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A pesar de las vacunas, Uruguay es el segundo país con mayor cantidad de muertos por millón de la última semana

A pesar de llevar adelante una amplia campaña de vacunación, la pandemia de coronavirus sigue devastando a Uruguay. Según el sitio Our World in Data, de la Universidad de Oxford, es el segundo país con mayor cantidad de muertos por millón de la última semana, con 14,06 fallecidos por millón.

En el primer lugar se encuentra Paraguay, con 14,48 muertos por millón.

Uruguay logró sortear con éxito la primera ola de la pandemia durante 2020. Mientras que los servicios sanitarios de Perú y Ecuador colapsaban, el país oriental registró solo 181 muertos por COVID 19. La estrategia uruguaya del testeo rápido, oportuno aislamiento y un seguimiento personalizado funcionaron, pero el sistema comenzó a colapsar en noviembre, cuando se pasó de 40 a 165 casos diarios.

Captura del gráfico de los muertos de coronavirus por millón de habitantes de la última semana. Foto: captura del sitio Our World in Data

Captura del gráfico de los muertos de coronavirus por millón de habitantes de la última semana. Foto: captura del sitio Our World in Data

Hace meses se perdió el hilo epidemiológico. Más de la mitad de los contagios son de origen desconocido.

Uruguay comenzó a inmunizar a fines de febrero y vacuna a buen ritmo. Casi un millón de uruguayos (casi un tercio de la población) están vacunados con dos dosis mayoritariamente de Sinovac, pero todavía se está lejos de la inmunidad comunitaria que el gobierno estima alcanzar con el 70% de la gente inoculada.

“La vacunación tiene que llegar a un porcentaje alto de población con inmunidad completa, es decir, dos dosis más 15 días de espera. Y recién ahí bajarían los casos… Si no bajás la movilidad, no haces más test PCR o no rastreas los contactos la vacuna sola no logra eso. Tampoco sabemos cómo evolucionará la variante P1. Es un escenario incierto”, afirmó Zaida Arteta, infectóloga y secretaria general del Sindicato Médico del Uruguay.

En estos momentos, la cepa que más circula es la variante brasileña P1, originaria de Manaos, detectada en 99% de las muestras analizadas esta semana por el Instituto Pasteur. Es más letal y contagiosa que la originaria de China.

Escenario complejo

Eduardo Rey festejó su cumpleaños 69 con diez familiares el 21 de marzo en la capital de Uruguay. Dos días después empezaron los síntomas. “No les dimos mucha importancia”, dice Graciela Díaz, su esposa.

El 24 de marzo se confirmó el primer positivo entre quienes participaron de la celebración. Para entonces Eduardo (un agricultor) tenía más tos, fiebre y guardaba reposo porque día a día tenía menos fuerzas para levantarse.

El presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou. Foto: EFE

El presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou. Foto: EFE

Desde entonces Graciela llamó insistentemente al número de la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE), responsable de casi un millón y medio de uruguayos y que sólo cuenta con 310 ambulancias. “Hasta que no tuviéramos el resultado positivo no nos atenderían”, recuerda.

Cuando lo tuvieron, el 1 de abril, tampoco consiguió una visita. En los días siguientes un médico recetó a Eduardo un antiasmático y Graciela se angustiaba mientras seguía intentando conseguir un doctor a domicilio. “Le estaba bajando la oxigenación en sangre y le costaba respirar. Habían pasado 12 días”, relata.

Un médico que habló con Eduardo le dijo que tenía 900 pacientes por ver y que su caso no era tan preocupante porque tomaba medicamentos. En caso de agravarse, el experto le sugirió llamar al 911, es decir, el servicio policial de emergencias.

El sábado 3 de abril lo llevaron en su automóvil al hospital. Uno de sus pulmones ya no funcionaba y una cuarta parte del otro estaba dañado. “Apenas podía caminar”, dice Graciela.

Ahí se contagió de tres bacterias intrahospitalarias, recibió antibióticos que probablemente bajaron su respuesta inmune y falleció el 21 de abril por insuficiencia respiratoria.

La muerte de Eduardo fue una de las 3.000 que ocurrieron entre marzo y el 26 de mayo de este año en el país. En abril pasado el pico de muertos se hizo meseta y desde entonces el coronavirus ha provocado entre la mitad y dos terceras partes de los decesos totales.

A pesar de que la transmisión comunitaria está en el nivel más alto desde febrero, el gobierno mantuvo durante casi toda la pandemia las fronteras abiertas con Brasil recibiendo turistas en tiendas libres de impuestos (cerraron unas semanas, el lunes volvieron a abrir) y dejando pasar camiones sin controles.

La “libertad responsable” fue el eslogan del gobierno de Luis Lacalle Pou para reafirmar la responsabilidad individual ante la amenaza comunitaria. La economía prácticamente no paró, salvo los espectáculos públicos, actividades artísticas, gimnasios y centros educativos, además de restaurantes que cierran a medianoche.

Desde abril cientos de positivos comenzaron a fallecer fuera de los centros de terapia intensiva (CTI) por la limitada capacidad de respuesta de los servicios de medicina prehospitalaria.

Entre el 22 y el 25 de mayo, 87 personas fallecieron en CTI según la Sociedad de Medicina Intensiva, pero el total de muertes por coronavirus fue 214. Esta tendencia comenzó cuando los CTI empezaron a trabajar al límite de su capacidad a partir de marzo y pronunciadamente en abril.

Desde el inicio de la emergencia sanitaria, Uruguay casi duplicó sus camas de CTI, pero muchos pacientes no llegan a los centros de salud por la saturación de las líneas telefónicas, la falta de ambulancias, los resultados tardíos de los test, la inadecuada clasificación del riesgo, la falta de diagnóstico claro o la evaluación de la evolución de la enfermedad. El primer nivel de asistencia está colapsado, aseguran varios especialistas.

De las 1.022 camas de CTI, 785 están ocupadas, pero nadie ha medido la sobrecarga del primer nivel de atención que recibe, clasifica y deriva pacientes.

“La lenta o deficitaria respuesta del sistema pone en riesgo la vida en sentido literal porque la enfermedad evoluciona rápido y se necesita un contacto diario”, señaló a la agencia AP la doctora Jaqueline Ponzo, epidemióloga y expresidenta de la Asociación Internacional de Medicina Familiar (WONCA, por sus siglas en inglés), que trabaja en una zona cercana donde falleció Duré.

“Necesitamos investigar mucho más lo que pasa. No es porque no haya camas en CTI. Tampoco por que se nieguen ingresos. Puede ser un indicador de sobrecarga de los otros niveles asistenciales”, advirtió el médico  Arturo Briva de la Universidad de la República un mes atrás.

“Estamos en una nebulosa, una situación confusa para mucha gente”, advierte Marcela Cuadrado, presidenta de la Asociación Uruguaya de Medicina Comunitaria y Familiar. La médica atiende una amplia zona de granjas en Canelones, a una hora de Montevideo.

“La gente no está accediendo al equipo de salud porque telefónicamente hay pocas líneas y están ocupadas. Por otro lado, los equipos de seguimiento de pacientes COVID en domicilio funcionan muy organizados en algunos lugares y en otros totalmente desorganizados”, aseguró.

Con información de The Associated Press 

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