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“Apertura o muerte”, últimas noticias del “capitalismo” caribeño

Poder y autoridad no son necesariamente sinónimos. Fuerza no implica autoridad. Puede, incluso, constituir un signo de debilidad. Max Weber señalaba que la dominación legítima rige cuando la autoridad es reconocida y aceptada. En la medida que esa legitimidad decae es compensada con cuotas cada vez mayores de autoritarismo que muestre a los ciudadanos que carecen de poder propio y alguien debe hacer las cosas por ellos. La pandemia ha acelerado esas deformaciones.

Esta es la encrucijada que encierra a las democracias imperfectas, populistas o corrompidas. Unas, porque perdieron legitimidad. Otras, porque siempre carecieron de ella. Cuba, Venezuela, China, Rusia, Vietnam, Arabia Saudita, Irán o Turquía son algunos ejemplos, no todos, en distintos niveles, de esa ecuación. Pero hay otra dimensión importante que indica que aun con el palo en la mano, la autoridad sobrevive en ambientes donde, al menos, la distribución del ingreso es consistente.

China abulonó su modelo autoritario con el experimento capitalista de Deng Xiao Ping que en esta modernidad produce un alto desinterés de los chinos sobre el concepto comunista pero no sobre la movilidad social que les garantiza el sistema. La República Popular tiene hoy la mayor clase media mundial y un ingreso per cápita que no deja de expandirse. Con Vietnam sucede algo similar. Y el absolutista reino petrolero saudita se ha manejado con un estado hiper intervencionista que ha garantizado ingresos parejos y enormes subsidios para comprar la calma social.

Los regímenes que carecen de éxito económico solo cuentan con la presión coercitiva que ha exhibido gravosos límites. La dictadura de Alfredo Stroessner colapsó cuando acabó el torrente de “plata dulce” que regó la construcción de la represa de Itaipú. No había más para repartir y un general de caballería y corta estatura, Lino Oviedo, se apersonó al déspota en el Palacio López con una granada en cada mano para avisarle que su historia había terminado.

En otros casos, como la crisis encadenada de las dictaduras del norte de África, en la llamada Primavera Árabe, el disparador fue el aumento del costo de los alimentos que llevó a la gente desde las calles a cuestionar la “autoridad” de esos regímenes y combatirlos.

Raúl Castro con el autócrata venezolano, Nicolás Maaduro, hace tres años en la capital cubana. Foto  EFE

Raúl Castro con el autócrata venezolano, Nicolás Maaduro, hace tres años en la capital cubana. Foto EFE

Quienes alegan que la ideología compensa estas necesidades pedestres de la subsistencia primero y el desarrollo personal luego, deberían escuchar algunos de los discursos de Raúl Castro, cuando reemplazó a Fidel en la conducción de la isla cubana. Este duro dirigente, que esta semana a sus casi 90 años anunció su retiro, reconocía a mitad de la década pasada el abismo de “conciencia revolucionaria” que “los sueldos insignificantes” provocaban en la juventud de la isla.

Como con la historia es posible hacer muchas cosas menos negar su dinámica, la gerontocracia cubana, o al menos parte de ella, ha probado que no es estática y entiende de precipicios. El menor de los Castro advirtió antes que muchos de sus camaradas de la nomenklatura que se debía modificar el orden de las cosas para que el modelo sobreviviera.

Ya sin la ayuda de Venezuela, atorada en una crisis extraordinaria, Cuba buscó durante la gestión de Barack Obama una negociación histórica con EE.UU. que rompiera décadas de aislamiento para obtener inversiones urgentes. Ese deshielo, que desactivó la precariedad geopolítica de Donald Trump, está hoy otra vez sobre la mesa. La salida de Castro, quien traspasó el poder total a su ahijado político Miguel Díaz-Canel, y se llevó con él a varios de los dinosaurios antiapertura, vestigios de la Guerra Fría, son gestos en ese sentido.

Los discursos de salida de Castro y de asunción en el máximo sillón del PC cubano de Díaz-Canel en el reciente Octavo Congreso del partido, tocaron la misma melodía. Ambos apelaron a EE.UU. para una normalización de las relaciones como las que Washington mantiene con la mayoría de los países del mundo. Como las que mantiene con Vietnam, el modelo comunista Doi Moi de apertura económica total, que Castro aspira a emular en la isla.

A mitad de la década de los ochenta los comunistas vietnamitas, confrontados con un país en ruinas tras la guerra con EE.UU., proclamaron el fin de la “mercadofobia”, la vinculación sin restricciones con el mundo, incluyendo los organismos financieros del capitalismo, y la noción de que “la economía mercantil es una conquista de la humanidad… para estimular la producción”.

En solo una generación el país del sudeste asiático pasó de importar arroz a ser el segundo exportador mundial. El año pasado esta pequeña China, en plena pandemia, creció más que la República Popular, +2,9%. Cuba, en cambio, retrocedió -11%. Castro no ha dejado de alabar el salto de calidad de este aliado para exponer que no es solo el insólito bloqueo que desde hace más de medio siglo mantiene EE.UU. sobre Cuba la razón del fracaso económico de su país.

Miguel Díaz-Canel, el nuevo hombre fuerte de Cuba que debe intentar atraer invresiones que alivien la arrasadora crisis económica que agobia al país. Foto AFP

Miguel Díaz-Canel, el nuevo hombre fuerte de Cuba que debe intentar atraer invresiones que alivien la arrasadora crisis económica que agobia al país. Foto AFP

Hoy la consigna de Patria o Muerte, que fue el significante simbólico del proceso cubano, ha dado paso a la más pedestre “apertura o muerte”, como le señaló a El País de Madrid, el economista cubano Omar Everleny, analista de presencia habitual en Harvard, Columbia o La Sorbona. “La consigna de Apertura o Muerte es indicativa de la necesidad que tiene este Gobierno de introducir con más fuerza al mercado… Vietnam, por la reforma profunda que implementaron ha crecido a más de un 7% anual en casi 30 años”, remarca.

Sería interesante conocer cómo procesan estas observaciones los aliados ciegos de la isla en la región que enarbolan programas en sentido inverso de economías cerradas. Hay datos que exponen similitudes. La isla experimenta un alto impacto inflacionario agravado tras la unificación este enero de las dos monedas que rigió la economía cubana. Pero ya el año pasado los alimentos o la vestimenta duplicaron o triplicaron sus precios y los servicios, electricidad entre ellos, treparon hasta cuatro veces.

Son alzas que no fueron compensadas por el aumento en los salarios en un país donde además, ya casi la mitad de la población vive de un magro mercado privado. Por eso se han expandido las protestas sociales y la consecuente represión.

La semilla lanzada por los cubanos, sin embargo, deberá esperar. Si germina en EE.UU. no será inmediatamente. El gobierno de Joe Biden no hará nada con la isla hasta después de las elecciones legislativas de 2022. Necesita ampliar su poder parlamentario y no puede volver a perder en Florida como ocurrió en las presidenciales del año pasado.

La diáspora anticastrista de la península ha probado que no se detiene en sutilezas y rechaza cualquier gesto hacia Cuba. Esos comicios de medio término son cruciales en varias dimensiones. Si los demócratas caen frente a los republicanos significa que regresará Trump, un dato a favor de China en la carrera por la hegemonía global. Pero eso no detendrá la transición en la isla.

El pragmatismo de la dirección cubana arrasó con la visión de los halcones conservadores, un sector que combatió la apertura respaldado por el aliado venezolano en épocas de Hugo Chávez. Uno de los caídos en las mudanzas de estas horas en Cuba es Ramiro Valdez, un antiguo y feroz rival interno de Raúl Castro y sus visiones aperturistas, y quien edificó el represivo sistema de inteligencia y de seguridad interna en la Venezuela chavista.

Barack Obama y Raúl Castro, el deshielo que desactivo Donald Trump. Foto AP

Barack Obama y Raúl Castro, el deshielo que desactivo Donald Trump. Foto AP

El experimento bolivariano que hoy se parece más a aquel Paraguay despótico de Stroessner que a la leyenda igualitaria cubana, también acelera un proceso de apertura, aunque el carácter corsario de su economía y de su liderazgo le alivia los prejuicios que envuelven a sus amigos cubanos. El año pasado una comisión oficial, dispuso abrir a capitales privados la estructura petrolera, en un esquema propuesto y gerenciado por el ministerio de Economía de Rusia.

En enero último comenzaron los contactos con empresas contratistas, primero pequeñas, para ver de qué modo pueden aprovechar las gigantescas reservas petroleras del país caribeño. No es algo sencillo. Venezuela necesita inversiones descomunales para resolver el derrumbe de su principal negocio que hoy produce menos de 500 mil barriles diarios. Para intentarlo, el régimen de Nicolás Maduro que ahora controla el Parlamento tras las dudosas elecciones de diciembre pasado, prepara una legislación que concluirá con el monopolio del crudo en manos de la estatal PDVSA.

Las sanciones norteamericanas son un escollo en ese camino. Pero hay atajos. Las petroleras privadas podrán asumir el control de los activos venezolanos, sin caer en la ilegalidad. Eso se debe a que EE.UU. prohíbe hacer negocios con PDVSA, con el régimen y quienes lo ayudan. De modo que las petroleras independientes, en teoría, podrían asumir los negocios que ya no tendrían la potestad de la firma estatal.

Esto es a punto tal que, según acaba de consignar la agencia Bloomberg, ejecutivos de la industria del crudo y de mercado de capital norteamericanos han multiplicado su lobby anti sanciones en Washington con el argumento de que “si otros van a jugar a la pelota allí, entremos también nosotros en el partido”.

Un punto posible sería que, en un primer paso, se autorice a las compañías de EE.UU. a intercambiar naftas por el crudo venezolano, negocio que también bloqueó Trump. Ese movimiento, basado en pretextos humanitarios (el combustible permite a los camiones transportar alimentos y medicinas de los puertos a las ciudades) quizá se produzca antes de aquel examen electoral del año próximo en EE.UU.

No son pocos en el norte mundial quienes creen que la diagonal de la apertura es un camino recto hacia un cambio de régimen en Venezuela donde una parte de la burguesía local se ha subido ya a estas transformaciones. Y sobre todo si Cuba mira hacia otro lado, a su propia trastienda y su sobrevivencia.
© ​Copyright Clarín 2021


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