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La historia de la familia afgana que Uruguay rescató del martirio talibán

El mensaje que le había llegado por Whatsapp era categórico. Estaba escrito en árabe e inglés, con un uso excesivo de las mayúsculas y el subrayado, como quien grita a través de las palabras en una red social: “La fecha límite para obtener el permiso de salida de extranjeros que están bajo amnistía es el 31 DE DICIEMBRE DE 2022. Solicite la autorización en línea para evitar la pena de TRES AÑOS DE PRISIÓN y el ingreso a la lista negra que le prohíbe futuras entradas a Paquistán”. Cuatro días antes de este ultimátum, Aliaqa, Taiba y su pequeño hijo Sina una familia de afganos que había huido del régimen talibán y estaba escondida en Islamabad, la capital paquistaní fueron rescatados por el gobierno de Uruguay.

La primera aparición pública de esta familia —que llevaba 17 meses bajo amenaza de vida, tres escondites distintos y la bancarrota de sus ahorros que les obligó a vender las pocas joyas que cargaban con tal de apaciguar los crujidos de los estómagos— ocurre en la terraza de un hotel de Montevideo ante la mirada atenta del fotógrafo y el periodista de El Observador. Es una tarde cálida y más silenciosa que de costumbre en un punto neurálgico de la ciudad, donde estos tres afganos pasan sus primeros días como “los primeros refugiados que da cobijo Uruguay desde que los talibanes volvieron a controlar Afganistán”.

La brisa que llega desde la rambla sur despeina el jopo de Aliaqa y sacude el velo musulmán que cubre parte de la cabeza de Taiba. “¡Es aire de libertad!”, dice el padre de la familia, mientras aúpa a su hijo y disfruta de este airecito bastante más húmedo que el que caracteriza a las tormentas de arena que son frecuentes en Afganistán. Es un aire que al pequeño Sina lo mantiene tranquilo y contento, sin la euforia y las rabietas típicas de un niño que se ha pasado la mitad de su corta vida entre los escondites.

—Pues, imagínate: el niño se las ha pasado jugando solo, viendo a sus padres con miedo, mucho miedo.

En el viaje a Uruguay hicieron dos escalas.

Aliaqa habla un español con dejo madrileño, el mismo que aprendió cuando estudió la licenciatura en Literatura Española en la universidad de Kabul, donde conoció a su esposa Taiba —por entonces estudiante de Derecho—, y donde se cruzó con alguno de los profesores que fueron clave —entre una decena de otros actores— para la aventura de rescate que lo condujo a Uruguay. Pero para conocer esos detalles falta.

Aliaqa llevaba esperando este “aire de libertad” montevideano desde el pasado 12 de julio, cuando le escribió una carta al presidente de la República, Luis Lacalle Pou. En su segundo párrafo le contaba: “Presidente, nosotros hemos trabajado con el gobierno anterior (de Afganistán), y a partir de la retirada norteamericana de nuestro país, en agosto de 2021, hemos estado escondidos en nuestra casa, que pronto hemos tenido que abandonar para refugiarnos en otros lugares, para evitar el secuestro y asesinato de toda la familia”.

En peligro

Agosto de 2021. Los talibanes entran a la capital afgana. Las agencias internacionales de noticias muestran cómo los diplomáticos escapan en aviones de carga y helicópteros. Naciones Unidas reporta más de medio millón de desplazados internos y una cifra similar de quienes cruzaron las fronteras en busca de un refugio. Aliaqa no consigue las visas para huir. Es entonces que empieza a recibir llamadas:
—Amigo, ven al Ministerio (de Salud), tenemos que hablar.

“Tenemos que hablar” es el eufemismo que usan los radicales afganos cuando algo no les gusta. Un eufemismo que, en los sucesivos llamados, fue convirtiéndose en amenazas más directas: “Vamos a liberar (a los acusados de violencia de género) que ustedes pusieron presos”, “Ya tenemos la lista de miles de víctimas y victimarios (de violencia de género)…”, “A su hijo no le va a pasar nada, pero…”

Aliaqa y Taiba trabajan para el gobierno afgano en el área de violencia de género. Ella era la directora máxima del abordaje de esta temática que funcionaba en el Ministerio de Salud local. Él era consultor y responsable de proyectos que buscaban la igualdad entre el hombre y la mujer en una serie de provincias alejadas a Kabul.

—Habíamos hechos intervenciones en las ciudades, con pintadas en las paredes que decían: “Las mujeres son iguales que los varones”, u “Oye, mujer: trabajar y estudiar es también tu derecho” —Aliaqa cuenta orgulloso sobre su labor en pro de una sociedad “más justa e igualitaria”.

Pero aquellas intervenciones artísticas, y aquella lista reservada con miles de nombres que Taiba guardaba en la computadora del Ministerio de Salud, no les cayó en gracia a los talibanes, un movimiento musulmán extremista en que la mujer siempre marcha detrás del hombre, en que ellas van tapadas de la cabeza hasta los pies —apenas miran por una rejilla— y en que la igualdad de género es una ofensa a Dios.

Fue entonces —llamadas y amenazas mediante— que Aliaqa, Taiba y su hijo se desplazaron a otra provincia más calma. Huyeron a la ciudad Mazar-e Sarif, al centro norte del país, donde habitaba parte de la familia de Taiba y donde la vida de los hazaras era un poco más calma.

Los hazaras son la tercera etnia más populosa de Afganistán (24%). La vida para esta comunidad de creencia chiita, a la que pertenecen las familias de Aliaqa y Taiba, nunca ha sido sencilla. Desde hace más de dos siglos vienen siendo perseguidos por distintos grupos musulmanes sunitas que, en los últimos años, mostraron su peor cara con el autodenominado Estado Islámico, los talibanes —en su mayoría pertenecientes a la etnia de los pastunes—, Al Qaeda y cualquiera que defendiera la imagen más radical del islam.

Aliaqa confieza: “La vida de nosotros, los hazara, siempre estuvo en peligro: coches bomba, secuestros…”. En sus palabras, “un genocidio desconocido por la mayoría del mundo occidental”.

En la ciudad de Mazar-e Sarif, al menos, se sentían un poco más a salvo.

Hasta que en noviembre de 2021, Aliaqa recibió un video por Whatsapp. Una familiar que se había quedado en la casa de Kabul, la capital, filmó cuando un grupo de talibanes, con chalecos de camuflaje, con el pelo escondido bajo el turbante y unas ametralladoras colgando de un hombro irrumpieron en su casa. Los buscaban a ellos, a los extrabajadores del gobierno afgano.
—¿Dónde están? ¿Dónde están? —repetían los talibanes mientras revisaban los libros y dejaban todo tirado a su paso.

Acorde el movimiento radical ganaba poder, la práctica de irrumpir en las casas en busca de personas y libros que creían blasfemos empezó a extenderse a distintas ciudades. Las niñas y las mujeres pasaron a quedarse sin estudios, sin trabajos, las ONG fueron declaradas ilegales y a Aliaqa y Taiba les empezó a escasear la paciencia y el dinero.

Por eso en enero del año pasado cambiaron otra vez de paradero. Fueron hasta Gazni, la provincia de donde es la familia de Aliaqa y que está situada “bastante más cerca de Paquistán”.

—En el centro de esta provincia hay un barrio en que todos son hazaras, los talibanes no están interesados en irrumpir allí. No hay demasiados ricos. No ganan nada. Hay muchas mujeres, como mis hermanas y madrasta, a las que no dejan trabajar. Hay mucho desempleo.

Con el paso de los días, en los que estallaban las bombas y los miedos, la misión se iba haciendo cada vez más evidente: hay que salir de Afganistán, como sea.

Aliaqa juntó los ahorros y le pagó a la mafia paquistaní US$ 1.000 por cada uno de los tres integrantes de la familia que debían cruzar a Paquistán. En abril, después de un recorrido en ómnibus y sin levantar sospechas, huyeron por la frontera en uno de los pasajes en que el crimen organizado controla quién entra y quién sale.

Pero no tuvo que pasar demasiado tiempo más para que Aliaqa comprendiera que Paquistán era poco seguro y, sobre todo, era un pésimo destino para la estabilidad familiar. Vendieron las joyas para comer, eran señalados por su apariencia —muchos hazaras son de piel más blanca que sus pares pastunes y tienen rasgos similares a los mongoles—, estaban amenazados con ir a la cárcel si no regularizaban su estadía y un largo etcétera de amenazas.

Operación rescate

El historiador Eric Hobsbawm había dicho que el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de setiembre de 2001, marcó el inicio del siglo XXI. Fue un comienzo turbulento, en que la llamada “guerra contra el terrorismo” llevó al ejército estadounidense y sus aliados europeos a intervenir en oriente, y a permanecer casi dos décadas en Afganistán.

El ejército español, uno de los aliados de los norteamericanos, necesitaba traductores en el terreno y, ante la falta de docentes interesados en afincarse en las tierras áridas y peligrosas de Kabul, decidieron abrir un departamento de Lengua Española en la universidad local, bajo la supervisión de los militares.

Allí estudió Aliaqa y allí conoció a Luis Herruzo, coronel de caballería del Ejército de Tierra y quien fue su profesor de Literatura Española. También en aquellos años de estudiante universitario —previo a la maestría en Irán— el joven Aliaqa conoció de manera virtual a la escritora sevillana Carmen de la Rosa, quien le había pedido consejos por su primera novela en que figuraba como personaje una ginecóloga radicada en Kabul. Aquellos nexos con la ficción española serían claves, casi un decenio después, para el rescate de esta familia en una aventura de no ficción.

Porque en el momento en que los talibanes volvieron al poder, en 2021, Aliaqa recurrió a través de mensajes en redes sociales a aquellos viejos conocidos españoles. El coronel Herruzo se puso la meta de rescatar a los más de 50 alumnos que había tenido en la universidad. Y la escritora De La Rosa se tomó a la misión de darles cobijo a estos jóvenes perseguidos como “una meta personal”.

—Recuerdo que el primer mensaje de Aliaqa pidiendo ayuda, por Facebook, me llegó a eso de las ocho de la mañana y me dejó una gran angustia. Desde entonces me propuso esforzarme cada mañana y cada tarde hasta encontrarles un lugar en paz —dice la autora de seis novelas, una de las cuales Aliaqa tradujo al persa.

El coronel y la escritora diseñaron una estrategia en que, entre cartas, correos electrónicos, reuniones y llamadas, fueron dando a conocer esta historia a ministros, al Vaticano y a la mismísima reina emérita Sofía. “Lo único que nos faltó”, dice De La Rosa un poco en broma y otro tanto en serio, “fue tener amigos más cercanos en el gobierno y en Asuntos Exteriores”.

En esa búsqueda de un resguardo en España, se sumó casi desde el principio un tercer personaje clave, que luego sería todavía más clave para que el paradero final de la familia fuese Uruguay: Javier Del Rey Morató.

Este docente de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid fue de los primeros en sugerir vías alternativas a España. Él, con orígenes uruguayos, se acordó de que un exalumno suyo, el corresponsal de CNN en Uruguay, Darío Klein, le podía dar una mano desde Sudamérica. En definitiva, el gobierno uruguayo ya había manifestado su interés de acoger familias refugiadas de Afganistán y de Ucrania, pero no había podido concretar ninguno de esos objetivos.

Fue entonces que vinieron las cartas al gobierno uruguayo, la misiva que Aliaqa le envió al presidente Luis Lacalle Pou, el interés de la exvicecanciller Carolina Ache que, al decir de los protagonistas, “se puso el caso al hombro”, y el asesoramiento de otros dos influyentes uruguayos con cercanía a la administración de turno: el escritor Diego Fischer y el político Conrado Hughes. Esos, entre otros tantos actores, fueron “cocinando” la llegada lenta de la familia afgana.

—Estamos muy agradecidos. Ustedes no se imaginan la alegría que nos ha dado Uruguay —cuenta Aliaqa, quien ya está disfrutando de la rambla, de la carne local y “de la amabilidad de este pueblo”.

¿Cómo fueron rescatados desde Paquistán? Por más buenas intenciones del gobierno uruguayo y de la Comisión para los Refugiados, Cancillería debía trazar una alianza estratégica con sus socios de Naciones Unidas. La Organización Internacional para las Migraciones coordinó y se hizo cargo de los vuelos aéreos: Islamabad-Doha-San Pablo-Montevideo. Mientras que la Agencia para los Refugiados (Acnur) los asistió en los trámites y el reasentamiento: les cubre el alojamiento por los primeros meses y les da una pequeña suma de dinero para los gastos esenciales.

¿Y ahora qué?

—Ahora necesitamos mejorar nuestro español, en unos días obtendremos los documentos uruguayos, tenemos que conseguir un trabajo cuanto antes, ya tenemos cobertura de salud en ASSE, y en marzo Sina empezará el jardín de infantes.

Desde que llegó a Uruguay, Sina está más tranquilo y feliz.

Sina —el niño que respira el aire de libertad de Montevideo— fue bautizado así en homenaje al filósofo de la edad de oro del islam Ibn Sina (o Avicena), quien, como si fuera un agüero de la vida que a esta familia afgana le tocó vivir, había dicho: “La lluvia caída en tiempo tormentoso es muy poluta e impura en naturaleza, porque en ese momento los vientos violentos agitan las nubes de donde viene la lluvia”.

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