Espectáculos

de las protestas y los tribunales, al Oscar

Medir una película por su inclusión o no en una ceremonia de premiación es de mal gusto. Pero como buenos hipócritas, empezamos a hacerlo en cuanto la temporada de premios empieza a correr, y lo reafirmamos cuando el Oscar y sus nominaciones se disparan. El ejercicio de ver las producciones bajo esta luz es, al final, un poco obsceno: ¿podemos realmente abstraernos del “ruido” y pensar en sus atributos, en sus fallas? ¿Podemos olvidarnos de los brillos adyacentes o la carrera que termina el próximo 25 de abril? Evidentemente no, porque de hecho esta nota es la prueba: hasta ahora, El Observador (y sobre todo quien escribe) no le había hincado el diente a El juicio de los 7 de Chicago de manera firme. Se habían publicado, sí, recomendaciones breves, menciones, apariciones espontáneas. Se había dado cuenta de su existencia, de que está desde diciembre en Netflix, que es lo nuevo de Aaron Sorkin, pero nada más.

Y ahora lo hacemos. Sucede, claro, por el Oscar. Y la pregunta surge otra vez: ¿podemos pensarla sin, valga la redundancia, estar pensando en la estatuilla dorada que ahora persigue como parte del grupo de nominadas a mejor película? Podemos, al menos, intentarlo.

El juicio de los 7 de Chicago es la última producción de Sorkin para la gran pantalla. O, mejor dicho, para el streaming. Es su segunda película como director después del debut en Apuesta maestra (2017) y de una exitosa carrera como guionista que incluye el filme Cuestión de honor (1992), la serie El ala oeste de la casa blanca (1999-2006, también conocida por su nombre en inglés, The West Wing), los largometrajes Red Social (2010) de David Fincher y Moneyball (2011), la serie de HBO The Newsroom (2012-2014) y la película biográfica Steve Jobs de Danny Boyle (2015), entre otras.

Sorkin siempre fue un gran guionista. Entre sus muchas cualidades, ha demostrado una enorme capacidad para, por ejemplo, hacer que largas conversaciones que en otras manos serían pastosas y aburridas se transformen en vertiginosos intercambios hechos de palabras que se clavan como dardos. Sorkin, además, maneja como pocos el arte del discurso en el cine. Ya sea en el mencionado drama legal de 1992 con Tom Cruise y Jack Nicholson (¿recuerdan el “you can’t handle the truth”, “no podés manejar la verdad”?), en los escenarios de Steve Jobs o en la voz del virulento Mark Zuckerberg de Red Social, él sabe qué botones tocar para que una escena de alguien hablando o vociferando se convierta en oro. En oro del que le gusta a Hollywood. Y algo de eso hay, también, en El juicio de los 7 de Chicago.

Tiene seis nominaciones al Oscar

La historia tiene raíces profundas y conocidas en Estados Unidos, pero es más ignota en estos parajes del hemisferio sur. En 1968 la temperatura social del país estaba por las nubes y Vietnam no hacía más que escupir cadáveres adolescentes y estadounidenses cada día. En el medio, las luchas por los derechos estaban en su apogeo, las Panteras Negras peleaban por reivindicar a la fuerza el lugar de su raza y el polémico LBJ se preparaba para dejar la Casa Blanca.

Las elecciones de ese año son importantes para esta historia: es durante la Convención Demócrata que se celebró en Chicago –que elegiría como candidato a Hubert Humphrey, quien a su vez después perdería las generales contra Richard Nixon– cuando una serie de grupos pacíficos de izquierda decidió protestar contra la guerra. Y aunque la idea era acompañar y demostrar su disconformidad en una especie de carnaval de tres días de paz, amor, porro y música, la situación de dio vuelta: por causas todavía no aclaradas del todo, la policía chocó contra estos grupos, empezaron las pedradas y los gases lacrimógenos, y pronto toda la ciudad se sumió en una serie de enormes disturbios que terminaron con la detención de ocho líderes. Todos eran miembros clave de estas organizaciones, menos uno. Bobby Seale, uno de los fundadores de las Panteras Negras, también fue apresado y juzgado junto al resto. Después de bochornosas humillaciones públicas, de la presión de los propios acusados y la imposibilidad de juzgarlo junto al resto por no hallar pruebas concretas, Seale fue liberado –apenas había estado cuatro horas en Chicago; todo fue, y quedó patente, una movida para “racializar” el juicio contra siete blancos–.

Los acusados restantes fueron denominados por la prensa como los siete de Chicago, y el juicio comenzó. Aunque, a decir verdad, fue más un circo que otra cosa, un episodio contaminado por la opinión pública, la política, la ineficacia de un juez flechado y un jurado que recibía amenazas día por medio. La realidad es incluso más sorprendente que lo que la película de Sorkin muestra, pero para eso están los libros de historia. Nosotros, mejor, transitemos los caminos de la ficción.

La película cuenta los disturbios que rodearon a la Convención Demócrata de 1968

Domingo de tarde

En El juicio de los 7 de Chicago Sorkin toma este gran evento que marcó los últimos años de la década de 1960 y lo llena de ficción. Hay situaciones inverosímiles que sucedieron tal cual, y hay otras, como el final, con las que se tomó algunas licencias. El objetivo es claro: encontrar en el hecho histórico uno de esos dramas judiciales que a Hollywood y a los espectadores tanto le gustan. ¿Spoiler? Lo hizo.

El juicio entra en la categoría de película pochoclera, o película para el domingo a la tarde, y lo hace con gusto. A pesar de sus dos horas y monedas de duración, Sorkin echa mano a una estructura de fácil digestión que alterna juicio, protestas, lo que sucede en el ámbito privado de los acusados y algunas repercusiones fuera de los tribunales que le dan color, ambiente y temperatura social a todo el combo. Las tensiones quedan de manifiesto al instante y los intereses de cada personaje también. Las luchas, en la película, están definidas: el poder político contra el poder ciudadano, la represión contra las libertades individuales, el derecho opuesto al deber.

El esquema, entonces, se adapta para que todos puedan seguir el tranco de la historia y no tiene demasiados claroscuros. Hay presentaciones para todos los personajes involucrados, hay momentos en que esos mismos personajes explican lo que está pasando por si alguien quedó rezagado y, obviamente, hay bandos bien diferenciados.

En ese sentido, el gris parece serle bastante esquivo a Sorkin a la hora de delinear un grupo de personajes que resultan un poco planos, incluso algunos que a los ojos de los votantes de la Academia merecen ser nominados por su trabajo (Sacha Baron Cohen). Acaso los únicos que parecen tener ciertas dudas o matices son el Tom Hayden de Eddie Redmayne y el fiscal interpretado por Joseph Gordon-Levitt, sumado al interesante abogado que representa el resolutivo Mark Rylance.

Sacha Baron Cohen está nominado a mejor actor de reparto por esta película

Pero en este ejercicio cuasi maniqueo donde siempre sabemos de qué lado estar, Sorkin sale airoso al no tomarse todo el circo demasiado en serio y lograr, así, una película ágil, que sabe estacionarse y acelerarse en sus buenas secuencias de acción, que tiene tiempo para abrir un paréntesis sobre lo que sucedió con otro líder de los Panteras Negras, Fred Hampton –situación que dialoga con otra película nominada este año al Oscar: Judas y el mesías negro–, y que entrega un par de momentos verdaderamente emocionantes. ¿Sucedieron? ¿Son inventados? Eso no importa: aunque esto se vea por Netflix, es Hollywood puro. Y se nota.

Y este es el momento en el que la nota fracasa, se contamina y aparece la pregunta: ¿de verdad una película como El juicio de los 7 de Chicago se merece las seis nominaciones que tiene? Sorkin hace un gran trabajo con un guion que ajusta para el paladar más amplio y heterogéneo posible, pero aun así resulta un poco demasiado.

¿Es injusto hasta para la película verla bajo esa lupa determinada? Quizás se deba bajar las pretensiones y considerar que el 2021 del cine estadounidense, en materia de premios, será de medio pelo para abajo. Más, incluso, si se compara con el puñado de nominadas de la última edición –El irlandés, Había una vez en… Hollywood, Parásitos, Historia de un matrimonio, Guasón, 1917, entre otras–. Por suerte hay excepciones.

Si se logra abstraer de la parafernalia oscarizable que ahora rodea a la última película de Aaron Sorkin en Netflix, quizás la pase bastante bien. De hecho, puede que hasta termine con una sonrisa en la cara. ¿Cuántas películas en este marzo/abril tormentoso pueden darse ese lujo?




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