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el soldado que desechó una fortuna en la NFL para ir a la caza de Bin Laden y morir en Afganistán

“La pérdida del cabo del Ejército Pat Tillman la semana pasada en Afganistán trajo a casa el dolor que conlleva toda pérdida y nos recuerda el carácter de los hombres y mujeres que sirven en nuestro nombre”.

Desde el atril, ataviado con traje y moño, George W. Bush miraba a los presentes en la tradicional “Cena de Corresponsales de la Casa Blanca”. Era la noche estadounidense del 1 de mayo de 2004.

Fue uno de los momentos más serios de un discurso que, habitualmente, suele mechar aspectos institucionales importantes con bromas y momentos jocosos.

“Todos los días, en algún lugar, hacen cosas valientes y buenas sin que se note. Su valor suele ser visto sólo por sus camaradas, por los que anhelan ser libres y por el enemigo. Están dispuestos a dar su vida y cuando una se pierde, todo un mundo de esperanzas y posibilidades se pierde con ellos“, agregó.

El presidente de los Estados Unidos no pudo evitar hacer referencia a lo que por esas semanas era objeto de cobertura a nivel nacional: la muerte de otro soldado en la Guerra de Afganistán.

No se trataba de cualquier soldado: Patrick Tillman, al entrar en el Ejército, había dejado atrás una promisoria carrera como jugador de fútbol americano en la NFL, por la que había recibido ese año la mejor oferta de su vida hasta entonces: una renovación con los Arizona Cardinals por 3,6 millones de dólares.

Las Fuerzas Armadas estadounidenses condecoraron al deportista fallecido con la Estrella de Plata, el tercer reconocimiento en combate más alto que se otorga en el país.

Quisieron hacerle un funeral con todos los honores militares, pese a que él se había negado por escrito dejándole un documento firmado a su esposa antes de viajar a Medio Oriente. 

No era para menos: desde su decisión de dejar la NFL para enlistarse pocos meses después del atentado contra las Torres Gemelas, Tillman se había convertido en un ícono del patriotismo. Y ahora había muerto a manos de los talibanes.

O eso le hicieron creer al mundo.

Más que deporte

Tillman fue uno de los tantos casos de chicos a los que se les dice que no y desafían aquellos presagios negativos. En su caso, la limitación eran sus 180 centímetros de altura, una talla en teoría pequeña que, para sorpresa de los desconfiados, quedaba totalmente suplida por su calidad de tackleador jugando como linebacker o safety.

No sólo por esas condiciones fue que la Universidad de Arizona State (ASU, de acuerdo a la sigla en inglés) le ofreció una beca, sino también por su rendimiento académico.

Al cabo, tan destacables serían sus elecciones a los mejores equipos de la temporada en el fútbol americano universitario como sus calificaciones como estudiante: al final de su carrera educativa en este nivel, se habría graduado en Marketing con honores Summa Cum Laude en la Escuela de Negocios de la ASU.

A Pat le fascinaba leer, le encantaba aprender (historia, una de sus favoritas) y debatir sobre cualquier tópico. Incluso lo seguía haciendo ya como miembro del Ejército.

Tenía la amplitud mental suficiente como para asumirse ateo y aun así leer la Biblia o el Corán para interpretar mejor a esas y otras religiones y opinar, si debía hacerlo, con fundamentos.

Pero iba más allá. Ya como jugador de los Cardinals, llegaba al estacionamiento de la franquicia y dejaba su vehículo junto a los BMWs y varias clases más de autos importados. Su movilidad era una bicicleta playera. No tenía auto ni teléfono celular.

La decisión

Las Torres Gemelas, escenario del terror. Foto AP/Richard Drew

Las Torres Gemelas, escenario del terror. Foto AP/Richard Drew

Como a millones de jóvenes en los EE.UU., los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 le cambiaron la vida a Tillman. Allí se decidió a dar el paso: ingresar al Ejército para luchar por su país, tal como habían hecho familiares suyos.

“Mi bisabuelo estuvo en Pearl Harbour, muchos miembros de mi familia pelearon en guerras y yo no he hecho un carajo, si lo tomamos de ese modo. Así que tengo un enorme respeto por aquellos que lo han hecho y por lo que significa esta bandera”.

Tillman se lo dijo al equipo de prensa de los Cardinals un día después de los ataques del 11-S, aunque no estaba muy convencido de hacerlo y pidió que no se revelara la entrevista.

Lo mismo hizo cuando finalmente se hizo público su alejamiento de la escena deportiva: evitó dar notas en las que explicara por qué dejaba todo en pos de ir a la guerra. No quería que se lo destacase por haber jugado en la NFL. Quería ser uno más.

En el campo de batalla

El cabo Patrick Tillman, ex jugador de la NFL y miembro del Ejército de los Estados Unidos. Foto AP

El cabo Patrick Tillman, ex jugador de la NFL y miembro del Ejército de los Estados Unidos. Foto AP

Pat, de 25 años, había firmado un compromiso de tres años con las FF.AA.. En esta decisión lo había acompañado uno de sus hermanos, Kevin (el más pequeño, Richard, se mantuvo al margen).

Juntos, los dos Tillman, miembros del 75° Regimiento Ranger (infantería ligera del Ejército), pusieron rumbo a Irak en febrero de 2003. Allí el exfutbolista comenzó el período de desencanto.

Fue parte, como equipo de custodia perimetral, del mediático rescate de la soldado Jessica Lynch, una joven que, según la información que llegaba desde Medio Oriente, había combatido valientemente contra los terroristas antes de ser secuestrada y torturada por estos.

“Esta guerra es jodidamente ilegal”, le dijo Pat a su compañero Ranger y amigo Russell Baer según el documental “The Tillman Story” (2010), mientras, desde un techo, veían cómo la ciudad de Nasiriya era bombardeada.

Sus sentimientos se vieron reforzados -y comprendidos- cuando, tiempo después, se supo por diferentes medios que el rescate de Lynch había sido mucho más sencillo que lo difundido: la joven de por entonces 19 años no había siquiera empuñado un arma, los terroristas habían querido entregarla a Estados Unidos y todo se demoró para que los norteamericanos pudieran conseguir un equipo de camarógrafos que capturasen el “rescate”.

Aquella historia tenía su razón de ser: la administración Bush se enfrentaba a duras críticas por el aumento de las cifras de soldados fallecidos y el poco éxito en la guerra, por lo que se intentó infundir valor a los involucrados y, a la vez, mostrar la importancia de la gesta bélica.

Todo mientras se debatía fuertemente si correspondía levantar una prohibición que databa de 1991 e impedía a los medios mostrar imágenes de ataúdes de soldados estadounidenses. Para los defensores de la medida, tenía que ver con proteger la privacidad; en la vereda de enfrente lo acusaban de ser una forma de ocultar las innumerables bajas que arrojaba el conflicto.

Un senador en aquel momento dijo: “Es vergonzoso que los restos de los soldados regresen al país escondidos bajo la luz de la noche”. Su nombre era Joe Biden.

Los dos regresos fallidos

Después de aquel paso por Irak, Tillman volvió a Estados Unidos y se encontró con una chance impensada: los Tennessee Titans lo querían en el equipo y, buena relación de la NFL con las Fuerzas Armadas mediante, habían arreglado por debajo de la mesa que el soldado se retirase con honores y volviera a la práctica deportiva.

Eso no era lo que estaba en mente para Patrick. “Hablamos 2 horas en mi oficina y me pidió que no dijera nada. Mantendré eso, pero les diré esto: Pat Tillman tomó una decisión basada en valores reales. Las palabras honor, integridad, dignidad y compromiso no sólo eran palabras para él. Eran realidades”, expresó al borde del llanto Dave McGinnis, entrenador defensivo de aquel equipo una vez fallecido el linebacker.

“Una de las últimas cosas que le dije fue desearle suerte y pedirle que se mantuviera en contacto, y él me dijo ‘coach, quiero volver y jugar para usted'”, agregó.

Estaba claro: nada rompería su compromiso con el Ejército. De todos modos, faltaba poco para cumplir con los tres años y el fútbol americano volvía a aparecer en el horizonte.

Así como ese regreso quedó trunco entonces, tampoco se daría el que quedaba pautado.

En abril de 2004 Pat se reportó para cumplir con una nueva misión, esta vez en Afganistán. El 22 de ese mes, por un problema en un vehículo mientras recorrían un cañón en Spera, en la provincia de Jost, al sureste del país y no muy lejos de la frontera con Pakistán, el pelotón que integraba Tillman debió separarse en dos.

A partir de entonces, cada testimonio es único, aunque se puede establecer cierta línea de eventos: uno de los grupos comenzó a desplazarse en un vehículo local por el terreno montañoso y casi amurallado por los accidentes geográficos.

En un momento, comenzaron a sentirse explosiones. Muchos creyeron que se trataba de una emboscada, aunque los testimonios luego recogidos por los investigadores distan mucho de certificar que eso haya ocurrido: no hay unanimidad en lo dicho por los soldados que intervinieron.

De cualquier modo, el grupo que se trasladaba en el vehículo abrió fuego a diestra y siniestra.

No contaban con que Pat Tillman, junto a otro compañero y un miembro de una milicia afgana que luchaba junto a ellos, habían empezado a trepar una colina para ir a ayudarlos. Tampoco pudieron advertirse entre sí: habían perdido la comunicación al separarse.

En medio de la balacera, el exdeportista tiró una bomba de humo para disuadir a sus compañeros. Pero estos, tras detenerse unos instantes, volvieron a la carga. El cabo recibió tres disparos. Sus últimas palabras, gritos, fueron: “¡Soy el maldito Pat Tillman!”. El intento de aviso no surtió efecto alguno.

El hombre afgano también fue herido de muerte.

Red de mentiras

Junto al féretro de Pat, en el avión se subió su hermano Kevin, que quedó desafectado de las operaciones. Todos los involucrados recibieron órdenes expresas de no contarle la verdad.

En EE.UU., ante la falta de respuestas, los padres de Pat (Patrick Sr. y Mary) empezaron a buscar indicios por su cuenta. Habían recibido copias de seis carpetas con toda la investigación completa, a la que sólo le faltaban nombres tachados para preservar identidades.

Los padres bucearon en más de 300.000 páginas. Stan Goff, un ex veterano de guerra con el que la familia Tillman se puso en contacto, asegura en el documental: “Les dieron tanto material para que se ahogaran: una persona no podría indagar en todo eso”.

Tal vez se hubieran rendido, de no ser por el llamado de un periodista a la madre del jugador. El reportero le preguntó cómo se sentía respecto a la posibilidad de que Pat hubiera muerto por fuego amigo. Ella no sabía nada de eso.

Ahí fue que muchos datos y declaraciones de aquella pila de papeles empezó a cobrar sentido, como así también algunas cuestiones inexplicables, como que no quedaran rastros de la ropa, el casco o el equipamiento de Tillman: fueron misteriosamente consumidos por “el fuego”.

Harto, el padre de Pat envió una carta a las autoridades. Escribió cada ítem que los investigadores daban como “hechos” y detalló por qué eran mentira. Y se despidió mandándolos a la mierda.

¿Lo más insólito? Las fuerzas armadas consideraron la carta una acusación formal de conducta criminal y se inició una nueva investigación.

Si se tratara de una serie o película, la trama desembocaría en que aquel insulto condujo a la resolución favorable del caso, con una plana mayor del Ejército en la cárcel, con una cadena de mando que llegaba hasta el presidente involucrado.

Nada de eso pasó. No hubo consecuencias que afrontar más que para el Teniente General Philip Kensinger, quien era comandante de varias unidades, había sido la cara de la primera investigación y había asegurado que se trató de una emboscada. Pero cuando lo encontraron culpable ya estaba retirado y para la familia fue una forma de salir del paso con facilidad.

En 2014, una década después de la tragedia, Steven Elliott, exsoldado que dejó el Ejército en 2007, le dijo a la cadena ESPN: “Es posible, en mi cabeza, que yo lo haya baleado”.

George W. “Ambush” (“Emboscada”)

El expresidente de los Estados Unidos George Bush. Foto AP / Charles Dharapak

El expresidente de los Estados Unidos George Bush. Foto AP / Charles Dharapak

Dos días después de la conferencia en que el Ejército culpabilizó a Kensinger y dio por cerrado el caso, un periodista recibió la filtración de un memorándum enviado 7 días después de la muerte de Tillman y un mes antes de que la familia conociera la versión de los hechos más cercana a la realidad.

El documento fue redactado a pedido de los escritores de discursos de la Casa Blanca, que pidieron detalles de la muerte de Pat para evitar cualquier referencia errónea.

En él, le advertían al presidente que no debía sentirse avergonzado “en caso de que” lo que ocurrió con el ex jugador de la NFL saliera a la luz.

Bush, que tiempo más tarde aseguró no saber en ese momento que se había tratado de una muerte por fuego amigo, mencionó a Tillman pero no entró en el pantanoso terreno de las formas en aquella Cena de Corresponsales.

Con estas evidencias, la familia logró llevar el asunto fuera de la jurisdicción militar. En abril de 2007, la Cámara de los Representantes (la cámara baja del congreso estadounidense) empezó a sostener audiencias para determinar si se había encubierto el Caso Tillman.

Pese a las incongruencias en las declaraciones de los altos mandos citados (sobre todo, a la falta de precisiones, como si todos sufrieran una repentina amnesia), nada ocurrió. 17 años después de la muerte de Patrick Tillman, todos saben que lo mató el propio Ejército de los Estados Unidos, pero nadie pagó por ello.




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