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La historia del Maradona que salió campeón con Messi, jugó para un capo narco y pasó la vida escapando a su destino de crack

“Yo los tuve a todos”, dice Carlos Morales, “al Leo, a Maxi, a Maradona, todos pibes que eran prácticamente de la misma categoría”, sigue el viejo captador de talentos que le dio gran parte de su vida a Newell’s Old Boys de Rosario. Cuando habla de categoría, no se refiere a la calidad de los jugadores, sino al año en el que habían nacido: “Maxi es 81, en cambio “Messi es 87 y Maradona 88”, afirma.

-¿Y para usted quién fue mejor? ¿Messi o Maradona?

Morales piensa un rato. Es una de las preguntas que rondaron en su cabeza durante los últimos veinte años: “¿Quién fue mejor, Messi o Maradona?”, repite en voz alta.

-Si hubieran tenido las mismas oportunidades, el pibe Maradona podría haber jugado en el Barcelona. Pasa que en aquella época, el club tenía a un dictador (por el expresidente Eduardo López) y se hizo todo muy difícil.

Maradona, que es derecho, manejaba las dos piernas desde chico.

Maradona, que es derecho, manejaba las dos piernas desde chico.

Cuando habla de Maradona, el mítico captador de talentos de Newell’s, se refiere a Sergio David Maradona, que hoy tiene 32 años, “Serginho”, para él: “Jugaba como un brasileño”.

Tranquilamente podríamos llamarlo el Maradona que no fue. Un Maradona que le escapó tanto a su destino (de Maradona) que terminó cambiando su apellido para poder jugar al fútbol. Eso, cuando fue contratado para jugar en el equipo del capo de un cartel de drogas. Ya iremos ahí. Pero antes compartió equipo en Newell’s con Lautaro Formica y Messi en un triple enganche de antología, vivió en la pensión de River con Radamel Falcao García y fue al colegio con Diego Buonanotte y hasta reemplazó al Pulga Luis Miguel Rodríguez en un partido de Atlético Tucumán.

¿Qué pasó entonces que su apellido nunca salió del anonimato? Es que Sergio Maradona vivió escapando. Y así lo hizo durante varias semanas hasta que aceptó la nota con Clarín. Por eso, a veces queda la duda si al pibe no le daba para ser Maradona o simplemente le escapó a su destino.

Maradona con la 88 multicampeona de Newell´s. A su derecha, otro talentoso: el Gato Formica.

Maradona con la 88 multicampeona de Newell´s. A su derecha, otro talentoso: el Gato Formica.

“No sé, yo nací y ya tenía el apellido Maradona”

La historia del pequeño Maradona podría formar parte de los mitos urbanos que sobran en los rincones de los clubes de todo el país. Pero en este caso, Clarín buceó en el archivo y buscó a los testigos de su paso por las canchas: Entrenadores de inferiores y Primera, compañeros y al propio Maradona. Además, la calidad del 10 surgido, primero, en las canchas de la Asociación Infantil Unión y Progreso y, luego, en las inferiores de La Lepra quedó documentada. Fue el día en que Sergio Maradona pareció tener el gen de Diego.

Hay una fecha: el 27 de enero de 2000. Sergio tiene 11 años, juega la final del Mundialito que se disputa en el estadio Mundialista de Mar del Plata y la 88 de Newell’s arrasa de tal forma que la noticia traspasa las fronteras de La Feliz. Lleva la 9, no la 10 como el astro del fútbol mundial, pero en aquel campeonato Sergio Maradona fue la figura y el goleador del torneo.

Se llama Maradona”, tituló el diario Olé en su tapa de verano que salió antes de la final, sorprendido de encontrarse con un “pibe Maradona” que apuntaba para ser el sucesor de Diego.

El 27 de enero del 2000, Olé descubrió al nuevo Maradona.

El 27 de enero del 2000, Olé descubrió al nuevo Maradona.

¿Qué opinaba de cargar con un nombre tan pesado? “No sé, yo nací y ya tenía el apellido Maradona”, le responde con total frescura al periodista Luis Calvano que cubre el torneo para el diario deportivo.

Los pibes de Ñuls le ganaron la final a Nacional de Montevideo. Pero antes habían despachado a Boca, con Nicolás Gaitán, al Lanús del Laucha Acosta y a Independiente que tenía entre sus filas a un jugador que estaría llamado a ser el extranjero con más goles en la historia de la Premiere League: un tal Kun Agüero.

Se sintió Maradona”, enmarcó Olé el día posterior a la final que explotó de móviles y hasta fue televisada en vivo. La foto de la vuelta olímpica muestra a Sergito rodeado de micrófonos. Muy maradoniano todo. Es que, en aquel campeonato de enero de 2000, Sergio brilló entre los mejores proyectos de la Argentina y fue Maradona.

Dale campeón: los pibes de la Lepra dan la vuelta con Maradona a la cabeza.

Dale campeón: los pibes de la Lepra dan la vuelta con Maradona a la cabeza.

Uno de Fontanarrosa: nacer en una cancha, llamarse Maradona y tirar paredes con Lionel Messi

Antes de eso, Sergio tiene un primer recuerdo futbolístico. Apenas cuenta cuatro años y juega en el club Hungría de Rosario con los chicos de la categoría 87, un año más grandes que él. Es una pulga y se destaca. “La cancha es todo tierra, piedras y vidrios, si te caías te cortabas todo”, le cuenta a Clarín hace unos días, cuando salió de su ostracismo. Es su primera declaración en años.

En su flashback, Sergio la pisa, la tira para adelante y gambetea con esa pelota que, debido a su porte, parece tamaño XL. “Me gusta gambetear y que me peguen patadas”, diría siete años después, a sus 11, en la nota de Olé. Pero en aquel primer entrenamiento apareció “uno de seis” y le pegó una patada que lo sacó de la cancha. Así es el bautismo de los habilidosos en el barrio.

Me fui llorando, nunca más quise jugar al fútbol”. Ese fue el primer escape de una historia que se repetiría. “Mi abuela me daba alfajores y panchos para convencerme de jugar pero yo le había agarrado pánico al fútbol”, recuerda.

La pelota empezó a girar al año siguiente, cuando en la Asociación Infantil Unión y Progreso arrancó la categoría de cinco años: “Ahí no paré más, estaba jugando en el patio de mi casa”.

El pibe Maradona, en la final del Mundialito frente a Nacional de Uruguay.

El pibe Maradona, en la final del Mundialito frente a Nacional de Uruguay.

Es que Alfredo, vidriero, y Graciela, ama de casa, los Maradona, criaron a sus diez hijos en la casa del club Unión y Progreso. Allí vivían y lo siguen haciendo: “Hasta que fuimos cuatro nos amontonábamos en una pieza en lo de mi abuela Gladys, pero después nos instalamos en la casa del club”, cuenta Sergio, el mayor de la decena.

Ni al Negro Fontanarrosa se le hubiera ocurrido: llamarse Maradona y nacer en una cancha de fútbol. Cuando salían al patio, se encontraban con el campito, pelado en invierno, con más pasto en verano, pero siempre con la excusa de jugar a la pelota.

Los ojeadores llegaron rápido a Unión y Progreso y a los 8 el pibe ya jugaba en Newell’s. En el 99 Sergio Maradona jugó su primer campeonato internacional en la Academia Deportiva Cantaloa de Perú. Los pibes de Ñuls llegaban con cierta fama porque un año antes había andado por esas canchas ese pibe que supuestamente la iba a romper: Lionel Messi. De allí surgen los famosos registros viralizados de esa Pulga que no supera el metro 30 y pasa a los otros chicos como si fueran alambres caídos. Pero esta vez el que la rompió fue Maradona que ganó su tercer campeonato en apenas cuatro años leprosos. Pintaba bien.

¿El día que jugó con Messi?

En julio del año siguiente surgió la chance de presentar un mix de la 87 y la 88 para un torneo en Defensores de Ramallo. Así lo recuerda el sabio Morales: “Roque Alfaro me pidió que le prestara a Serginho para ir al torneo; hicieron un equipazo que jugaba con tres enganches: Lautaro Formica, Lionel Messi y Sergio Maradona”.

El 23 de julio del 99, Sergio tuvo un invitado especial en su fiesta de cumpleaños: un tal Lionel Messi. El festejo se dio en medio del torneo que jugaron juntos.

El 23 de julio del 99, Sergio tuvo un invitado especial en su fiesta de cumpleaños: un tal Lionel Messi. El festejo se dio en medio del torneo que jugaron juntos.

El propio Maradona completa la anécdota: “Ganamos la final 4 a 0. Messi fue el goleador, obvio, pero hicimos un desastre. Hacía lo mismo que después le íbamos a ver en el Barcelona pero con menos centímetros, lo que lo hacía más espectacular”.

Aquel equipo con Messi, Maradona y Formica generó un mito similar al de los Cebollitas de Maradona: “Fue un equipazo, hicimos lo que queríamos. Todo el mundo se acuerda de ese equipo en Rosario”.

“Este chico es crack, pero tiene m… en la cabeza”

Jorge Raúl Solari, el Indio, lo intentó por tercera vez. Era su última carta. Pasó al comedor de la casa humilde y fue claro: “Señora su hijo tiene un talento impresionante y puede jugar en el Real Madrid o en el Barcelona. Este chico es crack pero tiene mierda en la cabeza, si no cambia no va a llegar a ninguna parte”.

El Indio había manejado los 962 kilómetros que separan Tucumán de Rosario para volver con el pibe. ¿El motivo? Se había escapado de Atlético a punto de firmar su contrato. No podía creer que se perdiera la chance de jugar en un grande del Norte. Ya se le había escapado tres veces.

Jorge el Indio Solari recuerda perfectamente su encuentro con el pibe Maradona. "Podría haber llegado lejos", le dijo a Clarín.

Jorge el Indio Solari recuerda perfectamente su encuentro con el pibe Maradona. “Podría haber llegado lejos”, le dijo a Clarín.

“Capaz fui muy directo, pero necesitaba que los padres entendieran la oportunidad que se estaba perdiendo”, certifica la historia ahora el Indio a Clarín.

“Yo no tenía esa visión de triunfar, de llegar lejos. Ni sabía qué era Atlético de Tucumán. Yo quería estar con mi novia y mis amigos”, le dice Sergio a Clarín mientras se entrena para un nuevo desafío futbolístico.

Lo que no sabía el Indio es que Maradona ya tenía un frondoso sumario de fugas de clubes.

Es que la fama de Maradona había salido a la luz tres años antes, cuando Sergio ya tenía 14 años, o apenas 14, y hace rato cargaba con el apellido más pesado de la historia del fútbol. A esa altura, el pibe cayó en las manos de un representante que lo sacó de Newell’s: “El club estaba tan desorganizado que se perdía una joya. No podía contener a los pibes”, se lamenta hoy Morales.

A los 14 años, un representante se lo sacó a la Lepra y lo llevó a River.

A los 14 años, un representante se lo sacó a la Lepra y lo llevó a River.

Lo llevó River. Sí, Maradona en River. Y ahí es donde Sergio empieza a desechar todas las chances de llegar a primera en un equipo grande: “Me costó mucho adaptarme a la escuela. Apenas sabía hablar en español y me hacían estudiar dos idiomas más. Me mataba el bocho”.

Sergio iba a la escuela con Buonanotte y compartía pensión con cracks de la talla de Falcao y Augusto Fernandez o el Pitu Abelairas y Nicolás Domingo. “Cuando veo la carrera que hicieron, siento que podría haber llegado lejos. Pero yo extrañaba mucho”, se confiesa.

Maradona llegó en medio de un libro de pases y tenía que estar seis meses hasta poder jugar en River. “Buenos Aires era un monstruo y el fin de semana yo me quedaba solo porque los pibes jugaban. Extrañaba mucho y me iba a Rosario, hasta que un día no volví”.

Sergio, que le relata su periplo a Clarín, encontró club rápido. Esta vez terminó en la pensión de Unión y ahí nomás se dio cuenta que lo de River había sido como estar en el Four Seasons de Beverly Hills. “Unión tenía muy abandonado el fútbol infantil: pasábamos frío, hambre”, dice Maradona que volvió a escaparse: “Me fui a vivir a una villa de Santa Fe, Las Flores, a la casa de mi compañero Maxi Bossi. Me sentía mejor ahí, con una familia pobre como la mía pero con mucha contención”.

Claudio Gugnali, excolaborador de Alejandro Sabella, era el coordinador de Inferiores y lo eligió para integrar un selectivo. Tenía 15 años y quedaba a un paso de primera. “Pero me agarró la loca de nuevo y le dije a mi vieja que no quería jugar más”.

El desplante en Unión fue una ruptura con su agente: “Conseguí equipo en Chile, en San Luis de Quillota. Pero Gustavo Onaindia, mi representante, pidió una guasada y se cayó el pase. Me aniquiló porque me había gustado el lugar y me querían”.

Maradona había queado en San Luis de Quillota en Chile, pero el pase se cayó por su representante.

Maradona había queado en San Luis de Quillota en Chile, pero el pase se cayó por su representante.

Pero el peso del apellido más el talento del pibe de 17 años hacía que los clubes cayeran como fichas de dominó. Todos querían al nuevo Maradona. Y ahí aparece Atlético Tucumán y el Indio Solari.

Es agosto de 2008 y Sergio se entrena en Renato Cesarini, el histórico club de Alvear que, entre otros, formó a Javier Mascherano y a Martín Demichelis. En esos días, Jorge Solari había elegido el predio del club en Rosario para la pretemporada de Atlético Tucumán. “Faltaban un central, un enganche y un cinco. Entré en la práctica”, recuerda Maradona. Y los que vieron al pibe aquella mañana dicen que Diego Erroz, que tendría una extensa trayectoria en Primera, soñó con él. “Y sí, lo volví loco”, reconoce Sergio.

Cuando lo vio, al Indio se le cayó la baba. “Quién es ese es”, preguntó el DT, hasta que le dijeron el apellido. “¡Maradona!”, se escuchó así mismo. “Lo vi encarar, se llevaba puestos a los delanteros. Tenía nombre, tenía actitud, si lo ayudábamos podía tener un futuro interesante”, le cuenta el Indio a Clarín.

Sergio, andá a buscar la ropa que quedás en Atlético”, le dijeron al pibe que no entendía nada: “Había monstruos como el Pulga Rodríguez, Mauricio Verón, pero yo estaba contento porque me habían dado los pantalones y la campera”, recuerda.

“Pero tenía que concentrar: me encerraban en Arroyo Seco y eso no me me gustaba nada. Terminé de hacer fútbol y me subí en la Traffic que llevaba a los chicos de inferiores a Rosario. Estaba enamorado y quería estar con mi novia. No me interesaba, no sabía ni lo que era Atlético”.

Unos días después, el padre lo convenció de volver: “Atlético es un grande del Norte, es una buena oportunidad”. “Sí, pá, sí”, le daba el gusto.

Cuando entró en la práctica, lo agarró el Indio Solari: “Maradona, usted está loco. Se fue porque extrañaba a su novia: con su talento puede jugar en Europa, ¡sabe las minas que puede llegar a ganar si llega a la Primera de Atlético!”, le dijo el DT.

“Sí, Indio, sí, Indio”, respondía Sergio: “No lo escuchaba”. “Yo lo decía por experiencia, cuando sos chico te enamorás y creés que es la última”, le dice ahora Solari a Clarín.

Después de un partido con Talleres en la cancha de Renato Cesarini se iban a Tucumán donde el periodismo ya hablaba del “Maradona de Atlético”. “A la mañana siguiente me quedé dormido y viene mi vieja a despertarme: ‘Dale, Ser, te tenés que ir’. Le dije que no quería ir y no me subí al micro, zafé…”.

Así es que pasan dos semanas y el Indio Solari decide hacer el último intento. Después de decirles a Alfredo y Graciela Maradona que su hijo tenía “mierda en la cabeza” se lo lleva a Tucumán.

Sergio reemplazó al Pulga Rodríguez en un partido frente a Luján de Cuyo. Entró por el ídolo del club y con el apellido Maradona. “Me empezaron a putear desde que entré y La Gaceta de Tucumán me destruyó. Me lastimaron mucho; el Pulga y los muchachos me contuvieron, pero no lo soporté. Me pedí un permiso de dos semanas… me fui a encontrar con mi novia y no volví más”.

Maradona reemplazó a la Pulga Rodríguez en su único partido oficial en Atlético Tucumán. 
Foto: Julio Pantoja/cgl

Maradona reemplazó a la Pulga Rodríguez en su único partido oficial en Atlético Tucumán.
Foto: Julio Pantoja/cgl

-¿Y cuánto siguió esa relación? ¿Valió la pena?

-Habré estado un año y medio más y nos separamos. Es que yo me fui a México. Hace unos días la crucé a mi ex y me dio vuelta la cara: iba con uno a cococho y con otra criatura de la mano. Son malas decisiones que uno toma por no escuchar a los que saben”.

El cartel de Maradona y el cártel de Michoacán

Poco a poco Sergio se iba a convertir en un trotamundos. Llegó 2009 y el fútbol lo llevó a México. “Yo no sabía ni dónde estaba en el mapa”, dice. Pero arranca. ¿Destino? Los Albinegros de Orizaba, en Veracruz: “Llegué con el cartel de Maradona pero no arranqué bien. Me expulsaron en la primera fecha en Chiapas y en la tercera, cuando volví contra Zacatecas. Me mataron otra vez, pero empecé a manejar mejor las críticas”.

Los primeros seis meses de Sergio fueron tan buenos que Fidel Kuri, el magnate mexicano de la franquicia, lo llevó a jugar en la Segunda mexicana, una B Nacional, esa donde el otro Maradona, Diego, brilló como DT de Dorados de Sinaloa. “Pero se decía que había andado con la hija del dueño del club y me puso entre ceja y ceja”, le dice Sergio a Clarín

-¿Y había existido esa relación?

-Sí. Un tipo rencoroso.

Maradona en su breve paso por los aurinegros de Veracruz.

Maradona en su breve paso por los aurinegros de Veracruz.

A Sergio lo dejaron libre y estaba vez el representante dijo basta. “Me dejó tirado en México, sin pasaje”. Pero el fútbol siempre le daba una segunda chance.

A lo Diego, Maradona se había convertido en uno de los personajes de la noche mexicana. “Y unos amigos dueños de un bar me invitan a jugar un regional: me pagaban por partido lo mismo que ganaba en Albinegros. Y no tenía que entrenar ni concentrar”.

Como el personaje de El Ilusionista en la novela futbolera del chileno Hernán Rivera Letelier, Maradona empezó a ir de pueblo en pueblo mostrando su talento: Veracruz, San Miguel de Allende, Morelia, Nogales, Santa Ana, Michoacán… “Y ahí plantamos bandera porque mi amigo me metió en los Mapaches de Nueva Italia. Iba a ser el jugador mejor pago del plantel, pero me tenía que cambiar el nombre porque mi pase había quedado en Veracruz”. Era la oportunidad de jugar sin ser juzgado como Maradona. “Acepté”.

En uno de los equipos de la travesía mexicana.

En uno de los equipos de la travesía mexicana.

A Sergio no le llamó la atención que le pagaran el triple que en su club anterior. Ni que le hubieran dado un documento trucho a nombre de Patricio Rodríguez. “Allá era Pato”, recuerda. Era como jugar en Primera, los equipos rivales veían ingresar los Marcopolo ploteados con el escudo de Mapaches como si llegara el América de México, el equipo más rico del continente.

Hasta que entendió todo: “Mi amigo del bar me confesó que me había metido en el equipo de un cartel de drogas”. El dueño era un tal Wenceslao Álvarez Álvarez, alias el Wencho, un peligroso narco mexicano ligado a los Zetas y “la Familia Michoacana” que quería ser profeta en su tierra (y lavar activos) gracias al fútbol.

¿Qué hizo?

Me quise escapar”, como siempre, “a Veracruz donde tenía una novia”.

“Te van a encontrar, no te conviene irte. Además, sos el preferido del capo”, le advirtió su amigo, el empresario de bares. Lo encontraron rápido y usaron el típico método de la mafia: “Amenazaron a toda mi familia”. Volvió y salieron campeones del Torneo Estatal. “Hubo fiesta”. A la mexicana, mariachis, tequila y mujeres hermosas.

Allí, Maradona otra vez encontró el amor con la hija de uno de los hombres que manejaba el club. Tuvieron a Nicole.

“Yo me quería rajar pero ellos ahora querían ir por el Nacional y compraron una franquicia para llegar más rápido a Primera”. Pero Sergio hizo otro intento: “Ahora me fui a lo de mi hermano que también jugaba en México”. Y llegó el ultimátum: “El jefe quiere que vuelvas a jugar la final”.

Y lo subieron a un avión privado.

La charla técnica en el vestuario la dio uno de los capos. Y fue clara: “Si no ganan, los matamos a todos”. Sergio parecía haberse metido en la fábula de un Walter White futbolista y argentino. Pero no era ficción, la cosa iba en serio. Es que, la final era contra Michoacán B, que pertenecía a otro cartel narco. “Para ellos era de vida o muerte”.

Mapaches ganaba tres a cero cuando el DT decidió sacar a Sergio, la figura del equipo. Perdieron 5-3. Cuando terminó el partido, Sergio temblaba en el vestuario sin poder contener el llanto: “Nos matan a todos”, pensaba hasta que llegó una voz tranquilizadora: “A vos no te va a pasar nada, no sos el responsable, pero te vas a quedar con nosotros”.

El relato de Sergio termina de manera escalofriante.

“Unos días después, el DT de Mapaches apareció muerto en su camioneta”.

La última chance de jugar

En su aventura mexicana, Sergio Maradona tuvo a Nicole (hoy, 10). Su mamá fue la llave de salida del cerco que lo tenía apresado: “Era la hija de uno de los que manejaba el equipo, le pedimos por favor que me liberaran”, cuenta Sergio que sueña con volver. También tiene dos en Bolivia: Luciana (7) y Nicolas (4). Y a Uma (5) en Salvador Mazza.

Sergio también pasó por el fútbol boliviano.

Sergio también pasó por el fútbol boliviano.

El viacrucis de Maradona lo lleva en 2011 al América de Fuentes, de la liga casildense donde jugó hasta 2014. Después pasó por Petroleros de Chaco, Sportivo Pocitos de Salta en el Federal C (en Mazza, donde vive Uma), volvió a la Liga Casildense en 2016 y en el 18 y también pasó por Atlético San Genaro de la Liga Totorense.

Ahora arregló con William Keemis de Las Rosas, el equipo del que Leo Ponzio, el capitán de River, es el vicepresidente.

-¿Hoy vivís del fútbol?

-Siempre viví del fútbol, es lo que me mantuvo toda la vida. Obvio que uno reniega con todo lo que está pasando, el año pasado no se pudo jugar, pero no me puedo quejar: tenemos trabajo y pan.

-Muchos comparan tus inicios con los de Messi.

-Es que tuvimos un camino parecido con Leo. A mí me vinieron a buscar a los 11 del Rayo Vallecano, pero mi viejo no quiso. Si hubiera hecho como Jorge quizás habría tenido otra educación y lo hubiera logrado. Mirá lo que es Leo por haber aguantado.

-¿Te arrepentís de haber desperdiciado tantas oportunidades?

-Sé que fueron malas decisiones, quizá por no tener quién me aconseje y muchas veces por no hacer caso. Me arrepiento de no haber llegado, pero el fútbol me dio mucho.

-¿Qué te dejó?

-Viajé, conocí lugares que no hubiera imaginado, estuve en playas soñadas. Amigos por todos lados, amores y a mis hijos que fueron naciendo por los lugares a los que me llevaba el fútbol. Estuve con gente mala también, pero me quedo con todo lo bueno, los afectos, la gente querida.

-Una vida de película.

-Sí, en ese punto sí que soy Maradona. Y eso que te conté el treinta por ciento de mi historia.

La tapa de Ole que anunciaba al Maradona del 2000.

La tapa de Ole que anunciaba al Maradona del 2000.


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