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Dinamarca, la selección que llevó la bandera del buen fútbol y se despidió con un duro golpe

Esa Dinamarca fue una celebración del buen fútbol, de contraataque. No era sólo su camiseta bonita lo que encantaba, sino su juego veloz. No fue el mejor episodio en términos de palmarés, pero aquello fue una exhibición de esos partidos que todos quieren ver.

Le tocó en el sorteo de la primera fase el que todos llamaban Grupo de la Muerte. Había dos campeones del mundo, Alemania Federal y Uruguay, y un británico, Escocia, siempre dispuesto a dar sorpresa, aunque jamás pasó de una fase inicial.

Pero esa Dinamarca fue la fascinación de la primera rueda. Claro, no tanto como Diego Armando Maradona. Ganó sus tres partidos, pura magia, goles por todos lados. En ese tramo hizo nueve y recibió apenas uno. En Uruguay todavía recuerdan aquella suerte de papelón: un gigante del fútbol mundial quedó arrodillado, 6-1, ante el equipo que se vestía lindo. Los daneses ya habían debutado con una módica victoria frente a Escocia, apenas uno a cero. Sucedió en el mismo estadio, en Neza, ya todos estaban enloquecidos con aquel equipo, con aquella camiseta. Lo que siguió después, en Querétaro, fue la sorpresiva derrota de Alemania Federal en ese Mundial que la iba a tener como finalista. Dos a cero, como si nada.

Preben Elkjaer Larsen y Michael Laudrup fueron los dueños de esa etapa de la Copa. Por supuesto sin contar al máximo mago, El Diez.

Pero aquellos días estupendos se encontraron con un golpe que no estaba en los planes de nadie. Fue en el estadio La Corregidora, la España de Emilio Butragueño hizo estragos. Cinco a uno. Con la misma herramienta que Dinamarca había ofrecido en la primera ronda, aquel equipo de La Furia , una sucursal de La Quinta del Buitre en Real Madrid, se lo cargó. La perfección del contraataque.

Elkjaer celebra su gol para el 1-0 en el debut de Dinamarca sobre Escocia. (fifa.com)

Elkjaer celebra su gol para el 1-0 en el debut de Dinamarca sobre Escocia. (fifa.com)

Es un caso curioso el de Dinamarca, quizá la mejor versión de la historia se quedó en aquellos octavos de final. Pero hubo más después. En los peores momentos, encontró milagros. Apenas seis años más tarde, en la Eurocopa del 92, construyó un guión propio de un escritor amigo de la épica deportiva.

Yugoslavia -equipo entero de un país roto- se habia clasificado y había sido sorteado en el Grupo A. Pero la Guerra de los Balcanes obligó a su deserción. Dinamarca se había quedado afuera en la Eliminatorias. Pero la circunstancia bélica lo transformó en lucky loser, el más afortunado de los perdedores.

De aquella invitación nació uno de los asombros más grandes del fútbol. El plantel estaba desperdigado por las playas del Mediterráneo: Peter Schmeichel, John Jensen, Henrik Larsen, Lars Olsen y Flemming Poulsen se enteraron de la invitación mientras el sol les caía sobre la cara. A Brian, el menor de los Laudrup, le avisó su pareja: “Dijeron que tenés que presentarte a entrenar. Que van a la Euro…”. Se asombró. Y allá fue.

Richard Möller Nielsen los convocó a todos al campo de entrenamiento de la Unión Danesa, en las afueras de Copenhague. Alrededor de 20 futbolistas que aceptaron el llamado, el técnico les ofreció una osadía en nueve palabras: “A Suecia vamos a ir a ganar la Eurocopa”. La cara seria del técnico no inhibió las sonrisas de los protagonistas. Esa posibilidad se parecía a un chiste. Aquel plantel no tenía la magia del 86. Usaba una vestimenta linda. Y tan bien vestido salió campeón.


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