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El incendio del «Puente de Hierro» y el mundo oculto de los «invisibles» de Roma

Son miles, pero van y vienen porque continuamente los desalojan. Los llaman “los invisibles”. Viven bajo los puentes y en las banquinas del río Tíber. Son un fenómeno de la ciudad, pero los turistas pasan indiferentes, al máximo les sacan una foto si se dejan.

Los invisibles también habitan en los márgenes del río, que recorre un largo camino hasta el mar pasando por el centro de Roma. En el centro, de un lado está el Vaticano, del otro el corazón de la Ciudad Eterna, así llamada por la yuxtaposición de estilos arquitectónico que la hacen aún más única.

Era casi la medianoche hace diez días en la zona en que el Tíber separa dos zonas vitales, como son las barriadas Ostiense y Marconi. Miles de automóviles se conectan de uno y otro lado gracias al conocido popularmente como “Ponte di Ferro”, puente de Hierro.

Una imagen histórica del Puente de Hierro construido en 1863. Foto: Victor Sokolowicz

Una imagen histórica del Puente de Hierro construido en 1863. Foto: Victor Sokolowicz

El puente fue construido hace 158 años como Puente de la Industria e inaugurado por el Papa Pío X cuando faltaban pocos años para que el Estado pontificio concluyera gracias a la ocupación de los bersaglieros de Garibaldi e Italia por fin se reunificara.

Era casi la medianoche y días después se descubrió en uno de los videos de control ciudadanos una llama que subía desde el río hasta el Puente de Hierro.

Bajo el techo habitaban al menos cuatro grupos de invisibles, los sin techo, y los bomberos atribuyen a la pequeña llama ser la causa del furioso incendio que siguió. En un instante el fuego llegó hasta los cables de la pasarela de servicio del puente, por donde pasan los cables eléctricos.

Un pequeño hornillo a gas fue encontrado entre los restos y confirmó las sospechas. Esa madrugada fue un infierno y el puente de hierro volvió a conquistar la fama que merece porque una buena parte de Roma no pudo dormir por el miedo y las operaciones para apagar el incendio que destruyó una parte del Ponte di Ferro.

Un grupo de turistas visita el Puente Hierro destrozado por incendio la noche del 2 octubre.
Foto: Víctor Sokolowicz

Un grupo de turistas visita el Puente Hierro destrozado por incendio la noche del 2 octubre.
Foto: Víctor Sokolowicz

De los 131 metros del puente, la mayor parte del tramo resistió pero hacen falta unos meses para establecer hasta donde llegan los daños estructurales.

Lo peor es que para los romanos se ha perdido una conexión vital que une dos zonas populosas de la Urbe. La importancia del puente de Hierro ha restablecido su carisma en la vida de Roma y la curiosidad por sus anécdotas.

¿Donde están los invisibles? se preguntan los vecinos. Han pasado diez días y no se los ve. Queda uno, el polaco Jarek, un viejo ex camionero que esa noche se mudó corriendo más allá, entre grandes descargas de basuras.

Jarek está extrañamente sereno, vive bajo el puente, pero también en los alrededores, en los densos márgenes cubiertos de vegetación. “Aquí hay mucha mas gente de lo que creen”, explicó a quienes lo ubicaron.

Un sin techo duerme bajo el Puente Garibaldi.
Foto: Víctor Sokolowicz

Un sin techo duerme bajo el Puente Garibaldi.
Foto: Víctor Sokolowicz

No es solo bajo los puentes que pasan su vida miserable los invisibles. La policía que con lanchones especiales controla lo que puede la mayor parte de las veces no los ve.

Basta lograr internarse unos metros y montar allí un refugio precario entre el fango y la basura acumulada. Allí se resiste, se duerme, se come, se encienden los pequeños fuegos, como el que hizo partir la llama que incendió el puente de Hierro.

Hacia el centro, con el Vaticano a la izquierda y la vieja Roma a la derecha, las márgenes del río se reducen, aparecen las primeras banquinas, los puentes históricos. Dicen que son cincuenta y cuatro a lo largo del Tíber por un total de siete kilómetros.

El puente Sant'Angelo nuevamente lleno de turistas luego los cierres debidos a la pandemia.
Foto: Víctor Sokolowicz

El puente Sant’Angelo nuevamente lleno de turistas luego los cierres debidos a la pandemia.
Foto: Víctor Sokolowicz

Mario, “Marietto”, no vive siempre bajo el puente de la Música, o el puente del Risorgimento, o el Vittorio Emmanuele II. Marietto prefiere estar debajo del más lindo, el ponte Sant’Angelo, junto al el castillo del Angel que hizo construir el emperador Adriano para su tumba.

Es totalmente peatonal, decorado con espléndidas esculturas. Del otro lado se entra en el centro romano, a partir del palazzo donde vivió hasta su muerte, a fines del siglo diecinueve, el célebre Mastro Tita, último verdugo del Papa.

Mastro Tita trabajaba a destajo y se cargó a cientos de romanos, delincuentes o disidentes peligrosos para el gusto de la Iglesia, que era la dueña del Estado Pontificio.

Carpas de sin techo bajo el puente Vittorio Emanuele II cerca del Vaticano. Atrás Castel Sant'Angelo. Foto: Víctor Sokolowicz

Carpas de sin techo bajo el puente Vittorio Emanuele II cerca del Vaticano. Atrás Castel Sant’Angelo. Foto: Víctor Sokolowicz

En ese inquietante ambiente encantado, han vuelto los turistas que no pudieron llegar por la pandemia durante un año y medio. Los invisibles, en cambio, solo abandonan cuando la policía los desaloja.

Marietto cuenta anécdotas. Dice que su padre también pasaba mucho tiempo en las banquinas. Marietto se considera “un fiumariolo”, un hombre del río. Contó que el Tíber lo quiso matar dos veces, porque el drama de los invisibles que están bajo los puentes es escapar a tiempo cuando llega la inundación. “Logre salvarme agarrado a las raíces”, explica el más curioso de los invisibles.

Marietto está con un amigo, bajo el puente Vittorio Emmanuele. Del otro lado se ve la cúpula de San Pedro en el Vaticano, muy cerca el Castillo de San Angel. En la segunda oleada que lo agarró por sorpresa perdió a su compañera.

Muebles bajo el Puente Risorgimento.
Foto: Víctor Sokolowicz

Muebles bajo el Puente Risorgimento.
Foto: Víctor Sokolowicz

“Se llamaba Marcella y quiso nadar. Yo le decía que no había salvación si hacía eso porque el río crece muy fuerte. Y se la llevó”.

En la zona del centro romano y de los alrededores del Vaticano, crece el número habitual de los invisibles porque aprovechan de la ayuda que ofrece el mismo Papa argentino. También hay organizaciones de caridad que traen comida, mantas, artículos de limpieza. La principal es San Egidio, con una filial muy activa en Buenos Aires.

Pero una parte de los invisibles empedernidos no quieren vivir solo de la limosna de los grupos de caridad. También hay muchos invisibles que son inmigrantes extranjeros que no encontraron trabajo o perdieron las changas precarias.

Todos los días, el ejército silencioso de los invisibles se pone en marcha para ganarse la jornada. Un joven rumano explicó a “Clarín” que “el problema es que si te descuidás te roban todo”.

Además “las redadas de la policía no se anuncian y tratamos que alguno se quede de guardia en las banquinas, donde dejamos nuestras cosas mientra tratamos de buscar algo que nos haga ganar el día”.

Es un estado de máxima precariedad que hace cada vez más frágil la psiquis de los invisibles. Muchos ceden al alcohol y la droga, que obliga a traficar para conseguirla.

Carpas de sin techo bajo el puente Principe Amedeo muy cercano al Vaticano. Foto: Víctor Sokolowicz

Carpas de sin techo bajo el puente Principe Amedeo muy cercano al Vaticano. Foto: Víctor Sokolowicz

Bajo el puente Garibaldi, dos búlgaros organizaron una buena carpa y se bañan con agua del Tíber y jabón antes de cocinarse unos fideos. “Estamos tranquilos aquí, no sabemos por cuanto tiempo. Si nos corre la policía buscaremos otro lugar, si el río crece trataremos de salvar lo posible, en primer lugar nuestras vidas”.

Barcos abandonados

Es difícil hablar con los invisibles, que desconfían de los preguntones, sobre todo cuando los quieren fotografiar. Una de las atracciones a lo largo del río es la gran barcaza que naufragó y quedó al parecer para siempre encastrada cerca del puente de la Música.

Ocurrió en 2018 y los dos rumanos sin techo que encontraron allí albergue, protegidos por un par de perros que ladran continuamente con mucha agresividad, sostienen que el barco tiene por dueño a un privado y que ellos son los custodios.

La embarcación "Tiber II" arenada desde el 2008 cerca del Puente de Musica. Foto: Víctor Sokolowicz

La embarcación «Tiber II» arenada desde el 2008 cerca del Puente de Musica. Foto: Víctor Sokolowicz

Las anécdotas que se acumulan llegan también a la tragedia. Bajo el céntrico puente Garibaldi que vincula el viejo barrio de Trastevere con largo de Torre Argentina, la banquina ya no alberga gente, convertida en zona prohibida.

Allí, en la noche de julio de 2016, un estudiante norteamericano residente en Roma bajó corriendo desde el puente y se enfrentó con Max, uno de los invisibles que habitaban allí. Comenzaron a discutir y el estudiante, que se llamaba Beau Sololom, cayó al río ahogándose. Max fue preso y la policía desalojo para siempre la banquina.

Hay anécdotas más amenas, como la del ejecutivo empresario convertido en linyera que habita hace años bajo los puentes y que no es fácil encontrar.

Dos inmigrantes encienden un fuego para cocinar junto al rio Tiber bajo el puente Vittorio Emanuele II cercano all Vaticano. Foto: Víctor Sokolowicz

Dos inmigrantes encienden un fuego para cocinar junto al rio Tiber bajo el puente Vittorio Emanuele II cercano all Vaticano. Foto: Víctor Sokolowicz

En la zona Portuense, las cercanías y las banquinas del Tíber están pobladas de gente sin techo que vive a la jornada. Algunos han logrado estabilizar sus actividades y cerca de la plaza de la Radio se puede preguntar a ver si aparecen los dos encargados de una “bancarella” que vende libros usados.

Ambos son muy amigos. Uno es un veterano alemán de barba gris y modos amigables, según refiere una reciente crónica. Vive en Roma desde hace muchos años y se convirtió en un invisible.

Pero su amor por la lectura y los libros lo convirtió en un punto de referencia en el barrio, hasta que comenzó a vender los libros usados que le regalaban en una bancarella. Los libros salían junto con los consejos que da el alemán, un hombre culto.

Carpas de sin techo y un barco con turistas bajo el puente Principe Amedeo. Foto: Víctor Sokolowicz

Carpas de sin techo y un barco con turistas bajo el puente Principe Amedeo. Foto: Víctor Sokolowicz

El otro es un italiano que vivía bajo el puente e la Industria. “Me enteré que había un hombre que vendía libros. Yo tengo pasión por la lectura y traté de imitarlo. Lo conocí y nos hicimos amigos. A mi me cambió la vida”. Ahora los dos regentean la bancarella y viven cerca de allí, ya no más bajo un puente.

Roma, corresponsal

ap


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