Sin categoría

Primer obispo del Uruguay será declarado beato

El Santo Padre ha promulgado el decreto que aprueba el milagro habilitando la beatificación de Monseñor Jacinto Vera, Padre de la Iglesia en el país sudamericano. Un momento de especial emoción para el pueblo uruguayo, como lo manifiesta el Episcopado. Conversamos con el Padre Gabriel González Merlano, director del Departamento de Investigación de la Facultad de Teología del Uruguay y estudioso del Venerable Vera.

Sebastián Sansón Ferrari – Vatican News

“Con inmensa alegría”: así han recibido los obispos del Uruguay la aprobación, por parte del Santo Padre, del milagro obtenido por la intercesión del Venerable Monseñor Jacinto Vera, primer obispo del país. En efecto, el Pontífice ha firmado el decreto y esto habilita su próxima beatificación.

En un mensaje, los Prelados afirman que “es un motivo de júbilo y gratitud para todo el Uruguay”. Evocan la figura de este “misionero y apóstol de la ciudad y la campaña”, que “recorrió tres veces todo el país”. A su vez, “socorrió a los heridos de las guerras civiles y encabezó misiones de paz”. Fue “padre de los pobres, amigo de sus sacerdotes, fue promotor del compromiso de los cristianos laicos en la vida de la sociedad de la época”.

Vera promovió la educación y la prensa católica, fundó el seminario para la formación de los sacerdotes, impulsó la llegada de congregaciones religiosas a la nación sudamericana, “para servir a nuestra gente (vascos, salesianos, salesianas, dominicas, vicentinas, capuchinos, jesuitas, entre otros)”, aseguran en el comunicado.

Guió a la Iglesia en tiempos difíciles, llevó “la frescura de vida y de gracia del Evangelio a todos sin distinción”. “Al final de sus días, Don Jacinto cosechó una admiración unánime de la sociedad de su época, aun de sus mismos adversarios, como quedó plasmado en los homenajes tributados a su muerte”.

Otras resonancias en los obispos uruguayos

Al conocerse la noticia, el Cardenal Daniel Sturla, Arzobispo de Montevideo, grabó un videomensaje en el que manifestó su gozo por este acontecimiento y recordó que el Venerable Vera llevó la paz a los corazones, trabajó por el entendimiento entre los uruguayos, atendió a los heridos, consoló a los afligidos. “Fue el gran organizador de la Iglesia uruguaya”, dijo el Purpurado.

“Todo eso lo celebramos, ¿le cambia algo a él?”, se preguntó, y añadió: “Él ya está en el cielo, junto a Dios. Nos cambia a nosotros, nos compromete a seguir sus huellas, y es lo que queremos hacer con alegría, siguiendo a este próximo beato Jacinto Vera”.

Mira el videomensaje del Cardenal Sturla

Para Monseñor Jaime Fuentes, obispo emérito de Minas, esta es “una estupenda noticia navideña”, como escribió en un tuit. Fuentes considera que Vera fue “un santazo” y explica, en 280 caracteres, algunas de las acciones de Vera.

Y Monseñor Alberto Sanguinetti, obispo emérito de Canelones, quien ha sido un elemento fundamental en la causa de beatificación, con un exquisito trabajo histórico y teológico, con la elaboración de la Positio, entre otras cuestiones, exclamó: “¡Dios sea bendito por este padre bueno que nos da como protector, ejemplo de santidad, guía!”.

Las claves de la vida y obra del primer obispo del Uruguay

Jacinto Vera nació el 3 de julio de 1813, frente al Océano Atlántico, en el barco que transportaba a su familia desde las Islas Canarias a Uruguay. Como detalla la biografía oficial, disponible en el sitio web del Dicasterio para las Causas de los Santos (leer aquí), “tras más de dos años de vagabundeo, la familia se instaló en el pueblo del Abra del Mallorquín, dedicándose a las labores agrícolas. En 1826 se trasladó a la zona de Toledo, donde compró una casa con tierras circundantes para cultivar”.

Recibió una educación cristiana, por su madre y los padres franciscanos. En 1832, sintió su llamado al sacerdocio. Por falta de medios materiales, solo pudo realizar esta vocación en 1837, cuando emprendió estudios de teología en el colegio de los Padres Jesuitas de Buenos Aires, donde fue ordenado sacerdote en 1841.

Primero, se desempeñó en Canelones. En 1859, fue nombrado vicario apostólico y trasladado a Montevideo, donde se dedicó a la formación del clero, la atención pastoral y realizó varios viajes misioneros, interviniendo para resolver situaciones conflictivas, como la defensa de la jurisdicción eclesiástica frente al gobierno. Debido a esta postura, fue enviado al exilio desde octubre de 1862 hasta agosto de 1863, período que pasó en Buenos Aires.

Dos años después de su regreso a Uruguay, fue elegido obispo titular de Megara y consagrado el 16 de julio de 1865, reanudando plenamente sus actividades pastorales. En 1867, emprendió un viaje a Europa en busca de misioneros para Uruguay y para participar en las festividades del XIX centenario del martirio de San Pedro. De octubre de 1869 a diciembre de 1870, participó en el Concilio Vaticano I y peregrinó a Tierra Santa.

El 25 de enero de 1871 regresó a Montevideo, donde hizo todo lo posible por poner fin a la guerra civil. La obtención de la paz le permitió dar un nuevo impulso a su actividad misionera, reforzada por la llegada de los jesuitas y del primer grupo de salesianos, enviados por San Juan Bosco a petición suya. El 4 de junio de 1875 consagró el país al Sagrado Corazón de Jesús.

Creó la diócesis de Montevideo y el 13 de julio de 1878 fue nombrado su primer obispo. A finales de diciembre del mismo año, bendijo la primera piedra del Seminario Conciliar de la capital uruguaya. A pesar de su edad y de algunos problemas de salud, continuó su actividad apostólica, visitando incansablemente todos los lugares de misión. El 28 de abril de 1881, partió para su última misión, con destino a Pan de Azúcar. El incómodo viaje se vio dificultado por las continuas y fuertes lluvias, que minaron definitivamente su ya débil salud. En la noche del 5 de mayo, su estado empeoró y recibió los últimos sacramentos en plena conciencia.

Murió en Pan de Azúcar (Uruguay) el 6 de mayo de 1881.

El milagro que permite la beatificación de Vera 

De acuerdo con el Dicasterio para las Causas de los Santos, Vera intercedió por la recuperación de una joven, que había sido diagnosticada con “apendicitis, absceso pélvico retroperitoneal, sepsis”. La mujer curada, que nació en Uruguay en 1921, empezó a experimentar dolores abdominales a los 15 años, que se prolongaron. En 1936, los dolores aumentaron y, al día siguiente, le diagnosticaron apendicitis aguda. Los médicos decidieron operarla. La intervención se realizó en la Clínica Eduardo VII del Hospital Británico de Montevideo y el padre de la paciente también formaba parte del equipo médico. El curso postoperatorio en los primeros días fue regular, luego hubo un aumento severo de la temperatura con infección de la herida. El 28 de septiembre de 1936, tras el tratamiento, la fiebre desapareció y el paciente fue dado de alta con la herida aún abierta, pero limpia. A partir del 30 de septiembre de 1936, reapareció la fiebre y desde el 4 de octubre de 1936 el estado del paciente empeoró considerablemente; una consulta médica diagnosticó una colección de abscesos en la fosa ilíaca derecha con un marcado aumento de los glóbulos blanco

“Como la cirugía no era posible en ese momento, añade el texto, el paciente fue tratado con algunas terapias, pero el cuadro clínico empeoró. El 8 de octubre de 1936, su padre y su tío, con un profundo sentido de la fe, colocaron junto a su lecho una imagen con una reliquia de Jacinto Vera. Pocas horas después de la colocación de la reliquia, el estado del paciente empezó a mejorar inesperadamente, hasta que los médicos que lo atendieron constataron una recuperación muy rápida ya el 9 de octubre de 1936. Con el tiempo, la paciente no sufrió ninguna recaída y llevó una vida normal hasta 2010, cuando falleció de un paro cardíaco a los 89 años”.

Vera aporta lo que falta a nuestro pueblo: el modelo del santo

Para profundizar en la figura del futuro beato Jacinto Vera, dialogamos con el Padre Gabriel González Merlano, director del Departamento de Investigación de la Facultad de Teología del Uruguay y estudioso de Vera, con publicaciones osbre distintos temas y difusor de la causa de beatificación. En estos 20 años, ha estudiado y difundido la devoción a Vera, con diversos medios utilizados, tales como el trabajo en comisiones, la redacción del boletín mensual sobre Vera, entre otras iniciativas.

González destaca cuatro rasgos del próximo beato: el misionero infatigable (gran evangelizador de nuestra Patria), el modelo de caridad (no solo caridad material, sino las virtudes evangélicas vividas  al grado de la heroicidad), el forjador de la Iglesia nacional (la Iglesia ya existía pero fue él quien le dio estructura e institucionalidad), el gran defensor de los derechos y libertad de la Iglesia (dicho de otro modo, es el gran defensor de la justicia).

El presbítero subraya que, luego del trabajo documental, inició la tarea de rezar para la aparición de un milagro y la difusión del conocimiento de Jacinto Vera en forma más intensa, “entendiendo que de nada sirve proponer un modelo de santidad si el pueblo no lo conoce. Máxime cuando Don Jacinto había sido la personalidad más conocida de la segunda mitad del siglo XIX”. “Por eso, añade, la alegría ahora es muy grande, porque se ha realizado una buena sensibilización sobre la causa de Vera y somos nosotros los que podemos alegrarnos de esta noticia de su beatificación, que ha sido esperada desde que se inició el proceso, hace ya 90 años. Muchos anhelaron contemplar este momento y somos nosotros los afortunados de poder vivirlo”.

El primer obispo de la patria “nos legó su ejemplo de conducta y de labor apostólica, porque gracias a él la semilla del Evangelio llegó hasta los rincones más alejados de nuestra patria”.

“Si hay fe, especialmente en el interior de nuestro país, es gracias a la tarea de predicación de la palabra y administración de los sacramentos de este incansable misionero. Si tenemos Iglesia es por su tarea de darle fundamento, y así erigirse la primer diócesis, por eso lo consideramos el “patriarca” de nuestra Iglesia, el “padre y fundador” de nuestro clero, el “padre de los pobres”, el “santo obispo”. Su mensaje y su obra es por tanto fundacional, está en los mismos orígenes de nuestra Iglesia uruguaya y se erige como modelo en la predicación del Evangelio y en la defensa de la libertad de la Iglesia para realizar esta tarea”.

Merlano puntualiza que, “en sus años de Vicario Apostólico, y luego Obispo, Jacinto Vera tuvo que enfrentar el proceso de cambio ideológico más profundo que se haya conocido en el país, y es precisamente en ese momento que, sorteando las hostilidades, deberá dar estructura e institucionalidad a una Iglesia muy frágil y sin mayores recursos”. 

Escucha y descarga la entrevista completa a Gabriel González Merlano

Es necesaria la misma audacia de Vera en el Uruguay de hoy

No obstante la distancia en el tiempo y en un contexto aparentemente muy diferente, los desafíos actuales son muy similares, según Merlano, porque “también hoy la Iglesia es atacada por nuevas ideas que pretenden imponerse por la fuerza y que violentan los derechos de anunciar con libertad el mensaje del Evangelio”.

“Como Don Jacinto es necesario tener la misma audacia, confianza en Dios, fortaleza, rectitud, caridad pastoral, etc., para hacer frente a esa poderosa contracorriente y no ceder en aquello que nadie nos puede quitar ni prohibir, que es la libertad para anunciar el mensaje de salvación”, dice. “Los contemporáneos lo tuvieron por santo, a nosotros nos toca el deber de seguir trabajando para que el nombre de Dios sea glorificado en Mons. Jacinto Vera, para alabanza de su gloria y edificación de la Iglesia”, concluye el sacerdote uruguayo.

Source link

Artículos Relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver al botón superior