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«¿Qué hicimos con la democracia?» Diez años después, la Primavera Árabe se desinfla

Durante casi tres meses, después de que los tunecinos derrocaran a su dictador en enero de 2011 en una erupción de protestas que electrizaron al mundo árabe, Ali Bousselmi sólo sintió «pura felicidad».

La década que siguió, durante la cual los tunecinos aprobaron una nueva constitución, obtuvieron libertad de expresión y votaron en elecciones libres y justas, le trajo a Bousselmi sus propias recompensas.

Cofundó un grupo de derechos de los homosexuales, algo imposible antes de 2011, cuando la escena gay se vio obligada a esconderse en la clandestinidad.

Pero cuando las grandes esperanzas de la revolución se convirtieron en caos político y fracaso económico, Bousselmi, como muchos tunecinos, dijo que empezó a preguntarse si su país estaría mejor con un solo gobernante, lo suficientemente poderoso como para hacer las cosas.

«Me pregunto qué hicimos con la democracia», dijo Bousselmi, de 32 años, director ejecutivo de Mawjoudin, que significa «Existimos» en árabe.

«Tenemos diputados corruptos, y si sales a la calle, puedes ver que la gente no puede permitirse ni siquiera un bocadillo. Y de repente, apareció una varita mágica diciendo que las cosas iban a cambiar», se queja.

Congreso cerrado

Esa varita la tenía Kais Saied, el presidente de Túnez elegido democráticamente, que el 25 de julio congeló el Parlamento y despidió al primer ministro, prometiendo atacar la corrupción y devolver el poder al pueblo.

El presidente de Túnez, Kais Saied muestra una foto del Parlamento para señalar una aparente pelea entre legisladores. Foto: AP

El presidente de Túnez, Kais Saied muestra una foto del Parlamento para señalar una aparente pelea entre legisladores. Foto: AP

Fue una toma de poder que una abrumadora mayoría de tunecinos recibió con alegría y alivio.

El 25 de julio hizo más difícil que nunca contar una historia esperanzadora sobre la Primavera Árabe.

Considerado por los partidarios occidentales y los simpatizantes árabes como una prueba de que la democracia podía florecer en Oriente Medio, Túnez parece ahora para muchos, la confirmación final de la promesa fallida de los levantamientos. Cuna de las revueltas árabes, ahora está gobernada por un decreto unipersonal.

De la liberación a la guerra

En otros lugares, las guerras que siguieron a los levantamientos devastaron Siria, Libia y Yemen. Los autócratas sofocaron las protestas en el Golfo. Los egipcios eligieron un presidente antes de abrazar una dictadura militar.

El estallido en Yemen, en febrero de 2011, que derrocó al presidente Ali Abdullah Saleh. Foto: AP

El estallido en Yemen, en febrero de 2011, que derrocó al presidente Ali Abdullah Saleh. Foto: AP

Sin embargo, las revoluciones demostraron que el poder, tradicionalmente ejercido desde arriba, también puede ser impulsado por una calle encendida.

Una lección que reafirmaron los tunecinos, quienes recientemente volvieron a copar las calles para manifestarse contra el Parlamento y a favor de Saied. Esta vez, sin embargo, el pueblo arremetió contra la democracia, no contra un autócrata.

«La Primavera Árabe continuará», predijo Tarek Megerisi, especialista en África del Norte del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.

«Por mucho que se intente reprimirla o por mucho que cambie el entorno que la rodea, la gente desesperada seguirá intentando asegurar sus derechos», agregó el experto.

La popularidad de Saied surge de los mismos agravios que impulsaron a tunecinos, bahreiníes, egipcios, yemeníes, sirios y libios a protestar hace una década: la corrupción, el desempleo, la represión y la incapacidad de llegar a fin de mes.

Crisis económica y descontento

Diez años después, los tunecinos sienten que retrocedieron en prácticamente todo, excepto en la libertad de expresión.

«No hemos sacado nada de la revolución», dijo Houyem Boukchina, de 48 años, residente en Jabal Ahmar, un barrio obrero de la capital, Túnez.

«Todavía no sabemos cuál es el plan, pero vivimos sobre la base de la esperanza», dijo sobre Saied.

Pero las reacciones populares aún pueden amenazar a la autocracia.

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Más represión y menos respuestas

Los analistas advierten que los gobernantes árabes, conscientes de los agravios de su pueblo, redoblaron la represión en lugar de abordar los problemas, y su crueldad sólo invita a más agitación en el futuro.

En el caso de Saied, su táctica depende del progreso económico. Túnez se enfrenta a una inminente crisis fiscal, con una deuda de miles de millones que vence este otoño. Si el gobierno despide a los trabajadores públicos y recorta los salarios y los subsidios, y si los precios y el empleo no mejoran, es probable que la opinión pública dé un vuelco.

Un colapso económico supondría problemas no sólo para Saied, sino también para Europa, cuyas costas atraen cada año a miles de emigrantes tunecinos desesperados en barcos.

Sin embargo, la oficina de Saied no se ha puesto en contacto con los funcionarios del Fondo Monetario Internacional que esperan negociar un rescate, según un alto diplomático occidental. Tampoco ha tomado más medidas que pedir a los vendedores de pollo y a los comerciantes de hierro que bajen los precios, diciéndoles que es su deber nacional.

«La gente no apoya necesariamente a Saied, simplemente odia lo que Saied rompió», dijo Megerisi. «Eso va a desaparecer muy rápidamente cuando descubran que tampoco está cumpliendo con ellos».

La revuelta que derrocó a Hosni Mubarak en Egipto: una marcha en El Cairo en enero de 2011.  Foto: AFP

La revuelta que derrocó a Hosni Mubarak en Egipto: una marcha en El Cairo en enero de 2011. Foto: AFP

Preocupación de Occidente

Para los gobiernos occidentales, que inicialmente apoyaron las revueltas y luego volvieron, en nombre de la estabilidad, a asociarse con los autócratas que sobrevivieron a ellas, Túnez puede servir como recordatorio de lo que motivó a los manifestantes árabes hace una década, y de lo que podría llevarlos a las calles nuevamente.

Aunque muchos manifestantes exigían democracia, otros pedían resultados más tangibles: el fin de la corrupción, descenso de los precios de los alimentos y empleo.

Desde el exterior, era fácil aclamar a los cientos de miles de manifestantes que acudieron a la plaza Tahrir de El Cairo, y olvidar a las decenas de millones de egipcios que se quedaron en casa.

«La gente que presionaba por el parlamento, la democracia, las libertades, no éramos la mayor parte de la revolución», dijo Yassine Ayari, legislador tunecino independiente recientemente encarcelado tras denunciar la toma de poder de Saied.

«Quizá muchos tunecinos no querían la revolución. Tal vez la gente sólo quiere cerveza y seguridad. Es una pregunta difícil, una pregunta que no quiero hacerme», añadió.

«Pero no culpo a la gente. Tuvimos la oportunidad de mostrarles cómo la democracia podía cambiar sus vidas, y fracasamos», remarcó.

Poca paciencia para la democracia

La revolución dotó a los tunecinos de algunas herramientas para resolver los problemas, pero no de las soluciones que esperaban, dijo Ayari. Con más necesidades que experiencia de gobierno, dijo, tenían poca paciencia para las dificultades de la democracia, algo que lleva mucho tiempo.

Una Constitución, las urnas y un parlamento no dan lugar automáticamente a oportunidades o a la rendición de cuentas, una situación que a los occidentales les resulta demasiado familiar.

El Parlamento se convirtió en un lugar de insultos y peleas. Los partidos políticos se formaron y volvieron a formarse sin ofrecer mejores ideas. La corrupción se extendió.

«No creo que una democracia liberal al estilo occidental pueda o deba ser algo que se pueda introducir en paracaídas», dijo Elisabeth Kendall, académica de la Universidad de Oxford especializada en estudios árabes e islámicos. «No se puede simplemente leer ‘Democracia Liberal 101’, absorberlo, escribir una constitución y esperar que todo funcione. Las elecciones son sólo el comienzo».

Los intelectuales árabes suelen señalar que Francia tardó décadas en hacer la transición a la democracia tras su revolución. Algunas partes de Europa del Este y África sufrieron altibajos similares al dejar atrás las dictaduras.

«Dictadura a corto plazo»

Los sondeos de opinión muestran que una mayoría rotunda en todo el mundo árabe sigue apoyando la democracia. Pero casi la mitad de los encuestados dicen que sus propios países no están preparados para ella. Los tunecinos, en particular, han llegado a asociarla con el deterioro económico y la disfunción.

Es posible que su experiencia haya hecho que los tunecinos sigan creyendo en la democracia en abstracto, pero que deseen por ahora lo que un profesor de derecho constitucional tunecino, Adnan Limam, llamó con aprobación una «dictadura a corto plazo».

Una marcha en la capital de Túnez contra el presidente Kais Saied, en septiembre. Foto: REUTERS

Una marcha en la capital de Túnez contra el presidente Kais Saied, en septiembre. Foto: REUTERS

Aun así, Kendall advirtió que es demasiado pronto para declarar muertas las revoluciones.

En Túnez, el rechazo al sistema que ha evolucionado durante la última década no implica necesariamente la aceptación de un gobierno unipersonal.

A medida que Saied fue deteniendo a más opositores y tomando el control, suspendiendo el mes pasado gran parte de la Constitución y asumiendo la autoridad exclusiva para elaborar leyes, más tunecinos -especialmente los seculares y acomodados- se mostraron inquietos.

«Alguien tenía que hacer algo, pero ahora se está desviando del camino», dijo Azza Bel Jaafar, de 67 años, farmacéutica en el lujoso suburbio tunecino de La Marsa. Dijo que inicialmente había apoyado las acciones de Saied, en parte por temor a Ennahda, el partido islamista que domina el parlamento y al que muchos tunecinos culpan de los males del país.

«Espero que no haya más islamismo», dijo, «pero tampoco estoy a favor de una dictadura».

Algunos tunecinos a favor de la democracia cuentan con la idea de que la generación más joven no renunciará fácilmente a las libertades con las que han crecido.

«No hemos invertido en una cultura democrática durante 10 años para nada», dijo Jahouar Ben M’barek, antiguo amigo y colega de Saied que ahora está ayudando a organizar las protestas en su contra. «Un día, verán que es realmente su libertad la que está en peligro, y cambiarán de opinión».

Otros dicen que aún hay tiempo para salvar la democracia de Túnez.

A pesar de las acciones cada vez más autoritarias de Saied, no se ha movido sistemáticamente para reprimir las protestas de la oposición y recientemente le dijo al presidente francés, Emmanuel Macron, que dialogaría para resolver la crisis.

«Vamos a ver si la democracia es capaz de corregirse por sí misma», señaló Youssef Cherif, analista político que reside en Túnez, «y no por las armas».

Bousselmi está dividido y se pregunta si los derechos de los homosexuales pueden progresar bajo un gobierno unipersonal.

«No lo sé. ¿Aceptaré olvidarme de mi activismo por el bien de la economía?» se interrogó. «Realmente quiero que las cosas empiecen a cambiar en el país, pero tendremos que pagar un precio muy alto».

The New York Times

CB​


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