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del imposible de Colombia al feroz temblor que no privó a México de disfrutar del mejor Maradona

La Copa del Mundo de 1986 fue un terremoto. Terminó en la celebración del mejor de los magos, Diego Armando Maradona. Pero antes hubo otra historia. Previo a la fecha inaugural, aquel 31 de mayo, el 1-1 entre Italia y Bulgaria en el estadio Azteca, pasaron cosas. Muchas cosas que confluyeron en algo inédito: México se convirtió en el primer país en celebrar dos veces un Mundial. Pero ese no era el plan original de la FIFA. Ni siquiera de México. Porque todos los caminos conducían a Colombia, que en 1974 había logrado ser aceptada como anfitriona de una cita que nunca llegó a concretarse.

La historia del Mundial que no se jugó en Colombia había empezado mucho antes, allá en los setenta. Lo contó el diario El Tiempo, desde Bogotá: el presidente del país de aquellos días, Misael Pastrana Borrero, recibió a los enviados de la FIFA en la Casa de Gobierno y les organizó un agasajo.

Fue clave en aquella ocasión para la obtención de la sede Alfonso Senior Quevedo, cabeza visible del fútbol colombiano y bien considerado por las autoridades del fútbol mundial desde sus épocas como presidente de Millonarios, el Ballet Azul que tuvo como principales intérpretes a Alfredo Di Stéfano, Néstor Pipo Rossi y Adolfo Pedernera y que, allá en los 50, supo quedar en la historia al ganarle al mismísimo Real Madrid.

El logo del Mundial de Colombia 1986.

El logo del Mundial de Colombia 1986.

Senior Quevedo era amigo personal de Stanley Rous, entonces presidente de la ahora máxima multinacional del deporte. Y acomodó todo para que el brasileño Joao Havelange, en su primera gran decisión como presidente de la FIFA, ungiera a Colombia como sede del Mundial del 86. El primer paso estaba dado, pero fue tal vez el único que se dio.

Los años pasaban y en la tierra de Gabriel García Márquez no se veían avances significativos a nivel infraestructura para convertirse en el centro del mundo durante un mes. La prioridades y las necesidades del pueblo eran otras. Y las obras nunca terminaron de comenzar. Ni siquiera con la creación de la Corporación Colombia 86, con aportes de gigante privados como el Grupo Santo Domingo -actor importante a nivel medios- y el Grupo Grancolombiano -entidad financiera de gran peso en aquellos años-. La pelota seguía detenida a falta de cinco años. Y en Zurich comenzaban a preocuparse.

El aviso publicitario de Colombia 86 en el álbum de figuritas de España 1982.

El aviso publicitario de Colombia 86 en el álbum de figuritas de España 1982.

Detalle curioso: justo después de la final que hizo a Italia campeón, en el Mundial de España 1982 y con la incertidumbre a flor de piel, se leyó un mensaje en el cartel electrónico del Santiago Bernabéu: “Nos vemos en Colombia 86”.

¿Nos vemos?​ No.

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Havelange les dio un ultimátum. Y armó una lista de condiciones que Colombia debía cumplir al pie de la letra para ser confirmada como sede. Desde 12 estadios con capacidades que iban desde los 40 mil hasta los 80 mil espectadores hasta la modernización del sistema de transporte con grandes obras que obligaban a construir o mejorar rutas viales y ferroviarias y aéreas para tener conexiones eficientes entre las diferentes sedes. Todo eso sin contar otras exigencias que garantizaran la comodidad de las delegaciones y, sobre todo, de las autoridades de la FIFA. Y que incluían pedidos de todo tipo que ayudaran a que el negocio fuera lo más redondo posible.

Pero no pudo ser. Dos semanas antes de que se cumplieran los plazos establecidos por la FIFA, el presidente colombiano Belisario Betancur ofreció una cadena nacional y le puso punto final al sueño. “Anuncio a mis compatriotas que el Mundial de Fútbol de 1986 no se hará en Colombia, previa consulta democrática sobre cuáles son nuestras necesidades reales: no se cumplió la regla de oro, consistente en que el Mundial debería servir a Colombia y no Colombia a la multinacional del Mundial. Aquí tenemos otras cosas que hacer, y no hay siquiera tiempo para atender las extravagancias de la FIFA y sus socios”, advirtió.

Colombia 1986, el Mundial que no fue, en la portada de la sección deportiva de El Espectador.

Colombia 1986, el Mundial que no fue, en la portada de la sección deportiva de El Espectador.

Sin aportes privados y con el Estado preocupado en otras urgencias -con los carteles narco creciendo exponencialmente, con la violencia a flor de piel en las calles y con los grupos paramilitares siempre agazapados-, Colombia decidió patear la pelota afuera. Y en 1983 el Comité Ejecutivo de la FIFA, tras reunirse en Estocolmo, la capital de Suecia, lo hizo oficial. Havelange y compañía abrieron el juego. Se ofrecieron Brasil, Canadá, Estados Unidos y México. Los dos primeros se bajaron rápido de la postulación y en EE.UU. entendieron que la prioridad eran los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 y decidieron esperar una década. Y así fue como México se convirtió en el primer país en repetir como sede de un Mundial.

Pero lo impredecible sucedió: el 19 de septiembre de 1985 un sismo puso en duda la competición, a consecuencia de lo que en México habia generado. Duró cinco minutos pero fue un desastre. La réplica sucedió al dia siguiente, la noche del 20 de septiembre tuvo un gran efecto en el Distrito Federal. Colapsaron muchísimas estructuras establecidas. México, que había sido elegido en reemplazo, ya no tenía certezas. Se preguntaban en Suiza: ¿qué hacemos con el Mundial? ¿Volvemos a Colombia?

Aquel temblor que puso en duda todo, afectó la zona centro, sur y occidente del pais organizador. Sobre todo a su ecléctica capital. Fue el peor de los daños que recibió ese territorio. Superó en intensidad, en daños, en dolores, en víctimas, al registrado en 1957.

No hubo un número preciso de víctimas. Las cifras oficiales contaron que fueron 3.192. Varias organizaciones no gubernamentales señalaron que habían sido más de 20.000. También fue un desastre económico: unas 250.000 personas se quedaron sin casa y casi 1.000.000 se vieron obligadas a abandonar su hogar.

No, nada de eso. El Mundial se terminó jugando en la tierra de Emiliano Zapata y Pancho Villa, con su sede central en la Ciudad de México, esa que late de realismo mágico.

El Mundial imposible, aquel que se iba a disputar en Colombia, que se jugó en México, ya estaba en marcha. El Azteca, espacio de hazañas, ya estaba preparado para recibirse de estadio universal.

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