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los riesgos de jugar al “siga, siga”


Felices Pascuas. La casa no está en orden. El coronavirus, en su versión de segunda ola con cepas diferentes que empiezan a circular con fuerza y con el plan de vacunación que viene en una velocidad inferior a la esperada, está pegando duro. Ocurre en la calle. Y ocurre en el fútbol argentino, donde los casos se multiplican en los planteles de todas las categorías. Y preocupa.

Pasó la tormenta en Sarmiento, siguió en Gimnasia y Esgrima La Plata que jugó diezmado ante Lanús y en las últimas horas sumó otros dos afectados que jugarán el partido del sábado y ahora sacude a Banfield, con más de medio plantel contagiado, aislado o con síntomas a horas del duelo contra Estudiantes. Y no resultará extraño que los casos, que ya superan el centenar en la Copa de la Liga Profesional -y crecen si se observan las otras categorías-, se multipliquen en los próximos días. De hecho, en la mañana del lunes el Covid-19 fue el tema del día en Independiente fue la noticia de que Sebastián Sosa, Thomas Ortega y dos juveniles presentaron síntomas y fueron aislados en las vísperas del clásico de Avellaneda.

Y, más allá de ser un reflejo de los que sucede en la sociedad, el problema en el fútbol argentino es que nadie parece prestar atención al crecimiento de la curva de contagios. El único protocolo que se respeta es el de los testeos semanales para detectar positivos y lograr el permiso para jugar. El resto, al mejor estilo de un árbitro permisivo, es un continuo siga, siga.

Se sabe que la pelota, como la economía, no se puede volver a frenar. Al menos por ahora. Pero sí sería interesante -y necesario, sobre todo- que los clubes tomen la mayor cantidad de recaudos posibles para evitar que esta crisis se convierta en un efecto dominó que termine volteando todas las fichas.

Los futbolistas comparten entrenamientos, comparten vestuarios y comparten micros o aviones. Y luego comparten el campo de juego con otros futbolistas que, obviamente, tienen las mismas rutinas. Y no están aislados, ya que también comparten momentos con sus familias y sus entornos. Es lógico que los casos se disparen. Lo que no es lógico es que no haya nadie que procure que se tomen la mayor cantidad de recaudos posibles achicando el margen para que los contagios, al menos los evitables, no se multipliquen en forma exponencial.   

Sarmiento de Junín, que sumó 12 contagios entre los jugadores y ocho en el cuerpo técnico es el único equipo de los 26 de Primera División que usa barbijo antes de los partidos. Gimnasia también tiene 12 positivos y dos de ellos jugaron contra Lanús, que entró en zona de alerta. En Banfield esperan los resultados de los testeos rápidos, pero por lo bajo ya se habla de 15 futbolistas que no pasaron el PCR, con más casos entre el cuerpo técnico y dirigentes. Inevitable relacionarlo con los festejos efusivos y entendibles (pero totalmente evitables) tras lograr la clasificación a la Copa Sudamericana del miércoles pasado en San Juan.

Tal vez no haga falta volver a parar la pelota. Pero sí hace falta una mayor conciencia para ajustarse un poco más a las recomendaciones médicas para prevenir contagios. Algo que tampoco sucede con el incremento, fecha tras fecha, de los hinchas vip, quienes no se ven porque se amuchan en las tribunas, plateas o palcos desde donde se posan las cámaras de TV, pero se delatan en forma obscena en los gritos de los goles o en los insultos en las jugadas polémicas. ¿Es necesario que estén en la cancha? No. Ni siquiera pagan como si lo siguen haciendo muchos de los abonados o socios que están al día con la cuota social y deben conformarse con verlo por TV o escucharlo por la radio.

El coronavirus exige responsabilidad individual y responsabilidad social. También institucional. El fútbol argentino, como se sabe, suele evadir todas las responsabilidades. Y el tiro de la osadía le puede terminar saliendo por la culata.

Felices Pascuas. Como siempre, o casi siempre, la casa no está en orden.


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