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Serrat se despidió de Uruguay entre burlas a la monarquía británica, al FMI y al paso del tiempo

Hay un hombre que se ríe de la muerte. Un hombre al que le dicen Nano —aunque en su documento de identidad figura como Joan Manuel Serrat Teresa— que en su despedida no quiere pésame ni flores, sino un adiós al ritmo de Fiesta. Solo le queda la resaca de una tupida melena que lo caracterizó, una voz melódica que de tanto en tanto requiere de un sorbo de agua para no perder la ternura, un cantor —que no es lo mismo que un cantante— que usa a su gusto el escenario que le fue montado en el Estadio Centenario para sincerarse, con la tranquilidad de quien sabe que una vez que su cancionero escapó de la caja torácica del artista ya no le pertenece. Vive en su público.

Serrat —a punto de cumplir los 79 años, dos tercios de ellos dando conciertos— llega a su última estación libre de equipaje. Parece no pesarle el qué dirán —ni siquiera cuando se burla del Orejas que dejó la reina Isabel II en el trono tras su muerte, en referencia al rey Carlos III—, ni lamenta aquello no alcanzado. Por el contrario, prefiere recordar el trayecto transitado con cierto sentido autobiográfico. Como decía su amigo Eduardo Galeano, con quien compartía la cita ineludible de un café en Malvín o el Brasilero, “recordar, del latín re-cordis que significaba algo así como volver a pasar por el corazón”.

Por eso canta la canción de cuna en homenaje a su madre —en catalán con subtítulos en español en la pantalla de fondo y una reivindicación del trabajo no remunerado que padecen las mujeres—, confiesa que el Furo —el personaje de su tercer tema en el show de despedida— era su abuelo al que el franquismo desapareció y aún lo siguen buscando, y se muestra aggiornado a un siglo en el que no nació: “Damas, caballeros e imparciales sean bienvenidos…”.

Tan actualizado que cuando le habla al público montevideano en la punta derecha del escenario (su izquierda), hace una pausa y se queda allí husmeando el aroma de “marihuana legal” que le llegaba desde la platea. O cuando el retrato de la Mona Lisa —la mujer emblema de La Gioconda, de Da Vinci— va tuneándose con peinados modernos y hasta viste la camiseta del Fútbol Club Barcelona. O cuando admite que la letra de la canción Pare (padre en catalán), fue escrita hace más de 50 años y a causa del cambio climático “tiene más vigencia que nunca”: Padre, decidme qué le han hecho al río que ya no canta.

Cuando El Vicio de Cantar 1965-2022, como se titula esta gira de despedida, pasó por Chile, Serrat homenajeó a la chilena Violeta Parra con su clásico Gracias a la vida. En Argentina recordó al argentino Atahualpa Yupanqui con Vendedor de yuyos. Y este martes, en Montevideo, se rindió ante Mario Benedetti con Una mujer desnuda y en el oscuro.

Pero en la cita de ayer, sobre el escenario del Centenario, pareció haber un hombre desnudo. Un hombre que se reía de la proximidad de su muerte, al punto que le pidió al público que guardase la entrada por si acaso. Un vicioso del canto que fue vencido por el cartel de una uruguaya de 81 años que en catalán aclamaba una foto. Un Nano que jugaba (y jugó) con el subibaja emocional de sus canciones: empezando pum para arriba con Dale que dale, con la romántica Lucía, la reivindicativa Nanas de la cebolla, la subversiva Algo personal acompañada de una macabra caricatura al Fondo Monetario Internacional (FMI), la poética Cantares y su senda que nunca se ha de volver a cruzar, para acabar en una Fiesta: “Se acabó / El Sol nos dice que llegó el final / Por una noche se olvidó / Que cada uno es cada cual”.




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