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Los 52 días de leyenda en que Salta fue Las Vegas de la mano de Pipino Cuevas y Wilfred Benítez

Salta tiene paisajes deslumbrantes, una historia riquísima y vinos que enamoran a los paladares más exigentes, pero nunca tuvo un campeón o una campeona mundial de boxeo. La tierra en la que se libró una de las batallas más importantes para la independencia argentina nunca fue una Meca del pugilismo nacional. Sin embargo, tuvo, a mediados de la década de 1980, sus 52 días de leyenda con la visita de dos gigantes que habían maravillado al universo de los guantes unos años atrás y que por entonces recorrían el sendero del ocaso, aún siendo jóvenes: Pipino Cuevas y Wilfred Benítez.

El hombre que estuvo detrás de la arquitectura de esas veladas fue el empresario Miguel Ángel Herrera. El Gordo, como lo llamaban, trabajaba desde principios de la década de 1960 organizando eventos artísticos y deportivos, aunque su pasión era el boxeo. No solo era promotor, sino que además representó a los principales púgiles salteños como Farid Salim, Víctor Cárdenas o Miguel Ángel Arroyo.

Herrera había logrado que Carlos Monzón y Nicolino Locche fueran a pelear a la provincia siendo ya campeones mundiales, en 1971, pero todavía tenía pendiente una cuenta que logró saldar en 1986: que Salta fuera sede de una pelea en la que se pusiera en juego un campeonato ecuménico. Hasta entonces, la entonces llamada Capital Federal había acaparado casi exclusivamente esas citas. Solo Córdoba había acogido tres combates mundialistas: dos de Santos Benigno Laciar (ante el dominicano Ramón Nery y el colombiano Prudencio Cardona) y uno de Sergio Víctor Palma (frente al panameño Jorge Luján).

En días en que Argentina no tenía monarcas planetarios, tras la derrota de Uby Sacco ante Patrizio Oliva en Mónaco en marzo de ese año, Herrera consiguió que uno de sus boxeadores, Rubén Condorí, disputara la corona supermosca del Consejo Mundial de Boxeo. Y consiguió también que el mexicano Gilberto Román expusiera por segunda vez esa corona en territorio salteño. De yapa, logró que paralelamente la Federación Sudamericana de Boxeo realizara allí su convención anual y que asistiera al cónclave el presidente del CMB, José Sulaimán.

El mexicano Gilberto Román fue el único campeón del mundo que expuso su título en Salta.

El mexicano Gilberto Román fue el único campeón del mundo que expuso su título en Salta.

El 18 de julio de 1986, Román derrotó ampliamente por puntos a Condorí en el Polideportivo Delmi, que había sido inaugurado el mes anterior y tenía capacidad para 15.000 espectadores. Esa noche no se llenaron ni las tribunas ni el ring side del estadio ubicado en el barrio 20 de Febrero de la capital provincial en buena medida por el precio de las localidades que costaban entre 40 y 60 australes en tiempos en que el salario mínimo no llegaba a los 100).

El evento generó pérdidas, pero eso no amedrentó a Herrera, sino que lo hizo redoblar la apuesta. Así, su objetivo siguiente fue llevar a Salta a Pipino Isidro Cuevas González.

El campeón precoz

Nacido en Santo Tomás de los Plátanos y criado en el Distrito Federal, Cuevas, uno de los 11 hijos de un carnicero que tenía su local en la Colonia Panamericana de la capital mexicana, había sido un canto a la precocidad: había debutado como púgil profesional 44 días antes de cumplir 14 años y había conseguido el título wélter de la Asociación Mundial de Boxeo al noquear al puertorriqueño Ángel Espada el 17 de julio de 1976, con apenas 18 años y 203 días.

Ese joven prodigio que tenía un gancho zurdo demoledor hizo 11 defensas exitosas, de las cuales 10 no llegaron a la distancia pactada (una de ellas, ante el pampeano Miguel Ángel Campanino, quien capituló en el segundo asalto). Mientras tanto, se permitía actuar esporádicamente como payaso o mago en el circo Hermanos Bells, que gestionaba la familia de su esposa Briselda y en el que ella descollaba como trapecista y domadora de elefantes.

En su ley terminó su reinado cuando Tommy Hearns lo despachó en menos de seis minutos de acción el 2 de agosto de 1980 en Detroit. Desde entonces, la carrera del todavía muy joven Cuevas alternó largos períodos de inactividad, unas pocas victorias expeditivas ante rivales menores y también unas cuantas derrotas, una de ellas ante Roberto Durán en 1983. Pese a ello, todavía confiaba, a los 28 años, en darle un segundo impulso a su trayectoria. Y para ello decidió bajar hasta Salta.

La idea original era que el mexicano enfrentara el 3 de octubre en el Polideportivo Delmi al zurdo Miguel Ángel Arroyo. El Puma, campeón argentino y sudamericano de la categoría wélter, tenía 21 años, 29 victorias en 32 salidas profesionales, una poderosa pegada y un estilo de ataque continuo. Algo de ello no convencía al visitante ilustre.

“No queremos a Arroyo como rival, al menos no en la presentación inicial. Sería bueno que Pipino se mostrara ante otro rival en Salta para generar expectativa en el público y, de esa manera, llenar el estadio contra Arroyo”, explicó Rafael Mendoza, mánager del mexicano, dos semanas antes de la fecha pactada para el combate.

Eso llevó a modificar los plantes y entonces apareció el nombre del ex campeón argentino ligero Lorenzo García, un boxeador prolijo y pensante, que a los 30 años también había visto pasar sus días más esplendorosos. En junio de 1983 y con una racha invicta de 50 peleas a cuestas, había sorprendido a Uby Sacco en el Luna Park. Esa victoria le había otorgado una chance mundialista que se le había escurrido: en enero de 1984 había caído por puntos ante Johnny Bumphus en Atlantic City por la corona de los superligeros de la AMB, pese a haber derribado al estadounidense en el cuarto round. Desde entonces no había regresado a los primeros planos.

Finalmente se pactó que García fuera el rival de Cuevas el 3 de octubre en un combate encuadrado en categoría superwélter y a realizarse en el Salta Club (y no en el Delmi). Y se planteó que si el mexicano ganaba, luego se mediría con el santafesino Carlos Manuel del Valle Herrera y finalmente con el Puma Arroyo, siempre en Salta.

Cuevas llegó al país el 29 de septiembre: aterrizó en Ezeiza a las 6 junto a Rafael Mendoza y a su histórico entrenador, Lupe Sánchez, y cinco horas después partió hacia Salta. “Mi objetivo es volver a ganar un título mundial. Para eso me estoy preparando como en mis mejores épocas”, aseguró el excampeón, que por entonces ya padecía una importante miopía que lo obligaba a utilizar lentes. “Son para leer y descansar la vista”, explicó. Y negó que su permanencia en los cuadriláteros estuviera asociada a una urgencia económica: “Tanto mi familia como yo tenemos el porvenir asegurado porque invertí bien el dinero que gané con el boxeo”.

Cuando el mexicano ya estaba instalado en el norte del país, surgió otro imprevisto: cuatro días antes de la pelea, Miguel Herrera anunció que la velada se postergaría 96 horas debido a que ese viernes la atención deportiva estaría depositada en el desempate que disputarían River y Argentinos Juniors en el estadio José Amalfitani, que definiría a uno de los finalistas de la Copa Libertadores y que sería televisado en directo para el interior del país (empataron 0 a 0 y avanzó el Millonario).

No demasiado preocupado por ello, el visitante hacía la puesta a punto para el duelo por el que cobraría 15.000 dólares en el gimnasio del Salta Club y ante la mirada de decenas de curiosos que seguían de cerca sus movimientos, ya que Pipino había pedido que el público pudiera acceder libremente a sus sesiones de trabajo.

Pipino Cuevas realizó 11 defensas exitosas de su título wélter de la AMB.

Pipino Cuevas realizó 11 defensas exitosas de su título wélter de la AMB.

La expectativa se multiplicó con el correr de las jornadas, al punto que el martes 7 de octubre la capacidad del estadio se vio superada. Sin embargo, el público se encontró esa noche con una versión de Cuevas muy lejana a la de los años de esplendor de aquel joven explosivo que había conquistado el campeonato mundial apenas unos días después de celebrar la mayoría de edad.

Pipino nunca renunció a atacar ni a ofrecer un buen espectáculo para el público, pero con ello no le alcanzó para doblegar al inteligente García. Casi nunca pudo desbordar a su rival y su ataque constante y frontal muchas veces lo dejó expuesto al contragolpe del sampedrino, que en base a su claridad y a la justeza de sus lanzamientos se quedó con la victoria por puntos tras 10 rounds.

El resultado dejó sumamente disconforme a Miguel Herrera. “Es la primera vez en 26 años que me pronuncio públicamente en contra de la decisión de los jueces, pero el fallo fue absurdo”, disparó el promotor, quien aseguró que la decisión había premiado a quien definió como “un ladrón del boxeo”. Ajeno a ello, Lorenzo García vivía otra jornada inolvidable. “Fue una aventura haberle ganado a mi ídolo”, aseguró. Treinta y nueve días después vencería en el Luna Park al Puma Arroyo, el hombre al que Cuevas había eludido. Y en 1989 le quitaría el invicto a Jorge Locomotora Castro.

De campeón a mendigo

La derrota y la pobre imagen que había exhibido Cuevas frustraron la posibilidad de otra presentación en el país. Pero Herrera dejó rápidamente atrás la rabieta por el fallo y se enfocó en el desafío de llevar a Salta a otro gigante venido a menos: el puertorriqueño Wilfred Benítez.

Al igual que Pipino, Benítez había deslumbrado desde la adolescencia. Había obtenido su primer título mundial, el superligero de la AMB (ante el colombiano Kid Pambelé), en marzo de 1976 con apenas con 17 años y 176 días, cuando todavía estaba cursando el tercer año del colegio secundario. Ello lo había transformado en el campeón más joven de la historia, una marca jamás superada.

Wilfred Benítez junto a Gregorio, su padre y entrenador.

Wilfred Benítez junto a Gregorio, su padre y entrenador.

Había sumado su segundo cinturón, el wélter del CMB, en enero de 1979 contra Carlos Palomino y con 20 años y 124 días. Y había añadido el tercero, el superwélter de Consejo, en mayo de 1981, al batir a Maurice Hope. Así, se había convertido en el quinto boxeador en ganar tres títulos mundiales en distintas divisiones (solo lo habían hecho Bob Fitzsimmons, Tony Canzoneri, Barney Ross y Henry Armstrong) y el más joven en lograrlo, con 22 años y 253 días.

Como Cuevas, había iniciado su ocaso siendo muy joven y después de una derrota ante Tommy Hearns en 1982. El declive deportivo había ido de la mano del quebranto económico, pese a que había ganado más de seis millones de dólares durante sus años de oro. La necesidad de billetes y el deseo de conocer el país donde había nacido Carlos Monzón lo trajeron a Salta con sus 28 años.

Se suponía que su rival sería Arroyo, pero el Puma terminó pactando para enfrentar por esos días a Lorenzo García, por lo que su adversario fue el experimentado santafesino Carlos Maria del Valle Herrera, que había tenido la chance de combatir por el título superwélter del CMB en 1980 (había perdido con Maurice Hope) y contaba con más de una decena de peleas en el exterior en su récord de 54 triunfos y 9 derrotas.

“La pelea con Herrera es para mí mucho más importante de lo que se puede pensar, ya que estoy trabajando para conseguir un nuevo título del mundo, entonces no puedo admitir reveses en este camino”, explicó Benítez poco después de viajar de Miami a San Salvador de Jujuy y de allí a Salta, a donde llegó el 2 de noviembre.

La pelea iba a realizarse el 14 de noviembre, pero se postergó para el 21 en medio de rumores que indicaban que el puertorriqueño volvería a su país debido a su mal estado físico. Y el 21 debió suspenderse apenas unos minutos antes de que se abrieran las puertas del Polideportivo Delmi debido a que a Miguel Herrera le había sido trabado un embargo por el que se retuvo el dinero que había en las boleterías. Ese día, el promotor debió ser atendido por un médico porque sufrió una baja de presión como consecuencia de la situación.

Carlos Herrera tuvo su chance de combatir por el título superwélter del CMB en Londres ante Maurice Hope.

Carlos Herrera tuvo su chance de combatir por el título superwélter del CMB en Londres ante Maurice Hope.

Finalmente el festival se efectuó una semana más tarde, el 28 de noviembre. Como había sucedido con la presentación de Cuevas 52 días antes, el público salteño tampoco pudo deleitarse con las virtudes del visitante. Benítez fue una sombra de aquel púgil que se había ganado el apodo de Radar por su capacidad para anticipar los golpes de sus adversarios.

Deficientemente preparado para una contienda profesional, el boricua fue castigado desde el primer asalto. En el tercero, un potente golpe a la mandíbula lo mandó a la lona. Se levantó visiblemente conmovido, escuchó la cuenta de protección y fue salvado por la campana, mientras Herrera pedía al árbitro que detuviera el pleito. Sin fuerza, sin velocidad y sin reflejos, el ex campeón mundial soportó otras tres vueltas de dura paliza. Recién después del sexto episodio el médico de turno lo revisó y le recomendó al árbitro que pusiera fin a un duelo que ya no era tal.

Esa tunda fue apenas el comienzo del periplo de Benítez en Salta, donde permaneció durante más de un año. Miguel Herrera fue acusado de haberlo estafado y haberle sustraído su pasaporte. El empresario sostuvo que no solo le había abonado los 14.000 dólares pactados, sino que además había cubierto los gastos que había generado la larga y errática estadía del boxeador. “El error fue mío: para no verlo, le daba plata. En un momento, mi familia me dijo: ‘Benítez o nosotros. Te está volviendo loco’”, explicó en una entrevista publicada en el diario El Tribuno.

A fines de 1987, Leonardo González, un enviado del Gobierno puertorriqueño, viajó a Salta para hallar al pugilista y llevarlo de regreso a San Juan. Luego reveló que lo había encontrado desnutrido, extraviado y con dificultades para hilar frases coherentes. Varias personas aseguraron que lo habían visto mendigar en las calles. De vuelta en su país, Benítez fue internado durante algunas semanas y su licencia de boxeador fue cancelada.

Su penoso andar por el cuadrilátero del Delmi no marcó su despedida del boxeo, ya que en 1990 hizo un último intento por volver, pero su cuerpo ya le daba señales claras. Después de cuatro peleas ante rivales desconocidos, se retiró definitivamente. En 1996 le fue diagnosticada una encefalopatía traumática crónica que le fue quitando casi por completo el habla y la movilidad.

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