Política

Hay pandemia y debates para rato

Cuando la pandemia de gripe española de 1918, la más mortal de la historia, el virus se propagó casi sin contención. Entonces no había vacunas. Mató al menos a 50 millones de personas, según cálculos posteriores (entonces las estadísticas no eran un fetiche tan consistente como ahora). Se extinguió hacia 1920, básicamente de manera natural, debido a la inmunización por contagio de una buena parte de la humanidad.
Si la actual pandemia de covid-19 matara, como la gripe española, al menos al 3% de la población mundial, morirían unos 230 millones de personas. (En Uruguay mató poco más de 2.000, equivalentes a 0,17% de la población de entonces, unas 6.050 víctimas de ahora, aunque probablemente hubo subregistro).

Aquella mortandad en el mundo no se repetirá ahora debido a una calidad de vida muy superior, a las medidas sanitarias, a la superabundancia de tecnologías e información, y a la vacunación frenética. A cambio, esta pandemia será más larga que la de 1918. No tiene fecha de expiración, por la sucesión de diques sanitarios, y dará tiempo a toda clase de charlatanes, que se difunden más rápido que el virus: esa es la mala noticia. El número de casos graves y los fallecimientos por covid-19 en Uruguay está cayendo en picada, después de un otoño siniestro, con récord de contagios y mortalidad. Ocurre mientras aumenta la movilidad y se relajan las normas de distancia física y social, debido al hartazgo y la confianza. Y se debe básicamente a la vacunación, una de las más rápidas del mundo, y a cierta inmunidad colectiva tras los contagios masivos.

Uruguay y sus vecinos están siguiendo con rezago el pico de muertes que el Reino Unido, Estados Unidos y muchos estados europeos tuvieron en enero, durante el invierno septentrional. Pero Uruguay ha vacunado entre cuatro y cinco veces más que sus vecinos, por lo que debería escapar antes del matadero.

Brasil recién ahora se arma para una vacunación masiva; en tanto Argentina, aún peor, padece una grave escasez de inmunizantes. (¿Se acuerdan cuando en diciembre Alberto Fernández, muy canchero, ofrecía ayuda a Uruguay y Bolivia para obtener vacunas?). Los países americanos con mayor tasa de mortalidad por covid-19, en proporción a su población, han sido Perú (5.800 muertos por millón), Brasil (2.400), Argentina (2.040), Colombia (2.000), México (1.850), Estados Unidos (1.840), Paraguay y Chile (1.700) y Uruguay (1.555). 
Los 27 estados de la Unión Europa han sufrido en promedio unos 1.670 fallecidos por millón de habitantes. La clara remisión de la pandemia en Uruguay desde mediados de junio provocó alivio en el gobierno, cuya estrategia de vacunación acelerada y “libertad responsable”, sin encierros masivos obligados, por fin parece dar resultados. 

La mayor vacunación completa en América, con dos dosis, se ha realizado en Chile (52% de la población), Estados Unidos (46%), Uruguay (44%) y Canadá (23%). La Unión Europea, en promedio, ronda el 30%, en tanto Brasil (12%) y Argentina (8,5%) vienen muy atrás. A mayor vacunación, menor rigor en las medidas de reducción de la movilidad que, por otra parte, han tenido efectos harto dudosos en América Latina, una región con una muy amplia economía informal y Estados poco eficaces.

La pandemia en Uruguay debería evolucionar ahora hacia una meseta relativamente baja, con menos contagios y muertes, hasta que se alcance una inmunidad natural o de rebaño, que cada vez parece más exigente.
Esta pandemia ha provocado en el mundo toda suerte de errores de cálculo: sobre su duración, sobre su letalidad, sobre los mejores métodos para combatirla.

Este lunes un investigador chino sostuvo que la inmunidad de rebaño se alcanzaría recién con 80 u 85% de la población vacunada con productos de China, y no ya con 70%, como se creía, debido a las nuevas cepas más potentes del virus.

La variante Delta, particularmente contagiosa, que surgió en India y se convirtió en dominante en el Reino Unido, retardando la reapertura social allí, es “la mayor amenaza ahora para Estados Unidos”, advirtió el martes Anthony Fauci, el principal asesor sobre pandemias del presidente Joe Biden.
Las personas completamente vacunadas, con dos dosis, estarían a salvo ante las nuevas cepas. Pero en el corto plazo habría diferentes resultados, sobre todo en casos leves, entre los países que suministraron vacunas más modernas y de alta eficacia, como Israel, Reino Unido, Estados Unidos o los de la Unión Europea, y los que optaron por inmunizantes más convencionales de origen chino, como Uruguay y Chile (aunque éstos también usaron Pfizer para ciertos sectores sociales).
La vacuna china Sinovac, un vector tradicional en base a virus inactivado, es altamente eficaz para evitar internaciones y muertes, confirman los investigadores. Pero su menor eficacia para evitar por completo los contagios leves derivará, tarde o temprano, en un refuerzo con una vacuna de otro laboratorio: Pfizer, Moderna, AstraZeneca, Johnson & Johnson y más. 

En el mundo hay ahora muchas investigaciones en curso sobre cruzamiento de vacunas de diferentes tecnologías. 

Mientras tanto, no habrá una recuperación plena de la economía uruguaya, y del empleo, hasta que regresen los turistas extranjeros, particularmente de Argentina y Brasil, y revivan una serie de servicios abatidos.
Antes de la pandemia, Uruguay recibía entre 3,2 y 3,9 millones de visitantes del exterior por año, que gastaban entre 1.700 y 2.200 millones de dólares.

El “pase verde” entre países, en las salas de espectáculos y en las oficinas es otro debate que asoma en el horizonte. La semana pasada la Intendencia de Durazno anuló una decisión de exigir certificado de vacunación a quienes tramitaran la libreta de conducir. El gigante financiero estadounidense Morgan Stanley anunció que prohibirá el ingreso a sus oficinas de Nueva York de funcionarios y clientes no vacunados.  De Wall Street a Silicon Valley, las firmas estadounidenses, que desean terminar con los contagios internos y con el teletrabajo, están en pleno debate sobre este punto. Y algo parecido ocurre en empresas y hogares de Uruguay.




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