrera como corredor al hacer un récord de velocidad a la medianoche. Lord Burghley comenzó cuando el primer timbre de los relojes comenzó y terminó con aproximadamente entre los golpes de la segunda campanada de doce en la mano. El sprint solo se ha logrado una vez y fue entonces cuando el repiqueteo era más lento que en la actualidad. Lord Burghley está más orgulloso de esta hazaña que de muchos de sus récords.

La recordada escena de Great Court Run en Carrozas de Fuego.

La recordada escena de Great Court Run en Carrozas de Fuego.

Miembro del Parlamento Británico por el Partido Conservador durante doce años, fue un importante dirigente del deporte mundial: presidente de la Asociación Atlética de su país y de la Federación Internacional de Atletismo desde 1946, cargo en el que permaneció tres décadas. Presidió la organización de los Juegos Olímpicos de Londres en 1948, luego del drama de la Segunda Guerra Mundial, y fue vicepresidente del COI entre 1952 y 1966. Falleció el 22 de octubre de 1981. Poco antes, el COI lo había nom­brado vicepresidente vitalicio honorario “en reconocimiento al monumental trabajo que ha realizado y los valiosos servicios que prestó durante 48 años como miembro”.

Otro de los estudiantes de Cambridge que pudo tener un papel relevante en Carrozas de Fuego –finalmente no se concretó- fue el campeón de los 800 metros, Douglas Lowe, quien cuatro años más tarde retuvo el oro olímpico en Amsterdam. “En nuestro primer guión, Lowe era una figura importante y le escribimos”, contó el productor David Putnam. “Nos preguntó cuánto dinero pagábamos… y luego respondió que no quería tener nada que ver con esto”. El día que se estrenó la película en The Times se publicaba la necrológica de Lowe, fallecido la semana anterior.

Douglas Lowe, el héroe que no fue en la película.

Douglas Lowe, el héroe que no fue en la película.

Las hazañas de Abrahams y Liddell ya quedaron muy lejos, hace casi un siglo. Carrozas de Fuego las revivió hace cuatro décadas y su música sigue presente, como en los Juegos de Londres 2012, donde acompañó todas las ceremonias. También fue llevada al teatro musical, en tiempos recientes. Una asociación entre atletismo y arte que tan pocas veces se dio.

La obra de teatro de Carrozas de Fuego.

La obra de teatro de Carrozas de Fuego.

La música de Carrozas de Fuego … y los runners

El psicólogo deportivo Costas Karageorghis, autor de Inside Sport Psychology, considera que la música compuesta por Vangelis para Carrozas de Fuego es “una canción poderosa para los corredores. Pero principalmente para animar a la gente de antemano”.

Y sigue: “Es una pista de tempo lento. No es particularmente energizante. Pero es extremadamente efectiva para los participantes de ejercicios recreativos y los atletas de élite como precursor del entrenamiento y la competencia. Cuando escuchamos la música, inmediatamente evoca imágenes heroicas, un atleta olímpico que lucha por la gloria, de ellos corriendo en una playa desierta con pantalones cortos blancos, esforzándose al máximo”.

Chris Harwood, de la Universidad de Loughborough, acuerda que el atractivo de esta música proviene de las imágenes y el estado de ánimo que evoca: “Asocias la música con imágenes en la película, que tienen que ver con empujar a través de la barrera del dolor y superar la adversidad”.


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