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¿Qué se juega con el notable cambio de gobierno en Israel?

Israel se encuentra desde hace tiempo en un laberinto. El cambio de gobierno que acaba de suceder, es un paso adelante para intentar encontrar una salida a esa trampa. Un salto de realismo que implica un giro tectónico en la política nacional con un dato extraordinario, por primera vez un partido árabe israelí ingresa en una coalición gobernante.

Con la misma novedad, sin embargo, se multiplican las dudas. La alianza que gobernará Israel, si nada se interpone en los próximos días, es un conjunto heterogéneo de intereses y de expectativas distribuidas en ocho fuerzas, desde las insignificantes formaciones socialdemócratas a las más potentes por la derecha lo que le agrega una condición de alta fragilidad.

Parte de ese duelo de puntos de vista lo exhibe un dato crucial de lo acordado: habrá dos primeros ministros, en turnos separados por dos años. El ultraderechista Neftalí Bennett que obtuvo siete bancas en la última elección será el primero y lo seguirá luego el centrista Yamir Lapid quien, en cambio, logró un mucho mejor resultado con 17 asientos del Parlamento.

La buena noticia es que la característica de la alianza obligará para su propia supervivencia a negociaciones constantes y el respeto a límites que de otro modo no serían considerados. Por otro lado, cae la influencia de los partidos ultra religiosos que han sido un factor determinante para que el saliente premier Benjamin Netanyahu permaneciera en el poder los últimos doce años, lo que también le sirvió para eludir a la justicia por sus cargos de corrupción. Ahora, en el llano no tendrá esos escudos.

El polémico premier Benjamín Netanyahu quien gobernó por casi trece años y acaba de provocar la mayor alianza opositora de la historia de Israel. AFP

El polémico premier Benjamín Netanyahu quien gobernó por casi trece años y acaba de provocar la mayor alianza opositora de la historia de Israel. AFP

Bennett ha sido en el pasado alto funcionario de este polémico gobernante que con quien ha coincidido en la opción de una eventual anexión de los territorios palestinos ocupados, particularmente Cisjordania, perforada por cientos de miles de colonos judíos que nunca serán removidos. Si Netanyahu obstaculizó todo lo que pudo la solución de dos estados, doctrina promovida por la comunidad internacional, Bennett ha dicho abiertamente que no cree en esa salida. Pero la alianza en la que ahora está incluido deberá moderar ese escepticismo.

El trasfondo que revela este giro es que la dinámica de la crisis expone que ya es muy difícil constituir un estado palestino junto al de Israel como era el propósito de la partición en 1947 del territorio otomano bajo protección británica. Pero tampoco es posible ignorar a los millones de palestinos que habitan esas tierras y que no se irán.

Netanyahu no ha sido el único de los poderosos dirigentes de Israel que actuaron para profundizar las divisiones en el precario campo político palestino. Hamas, la furiosa e irresponsable organización ultraislámica que gobierna la Franja de Gaza, fue un elemento central dentro de esa estrategia divisionista.

Cuando el legendario Ariel Sharon dispuso la desconexión en la Franja en agosto de 2005, es decir el retiro unilateral de los 10 mil colonos que vivían en ese territorio, lo hizo sin interconsultar con la Autoridad Palestina, el gobierno laico de ese pueblo en Ramallah. La ausencia de un acuerdo mutuo para llevar adelante semejante acción, permitió a Hamas fortalecerse y aparecer con el relato de que habían triunfado y echado a los colonos.

Sharon dejó hacer. Hubo elecciones, y Hamas ganó en los dos territorios, aunque la mayoría de sus legisladores fueron luego arrestados basados en el carácter terrorista de esa organización. Pero los choques internos entre un Hamas ensoberbecido y el partido laico Al Fatah, que tiene la autoridad en Cisjordania, llegó incluso al uso de armas.

El presidene palestino  Mahmud Abbas. AFP

El presidene palestino Mahmud Abbas. AFP

Hoy hay dos espacios no solo territoriales sino políticos en los territorios. El costo de esa estrategia es que el grupo fundamentalista que gobierna la Franja, cada vez que su situación relativa de poder se ve resentida, genera un conflicto con Israel para sostener su narrativa del martirio y desgastar al endeble gobierno de Mahmud Abbas en Ramallah.

Hamas se ha empoderado de tal modo que si hubiera elecciones las ganaría en ambos territorios.Como también las hubiera ganado aún antes del reciente conflicto bélico con la Franja y por eso Abbas prefirió suspender la votación. El costo de un cambio de gobierno de esa envergadura implicaría que no habría referente internacional para discutir la causa palestina.

La conclusión, posiblemente ya muy tardía, es que hoy la sobrevivencia del gobierno de Abbas es central para equilibrar el campo. “Se debe debilitar a Hamas y fortalecer a Mahmud Abbas”, claman figuras como el ex jefe del Ejército israelí, Gadi Eizenkot. Es la noción que trae la nueva cancillería norteamericana que encabeza Antony Blinken que dispuso reabrir el consulado norteamericano en Jerusalén Este para atender las demandas palestinas.

La intención es reconstruir la solución de dos estados hoy en harapos, fortaleciendo al auténtico liderazgo palestino. Una estrategia que sirva para sacar a Israel del laberinto antes de que la conclusión de un solo estado, del Mediterráneo al Jordan, obligue al estado judío a hacerse cargo de millones de palestinos. La heterogeneidad del nuevo gobierno posiblemente sea el mejor indicador del alcance de ese desafío.


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