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James Braddock, el protagonista de uno de los batacazos más grandes de la historia de los pesados

La historia hunde sus raíces en la antigua tradición oral, tiene su primer registro escrito en el siglo XVII, se consolida como un clásico con la versión alemana de los hermanos alemanes Jacob y Wilhelm Grimm publicada en 1812 y explota definitivamente a partir de la película de Walt Disney en 1950. El relato (revisitado con ojo crítico por los feminismos en el siglo XXI) de la subyugada joven que encuentra el amor de un príncipe en un baile palaciego y luego es identificada por el calce de un zapato de cristal poco parece tener que ver con el boxeo. Pero…

Mano de Piedra. Bazooka. El Toro. Veneno. El Terrible. Dinamita. La Bestia. El Bombardero. La elección de un apodo para un púgil no es una tarea que se deja librada al azar. Muchas veces se busca uno que, a partir de una analogía con un animal o un objeto, resalte la fortaleza, el vigor o la tenacidad del dueño del sobrenombre. Sin embargo, hubo un hombre que hacía gala de todas esas virtudes, pero que pasó a la historia como The Cinderella Man (El Ceniciento).

Si a James Walter Braddock lo llamaron así no fue porque porque utilizara zapatos de cristal o se trasladara en una calabaza convertida mágicamente en carroza. El periodista y escritor Damon Runyon le regaló ese apodo porque, al igual que la protagonista del cuento, se encontró con una posibilidad tan grande como impensada que cambiaría para siempre su vida.

Cuando a Braddock se le presentó la chance de enfrentar a Max Baer por el título mundial pesado en junio de 1935, no fueron muchos los que apostaron por este hijo de ingleses (pero de raíces irlandesas) que había empezado a boxear en el patio de una escuela católica de Nueva Jersey. Porque el campeón era amplio favorito para conservar su corona. Y porque no eran demasiados los que en esos días tenían un billete en el bolsillo para destinarlo a una jugada tan arriesgada.

Debido a su ascendencia irlandesa, Braddock utilizaba el símbolo del shamrock en su pantalón.

Debido a su ascendencia irlandesa, Braddock utilizaba el símbolo del shamrock en su pantalón.

Por entonces, la carrera de Braddock parecía haber agotado sus mejores días. Había pasado más de un lustro desde que, después de ganar 36 de sus primeras 47 peleas profesionales (entre sus vencidos estaban los excampeones Pete Latzo y Jimmy Slattery), había combatido por el título mundial semipesado: el 18 de julio de 1929, Tommy Loughran, otro hombre de raíces irlandesas, le había dado una lección de boxeo en el Yankee Stadium del Bronx y lo había superado cómodamente por decisión de los jueces.

Esa derrota y las dos que encadenó en los cuatro meses siguientes fueron apenas el punto de partida de las adversidades.

Noventa y nueve días después de aquel combate por el título mediopesado, el llamado Jueves Negro marcó el inicio de un desplome generalizado en el precio de las acciones en la Bolsa de Nueva York. El crac bursátil dio paso a una depresión que comenzó en Estados Unidos, se expandió al resto del mundo capitalista y alcanzó una profundidad que el planeta no volvería a experimentar hasta la crisis derivada de la pandemia de coronavirus.

Para Braddock, la debacle del sistema financiero, la restricción del crédito, la caída del comercio internacional, el derrumbe de la actividad económica y el crecimiento vertiginoso del desempleo no fueron solo titulares impresos en las portadas de los diarios. La urgencia lo miró a los ojos y lo puso a prueba.

James Braddock junto a su esposa, Mae Fox, y sus tres hijos: Jay, Howard y Rosemarie.

James Braddock junto a su esposa, Mae Fox, y sus tres hijos: Jay, Howard y Rosemarie.

El otrora retador mundialista debió desprenderse de la pequeña flota de taxis en la que había invertido buena parte de las ganancias que había obtenido sobre el ring. Eso, la ausencia de buenas bolsas y una fractura en su mano derecha lo obligaron a buscar nuevas vías de ingresos: el puerto de Hoboken lo recibió como estibador. Pero ni siquiera eso era suficiente, por lo que él y su esposa, Mae Fox, debían hacer malabares para alimentar a los tres hijos de la pareja: Jay, Howard y Rosemarie. Incluso debieron recurrir a la asistencia social para llenar los platos que colocaban sobre la mesa cada noche.

En sintonía con la situación de su país, Braddock vivió entonces sus años más oscuros: perdió 20 de los 33 combates que realizó entre julio de 1929 y julio de 1933. Los resultados no eran más que una consecuencia lógica de las dificultades con las que convivía: sin tiempo para acondicionarse adecuadamente, sin dinero para pagar a un buen entrenador y sin una cobertura médica que le permitiera tratar sus lesiones recurrentes en la mano derecha, peleaba cuando podía y como podía. Y, en general, era derrotado.

Una fractura triple en su maldita mano derecha (el arma principal con la que había logrado 26 nocauts en sus 42 victorias profesionales) durante un combate ante Abe Feldman en septiembre de 1933, cuando llevaba ya unos años probando suerte entre los pesados, pareció marcar el cierre definitivo de su carrera. Pero su mánager, Joe Gould, lo impulsó a seguir. Y en junio de 1934, cuando su púgil llevaba nueve meses inactivo, le consiguió, con apenas 48 horas de anticipación, una pelea con el ascendente Corn Griffin, quien además era sparring del campeón mundial pesado Primo Carnera. El duelo estaba programado como complemento en la velada en la que Carnera expondría su título ante Max Baer en el Madison Square Garden Bowl de Long Island.

Casi sin entrenarse y sobreponiéndose a una caída en el segundo round, Braddock se impuso por nocaut en el tercer episodio ante 52.268 sorprendidos espectadores. “Hice eso con el picadillo. Esperá a ver lo que puedo hacer con el bife”, le advirtió a su mánager después de la victoria, por la que cobró 250 dólares. El bife era Carnera, pero esa noche el italiano cedió su corona ante Baer después de ser derribado 12 veces en 11 asaltos.

La victoria ante Corn Griffin relanzó la carrera profesional de James Braddock.

La victoria ante Corn Griffin relanzó la carrera profesional de James Braddock.

Ese triunfo reinsertó en el circuito al ex retador mundialista, quien, de todos modos, todavía era visto como un buen probador para jóvenes con proyección. Así, fue convocado en noviembre de 1934 para medirse en el Madison Square Garden de Manhattan con John Henry Lewis, quien ya lo había vencido en 1932 y un año más tarde se convertiría en campeón mundial mediopesado. Y Braddock lo hizo otra vez, como ante Griffin: se impuso por decisión tras haber derribado a su rival en el quinto asalto.

Los 700 dólares que recibió esa noche sirvieron para pagar parte de la deuda que arrastraba por el alquiler de la vivienda que la familia compartía en Woodcliffe, pero no fueron suficientes para prescindir de la asistencia estatal para cubrir las necesidades básicas.

Cuatro meses más tarde, Jimmy Johnston, el promotor del Garden, volvió a recurrir a Braddock. El empresario estaba proyectando una contienda por el título pesado entre Baer y Art Lasky, pero necesitaba dar un último impulso al peleador de Minneapolis. Ello requería un adversario con algo de renombre, pero que no significara un riesgo importante para su hombre.

Sin embargo, Johnston eligió otra vez al rival equivocado: el estibador portuario triunfó por decisión y no solo se hizo acreedor a 4100 dólares que le permitieron reintegrar cada uno de los 17 dólares semanales que había recibido en concepto de subsidios estatales, sino también se apoderó del número uno del ranking de la Comisión Atlética del Estado de Nueva York, de una oportunidad por el campeonato mundial y del apodo de The Cinderella Man.

James Braddock había sufrido 25 derrotas como profesional antes de enfrentar a Max Baer por el título mundial pesado.

James Braddock había sufrido 25 derrotas como profesional antes de enfrentar a Max Baer por el título mundial pesado.

Su rival sería Max Baer, quien se había criado en una familia errante de criadores de cerdos (había nacido en Omaha, luego había vivido en Denver y más tarde se había radicado en Livermore, a 70 kilómetros de San Francisco) y que había llegado al boxeo casi sin proponérselo durante la adolescencia. Carismático, seductor y noqueador, había edificado en California una fama de bon vivant que portaba con orgullo, aunque su nombre también estaba ineludiblemente asociado al de Frankie Campbell, quien había muerto unas horas después de ser noqueado por Baer en agosto de 1930 en San Francisco.

Después de arrebatarle el título a Primo Carnera el 14 de junio de 1934, el nuevo campeón había pasado un año haciendo exhibiciones en distintos puntos de Estados Unidos (entre ellas una a beneficio de la familia de Frankie Campbell), mientras las especulaciones giraban alrededor de un enfrentamiento con Max Schmeling. Pero las dificultades para pactar con los manejadores del alemán echaron por tierra ese enfrentamiento y entonces apareció Braddock.

Trescientos sesenta y cuatro días después de su último combate oficial, el campeón subió como favorito 10 a 1 al ring del Madison Square Garden Bowl de Long Island. Si a algo podían aferrarse los apostadores que jugaban sus billetes a Braddock era justamente a ese estadio al aire libre con capacidad para 72.000 espectadores que había sido inaugurado dos años antes y que sería demolido durante la Segunda Guerra Mundial para construir allí un depósito de correo del Ejército.

El Madison de Long Island era conocido como El Cementerio de los Campeones porque allí ningún monarca había conseguido defender su corona: Max Schmeling había caído ante Jack Sharkey en 1932; Sharkey había sido derrotado por Primo Carnera en 1933; y Carnera había capitulado ante Baer en 1934. Además, el irlandés Jimmy McLarnin había cedido el título wélter frente a Barney Ross en mayo de 1934 y Ross había perdido la revancha ante McLarnin cuatro meses después.

Baer no fue la excepción. Mal preparado, peleó con indolencia y se dedicó principalmente a hacer gestos a su oponente, que estaba ante la oportunidad de su vida y no pensaba dejarla escapar: con buena movilidad y potentes golpes al cuerpo, controló al campeón, fue acumulando ventaja en la consideración de los jueces y se ganó el favor del público.

Al final del sexto asalto, se escuchó el primer abucheo sonoro para Baer por su floja prestación. Las muestras de reprobación se repitieron en el 10° capítulo, cuando el campeón seguía evidenciando su lentitud y su falta de decisión para buscar la victoria. Recién en el último tramo aceleró, pero no fue suficiente para remontar una cuesta demasiado empinada. Al cabo de 15 episodios, el árbitro Johnny McAvoy y los dos jueces, Charley Lynch y George Kelly, le concedieron el triunfo a Braddock, que así consumó uno de los mayores batacazos en la historia de la división máxima.

James Braddock y Max Baer se saludan al finalizar la pelea en el Madison Square Garden Bowl de Long Island.

James Braddock y Max Baer se saludan al finalizar la pelea en el Madison Square Garden Bowl de Long Island.

Instalado en la cumbre después de tantas privaciones, el nuevo campeón quiso congelar ese momento de gloria. Y lo hizo con la eficiencia de un freezer: evitó la competencia oficial durante dos años y en ese tiempo, siguiendo los pasos de Baer, se dedicó a hacer exhibiciones y fortalecer su cuenta bancaria, esa que tantas veces había estado en rojo en los años previos.

Inicialmente, Braddock iba a exponer el cetro el 26 de septiembre de 1936 en el Madison Square Garden ante el alemán Schmeling, quien en junio le había arrebatado el invicto al joven Joe Louis, pero un mes antes de la contienda el campeón alegó una lesión en su mano derecha y canceló el duelo.

Entonces apareció Twentieth Century Sporting Club, la promotora que rivalizaba con Madison Square Garden Corporation por la hegemonía de la actividad, y ofreció al mánager de Braddock un enfrentamiento con Joe Louis a cambio de una bolsa de 300.000 dólares y el 10 por ciento de las ganancias de Louis durante la siguiente década. Joe Gould ignoró el compromiso con los manejadores de Schmeling y firmó. Esa decisión acarrearía una derrota deportiva y un fenomenal éxito económico para su púgil.

El 22 de junio de 1937, se encontraron sobre el ensogado del Comiskey Park de Chicago un hombre de 32 años que llevaba 740 días sin competir oficialmente y otro de 23 años que en ese período había hecho 13 peleas, de las cuales había ganado 12 (11 por nocaut). Como pocas veces en una contienda por un título, el aspirante era amplísimo favorito.

Los pronósticos se cumplieron: pese a haber caído en el primer round tras recibir un derechazo corto, el retador le asestó una tunda inmisericorde al campeón, que claudicó en el octavo asalto luego de asimilar un golpe de zurda al cuerpo y un derechazo en la mandíbula. “Cuando me conectó esa combinación, podría haberme quedado en la lona durante tres semanas”, se sinceró el derrotado. Con esa victoria, Louis inició un reinado que se extendería durante 13 años e incluiría 25 defensas exitosas, un récord jamás superado.

En su primera defensa, James Braddock perdió el título mundial pesado ante Joe Louis.

En su primera defensa, James Braddock perdió el título mundial pesado ante Joe Louis.

Ya sin el cinturón en su poder, el Ceniciento escribió el último capítulo de su fábula deportiva el 21 de enero de 1938, cuando superó al galés Tommy Farr en el Madison. Después colgó los guantes, se dedicó a entrenar y representar a jóvenes pugilistas, prestó servicio en el Ejército estadounidense en 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, y gozó de los beneficios del dinero que había ganado sobre el cuadrilátero y del que recibía por el jugoso acuerdo con los manejadores de Louis. Murió el 29 de noviembre de 1974 a los 69 años.

La historia de ese working class hero que se abrió paso en medio de la Gran Depresión recobró vigencia tres décadas después del fallecimiento de Braddock a partir de la publicación del libro Cinderella Man: James Braddock, Max Baer and the Greatest Upset in Boxing History, de Jeremy Schaap; y, sobre todo, del estreno de Cinderella Man, la película dirigida por Ron Howard y protagonizada por Russell Crowe y Renée Zellweger.


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