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Joe Biden-Vladimir Putin, claves sobre la cumbre presidencial menos esperada

“Tenían el aspecto exótico de dos imperturbables bonzos de la religión de la espada”. Los Duelistas. Joseph Conrad 

Desde que Joe Biden llegó a la Casa Blanca, las relaciones de EE.UU con Rusia se agravaron a niveles solo vistos en épocas de la difunta Unión Soviética y hubo claramente la intención de que eso suceda. El Kremlin se convirtió en una vidriera de la nueva dureza de la potencia occidental contra sus adversarios, una señal también de inflexibilidad hacia China y hacia el mundo en general, parte del militante esfuerzo del demócrata para intentar recuperar el liderazgo de su país.  

El blanco no era caprichoso. Moscú no dejó de hacer todo lo posible para ocupar el lugar de sparring en ese ring, tanto con la represión a la oposición con casos extremos como el de Alexei Navalni; el despliegue de un inmenso ejército en la frontera de Ucrania o la luz verde a su interminable batería de ciberespías. ¿También el pirateo de un avión por parte del satélite bielorruso? Ya veremos.

El aluvión de expulsiones en abril último de diplomáticos rusos por parte de EE.UU. y sus aliados europeos con la reacción equivalente del otro lado, recordaba ese pasado gris del choque este-oeste del siglo pasado. Apenas unas semanas antes de esos movimientos, Biden había calificado llanamente como un “asesino” a su colega del Kremlin.

Esta virulencia no ha decrecido, más bien lo contrario pero el dato de mayor interés es que ese trasfondo de hostilidad es el que precede a la ambiciosa cumbre que sostendrán Biden y Vladimir Putin en Ginebra, en un par de semanas.

Marzo de  2011, el entonces vicepresidente Joe Biden saluda al entonces primer ministro ruso Vladimir Putin, la cita en Moscú. Foto AP

Marzo de 2011, el entonces vicepresidente Joe Biden saluda al entonces primer ministro ruso Vladimir Putin, la cita en Moscú. Foto AP

El propósito de esta reunión de perfiles históricos, es precisamente desescalar la tensión binacional, un objetivo que le importa aún más al lado ruso lo que explicaría por contrapeso la intensidad de las exhibiciones de poder y provocación que ha expuesto el Kremlin como bienvenida a Biden. La última de ellas, el anuncio de la instalación de 20 nuevos batallones permanentes en las fronteras occidentales, sobre el borde de Ucrania, Bielorrusia y los países bálticos, incluyendo también Kaliningrado.

Todo parte de una gran caja de herramientas que lleva Putin para el encuentro con su colega y construida con la misma visión de un posamericanismo que ha exhibido China en el cual EE.UU. no es la potencia regente sino un igual. Por supuesto que hay intereses comunes con intenciones parejas que integran la agenda, el control de las armas nucleares, disminuir el impacto regional de la salida de EE.UU. de Afganistán o el cambio climático son algunas de ellas.

Henry Kissinger, un realista sofisticado que respeta pero no admira a Putín, sostiene que el ruso es un estratega serio sobre la historia de su país y su proyecto. Sabe que una política de imposiciones militares o de un excesivo autoritarismo sobre su zona de influencia despertaría otra Guerra Fría.

Semejante desenlace no atrae a Moscú. “La economía no le da para eso. La URSS perdió la Guerra Fría y todo terminó muy mal. Lo tienen muy presente”, analiza desde Moscú el politólogo Alexei Makarkin. Hay una cuestión interna que también pesa en términos similares a la que cruza la calle estadounidense. Los rusos no quieren que el país se distraiga en el exterior y debilite su preocupación sobre la situación social.

En cierta medida esa frustración se detecta en las marchas en todo el país, algo no muy frecuente, que reivindicaron al nacionalista Navalni. Un dispositivo que reduzca las sanciones de Occidente contra Rusia, agravadas ya desde la anexión hace siete años de la Península de Crimea, forma parte de la agenda del Kremlin. La cumbre, además, ratificará a Putín en una posición de poder y centralidad para exhibir en las legislativas rusas de setiembre próximo. EE.UU. lo sabe.

Memoria. El presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, y el entonces primer ministro ruso, Vladimir Putin, durante el encuentro en la dacha de Putin en Novo Ogaryovo en 2009. Foto AFP

Memoria. El presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, y el entonces primer ministro ruso, Vladimir Putin, durante el encuentro en la dacha de Putin en Novo Ogaryovo en 2009. Foto AFP

Washington, que procura un vínculo con Moscú diferencial al que mantiene con China para incidir de algún modo en la estrecha relación entre esas dos potencias, le ha dado algunas señales positivas al líder del Kremlin. Retiró su amenaza de nuevas penalidades por la construcción, en su etapa final, del gigantesco gasoducto Nord Stream 2 que pasa por debajo del Báltico y engarza con Alemania.

Biden, por cierto, ya había sido advertido por Berlín que no cederá ese proyecto y el norteamericano no podía permitir que el tema se interpusiera en la urgencia por reconstruir el vínculo con Europa. En otro gesto relevante, coincidió con Angela Merkel en desvincular a Rusia de la barbarie bielorrusa que desvió un avión comercial para obligarlo a aterrizar en Minsk y arrestar a un periodista crítico y a su novia, pasajeros del vuelo.

Moscú justificó la acción del régimen de Alexandr Lukashenko, un aliado carnal del Kremlin que difícilmente haría algo semejante sin la luz verde rusa. Pero si esa autorización no estuvo, indicaría un dato peor, una pérdida significativa de control en su patio trasero. Dato de debilidad.

El imperio de Putín confronta otras preocupaciones de carácter estratégico cuya importancia puede medirse por la amenaza de guerra que montó frente a las fronteras de Ucrania. Ese despliegue de cien mil soldados, blindados y baterías de ataque, es lo que dio sentido al encuentro con Biden que la Casa Blanca inicialmente había rechazado. Cuando la cumbre estaba asegurada, Putin retiró a sus hombres.

Esa acción militar expuso una de las líneas rojas cuyo trazado deberán definir estos dos hombres en su encuentro de Ginebra. Moscú, claramente, no aceptará que Ucrania entre en la Otan, una alternativa que siempre ha defendido Kissinger, por ejemplo. Turquía, que ha sido un aliado ruso hasta hace poco en la guerra de Siria y un posterior adversario en Libia, se ha desplazado hacia Occidente y defiende ahora que Kiev ingrese a la Alianza Atlántica, un organismo de mutua defensa sobre el cual Ankara acaba de recordar que también es miembro.

Turquía intenta con esos giros reacomodarse tras la salida del poder de Trump que le había dado un apoyo total a su proyecto expansionista. Biden, en cambio, ha sido un crítico constante del régimen de Recep Tayyip Erdogan a quien llegó a denunciar como proveedor de apoyo económico y militar de la banda terrorista Isis para que combatiera a las milicias kurdas que Turquía considera terroristas. Washington, además, acaba de reconocer el genocidio armenio, un paso justo pero que le marcó un frío límite a Ankara sobre los ánimos de la nueva administración.

La jefa de Gobierno alemana,  Angela Merkel. Foto Reuters

La jefa de Gobierno alemana, Angela Merkel. Foto Reuters

El tumultuoso acercamiento turco a Occidente le genera preocupaciones de seguridad a Rusia. Es poco conocido que Erdogan se propone iniciar a fines de este mes la construcción de un enorme pasaje bautizado Canal Estambul, semejante al de Suez o el de Panamá, para unir el Mar Negro con el mar de Marmara y de allí al Mediterráneo. En el Mar Negro, en el extremo sur de la península de Crimea, se encuentra la base de la marina de guerra rusa.

Existe un acuerdo firmado en 1936 en Montreux, en la posguerra del primer conflicto mundial del siglo pasado, que devolvió a Turquía el manejo soberano de los estrechos del Bósforo y de los Dardanelos que unen precisamente el Mar Negro con el Mediterráneo, la ruta por la que Rusia proyecta su poder hacia Europa. Aquel pacto prohibía la circulación de fuerzas militares que no pertenecieran a países costeros del Mar Negro, una picardía de la entonces Unión Soviética para evitarse la sorpresa de los aliados occidentales en sus narices.

Hoy Turquía no violaría esos acuerdos históricos si construye este faraónico pasaje paralelo al estrecho del Bósforo que ya sus propios ministros aclaran que no estaría bajo las reglas del pacto de Montreux. Es decir, la Otan tendría una posible puerta abierta para llegar al Mar Negro y le quitaría el monopolio a Rusia que mueve por ahí, con total libertad, sus submarinos, cruceros y portaaviones. Líneas rojas.

¿Será el expansivo control por el Kremlin del petróleo venezolano otra de esas rayas a intercambiar en la cumbre? El ministerio de Economía ruso es el que maneja impunemente la apertura del negocio petrolero del país caribeño en pleno patio trasero norteamericano.

El Canal Estambul. Foto AFP

El Canal Estambul. Foto AFP

No es claro si el encuentro culminará con acuerdos. Lo probable es que ambas partes avancen en la fijación de los límites posibles. Los antecedentes son complejos. En 2016 Barack Obama y Putin sostuvieron un largo encuentro de hora y media durante la cumbre del G20 en Hangzhou en el cual dominaron las diferencias y los rostros serios.

Años antes, en 2009, aquel mandatario demócrata había visitado a Putin en su primer viaje a Rusia. La cita fue en la dacha del entonces primer ministro en las afueras de Moscú. Obama en sus memorias, con alguna chispa de humor y resignación, anticipa lo que posiblemente sucederá esta vez en Ginebra.

A lo largo de un extenso monólogo de más de treinta minutos, Putín le refregó que “los estadounidenses habían sido arrogantes, desdeñosos, no habían tratado a Rusia como a un igual y constantemente intentaron dictar sus términos al resto del mundo”. Obama, cuando pudo hablar, le aclaró que el objetivo del encuentro no era eliminar todas las diferencias. De lo que se trataba era de dejar atrás las costumbres de la Guerra Fría, justamente. 
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