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La invasión a Bahía de Cochinos, el fracaso de Estados Unidos que apuntaló a Fidel Castro en Cuba

El plan de la CIA era muy simple, al menos sobre el papel: unos mil quinientos exiliados anticastristas desembarcarían por sorpresa en Bahía de Cochinos, tomarían un aeródromo cercano para que pudiera aterrizar un nuevo gobierno para Cuba y luego derrocarían a Fidel Castro con el apoyo entusiasta de la población.

La realidad, sin embargo, resultó algo diferente: sus barcos encallaron en los arrecifes, los recibieron a tiros y en menos de veinticuatro horas ya tenían enfrente a veinte mil soldados de Castro. Tres días después del desembarco, la invasión ya había fracasado. Cien exiliados murieron y otros mil doscientos fueron hechos prisioneros.

Este 17 de abril se cumplen sesenta años de un desembarco que todavía hoy se recuerda como uno de los grandes desastres de la historia del espionaje estadounidense.

Una operación llena de errores que no solo fracasó en su objetivo inmediato de derrocar a Castro, sino que, además, supuso una humillación internacional para Washington y puso las bases para la Crisis de los misiles cubanos, que un año después llevaría a EE.UU. y a la URSS al borde de una guerra nuclear.

El suceso acabó también de envenenar las relaciones de dos países vecinos, Cuba y Estados Unidos, que todavía hoy siguen enfrentados.

Los contrarevolucionarios cubanos, entrenados por EE.UU. terminaron presos tras la invasión a Bahía Cochinos, en abril de 1961. Foto: AFP

Los contrarevolucionarios cubanos, entrenados por EE.UU. terminaron presos tras la invasión a Bahía Cochinos, en abril de 1961. Foto: AFP

Un cúmulo de errores

Las semillas de ese fracaso se plantaron mucho antes de que los exiliados pusieran un pie en Playa Girón, como se conoce en Cuba al lugar del desembarco.

Algunos fallos pueden atribuirse a la mala suerte, pero otros muchos tienen que ver con una planificación deficiente y con el exceso de confianza de EE.UU., que venía de ganar cada guerra en la que había luchado.

El novato presidente John F. Kennedy heredó de Dwight Eisenhower una operación que no acababa de convencerlo, pero que no quiso cancelar. Siguió adelante con un plan que contenía algunos de los mismos errores que su país cometería poco después en Vietnam y mucho más tarde en Afganistán y en Irak. Errores de base.

El aniversario de la invasión a Bahía Cochinos coincide con el 8° Congreso del Partido Comunista de Cuba, en el que Raúl Castro deja el cargo de más poder. Foto: XINHUA

El aniversario de la invasión a Bahía Cochinos coincide con el 8° Congreso del Partido Comunista de Cuba, en el que Raúl Castro deja el cargo de más poder. Foto: XINHUA

Enemigos íntimos

Cuando Castro llegó al poder, en enero de 1959, tomó a EE.UU. con el pie cambiado. Solo dos semanas antes de la huida del dictador Fulgencio Batista, el presidente Eisenhower se mostró sorprendido cuando le informaron del rápido avance de los revolucionarios.

Los agentes de la CIA en Cuba, en cambio, tenían pocas dudas de lo que iba a pasar en la isla y mantenían buenas relaciones con el entorno de Castro.

Se ha publicado, incluso, que la agencia lo financió en algún momento, y el entonces embajador en Cuba, un ferviente anticomunista, escribió en sus memorias que “no tiene sentido mandar un embajador a un país si los representantes de la CIA van a ir por su cuenta y haciendo lo contrario”.

fidel castro y sus fuerzas revolucionarias, durante la invasión a Bahía Cochinos (Playa Girón) en abril de 1961, en Cuba. Foto: AP

fidel castro y sus fuerzas revolucionarias, durante la invasión a Bahía Cochinos (Playa Girón) en abril de 1961, en Cuba. Foto: AP

En cualquier caso, si alguna vez hubo una buena relación, no duró mucho. Tres meses después de llegar al poder, Fidel se reunió en secreto con el entonces vicepresidente Richard Nixon, pero sus políticas no tardaron en enfrentarlo a Washington. Estados Unidos estaba acostumbrado a mandar en Cuba y ahora veía cómo su vecino se aproximaba a la URSS en plena Guerra Fría.

Además, el nuevo gobierno confiscó a empresas y ciudadanos estadounidenses bienes por valor de unos 17.000 millones de euros de hoy en día.

Apenas un año después de la llegada de Castro al poder, el presidente Eisenhower ordenó a la CIA que pusiera en marcha un plan para derrocarlo y rompió relaciones con su gobierno.

Entrenamiento en Guatemala

Ese es el plan que hereda Kennedy cuando llega a la Casa Blanca, a principios de 1961. En ese momento, la CIA ya está entrenando y equipando en Guatemala a un contingente de exiliados anticastristas para que desembarquen en Cuba.

La operación se asienta sobre dos errores de base: el primero es que, para triunfar, necesita que la población cubana reciba a los invasores como libertadores y se una a la revuelta; el segundo es que todos los preparativos deben hacerse en secreto, para tomar desprevenido a Castro.

Sin embargo, no es fácil reclutar discretamente a mil quinientos cubanos exiliados en Florida, y el espionaje cubano sabe que hay campos de entrenamiento en Guatemala seis meses antes del desembarco.

La invasión de Bahía de Cochinos (Playa Girón, para los cubanos), que inició el 17 de abril de 1961. / AFP

La invasión de Bahía de Cochinos (Playa Girón, para los cubanos), que inició el 17 de abril de 1961. / AFP

Tampoco es que algunos de los líderes del exilio hicieran mucho por esconderlo. Seis días antes de la invasión, el hombre que, según la CIA, iba a encabezar el gobierno de la isla tras el derrocamiento de Castro apareció en la portada del New York Times llamando a los cubanos a tomar las armas y discutiendo abiertamente la posibilidad de una invasión.

José Miró Cardona, que había sido jefe de gobierno tras el triunfo de la Revolución y embajador de Castro en España, dijo también al diario neoyorquino que no estaba recibiendo apoyo ni hablando con la CIA.

Kennedy había aprobado la operación un par de meses antes, pero seguía teniendo dudas. Algunos de sus asesores le habían advertido de las escasas posibilidades de victoria de los exiliados cubanos, pero el gran temor del presidente era más bien que el apoyo estadounidense a la operación resultara tan evidente que obligara a la URSS a contraatacar.

En plena Guerra Fría, Nikita Kruschev podía cobrarse la venganza no solo apoyando a Fidel Castro, sino devolviendo a los estadounidenses el golpe en otro punto del globo, por ejemplo, en el Muro de Berlín.

El inicio de la operación

Ese intento de secretismo por parte de EE. UU. condicionó la invasión. La operación tenía que dar comienzo dos días antes del desembarco, en concreto con una serie de bombardeos que debían destruir la pequeña fuerza aérea de Cuba.

Para ello la CIA puso a disposición de los exiliados ocho anticuados bombarderos B-26, que habían entrado en servicio durante la Segunda Guerra Mundial, y también entrenó a algunos pilotos anticastristas. Pintaron los aparatos para hacerlos pasar por aviones cubanos y promover la idea de que también había un golpe contra Castro “desde dentro”.

La operación de bombardeo fue un fracaso, porque los B-26 no lograron destruir la mayor parte de sus objetivos, pero, además, el presidente Kennedy canceló una segunda oleada prevista para la víspera de la invasión.

De este modo, Castro no solo conservó su fuerza aérea, sino que recibió un valioso aviso de que la operación era inminente y contó con tiempo para prepararse. En el momento en que el presidente estadounidense suspendió ese segundo bombardeo, probablemente la suerte ya estaba echada para los anticastristas.

Invasión anunciada

En la madrugada del 17 de abril, un agente anticastrista encendió una bengala verde en Playa Girón para guiar a la fuerza de desembarco, y los lugareños avisaron de inmediato a las autoridades que la esperada invasión había llegado.

Desde un primer momento la aviación castrista pudo hostigar desde el cielo a los invasores y logró hundir algunos de sus barcos de suministro.

Solo dos días después, cuando la derrota ya era inminente, Kennedy autorizó la intervención de varios aviones estadounidenses camuflados para que escoltaran a los bombarderos anticastristas en una nueva misión.

El presidente de  John Fitzgerald Kennedy signing the order of naval blockade of Cuba at the White House in Washington, DC, during the Cuban missiles crisis. 
The National Archives will release 2,800 records on October 26, 2017 about the assassination of president John F. Kennedy, but is delaying the publication of some "sensitive" files, administration officials said. President Donald Trump agreed to delay the release of some documents related to the November 22, 1963 assassination at the request of the CIA, FBI and other agencies, the officials said. / AFP PHOTO / AFP FILES / - eeuu Washington John Fitzgerald Kennedy eeuu desclasificacion documentos sobre el asesinato de john f kennedy desclasificacion documentos secretos

El presidente de John Fitzgerald Kennedy signing the order of naval blockade of Cuba at the White House in Washington, DC, during the Cuban missiles crisis.
The National Archives will release 2,800 records on October 26, 2017 about the assassination of president John F. Kennedy, but is delaying the publication of some “sensitive” files, administration officials said. President Donald Trump agreed to delay the release of some documents related to the November 22, 1963 assassination at the request of the CIA, FBI and other agencies, the officials said. / AFP PHOTO / AFP FILES / – eeuu Washington John Fitzgerald Kennedy eeuu desclasificacion documentos sobre el asesinato de john f kennedy desclasificacion documentos secretos

Los B-26 llegaron una hora tarde a la cita porque se confundieron de zona horaria, y la aviación cubana derribó a todos y cada uno de ellos. La derrota total llegó ese mismo día.

Una derrota humillante

Castro podía sacar pecho. Un pobre país caribeño de siete millones de habitantes le había ganado la partida a la primera potencia mundial, de 180 millones. El gobierno de Kennedy intentó, en un primer momento, desentenderse de la operación y hacer como que no había tenido nada que ver, pero la opinión pública mundial no tenía dudas.

El espectacular fracaso de una misión diseñada para evitar que el comunismo soviético se colara en el patio trasero de EE. UU. tuvo el efecto contrario. Castro se abrazó a la URSS aún con más fuerza, como se vio al año siguiente, cuando Moscú intentó desplegar misiles nucleares en la isla y las dos potencias protagonizaron el peor episodio de tensión de toda la Guerra Fría.

Washington debió aprender en Bahía de Cochinos una valiosa lección, la de no dar por hecho que los suyos van a ser recibidos como héroes libertadores cada vez que lleguen a un país.

 Es un error trágico que volvieron a cometer en Vietnam, apenas unos años después, y que repitieron de nuevo en Afganistán y en Irak, tras los atentados del 11-S. Sin embargo, hay gente que sufrió las consecuencias de la invasión fallida de un modo mucho más directo y personal.

Los mil doscientos hombres que Castro hizo prisioneros permanecieron encarcelados en Cuba durante más de un año, hasta que el gobierno de la isla y la administración Kennedy llegaron a un acuerdo para llevarlos de vuelta a EE.UU.

Tras varias negociaciones infructuosas, que incluyeron a una ex primera dama (Eleanor Roosevelt) y al hermano del presidente, Robert, Washington se comprometió a pagar el equivalente a casi cuatrocientos millones de euros en medicinas y alimentos a cambio de que Castro dejara irse a Florida a los sobrevivientes.

Veinte meses después de la invasión, el 23 de diciembre de 1962, víspera de Nochebuena, aterrizaba en Miami el primer avión con prisioneros liberados. Unos días después, algunos de esos veteranos de Bahía de Cochinos entregaron a Kennedy una bandera de su brigada en un acto solemne, y el presidente les prometió que se la “devolvería en una Habana libre”.

Kennedy sería asesinado un año después, los últimos sobrevivientes de la invasión aún tardarían año y medio en regresar a EE.UU. y la bandera en cuestión está hoy en un museo. De momento, en La Habana, continúan mandando los herederos de Fidel Castro.

La Vanguardia, especial


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