Espectáculos

20 años de dos sagas que cambiaron el cine

Fueron tres navidades. Tres navidades con la sangre en el ojo.

La primera es la de la Navidad del enfado. De hecho, ni siquiera es Navidad: ya pasaron unos días, estamos en enero, hace calor y la escena es corta. Estoy tirado en un sillón rojo en la casa de mi abuela, desparramado, aburrido, enojado, los grandes no paran de hablar de lo impresionante que fue, y yo me meto en la conversación porque no los aguanto más. 

—Tendría que haber ido —los encaro. 
—No es para vos —me dicen.
—Ya leí los libros, qué no va a ser para mí. 
—Esto es diferente. 
—No me voy a asustar —intento. 
—No sigas —me cortan.

La segunda ya es, ahora sí, en Navidad. Tengo la cara de Frodo recortada y pegada en la puerta del cuarto. La saqué de la revista del cable. El cable: ese que me habilitó la entrada a la Tierra Media cuando me la vetaron en el cine. Con más experiencia, pruebo suerte con la segunda película. Espero una respuesta diferente. ¿La encuentro? No. Me estrello contra una pared más alta que el Monte del Destino. 

—No sabés —me dice un sádico próximo—, esta es todavía mejor.

La tercera llega con la novedad de que son dos partes. Todos parecen hablar de eso y no de que es el fin. 
—No sabés —me dice el mismo sádico otra vez—, podés ir al baño a la mitad. 
Y después hace una pausa:
—Y esta es la mejor de las tres.

Con esa astilla clavada en mi autoestima infantil me rindo. No puedo más. Golpeo la mesa porque no puede ser. Porque alguien tiene que entender que yo tengo que estar metido ahí, en eso de lo que todos hablan, en esa experiencia que me omite y me convierte en un paria. No se dan cuenta, pero me están matando, me están cortando las piernas, no pueden ser así. Tan así.

Pero así son. Y quedo, otra vez, afuera. ¿Ver el final en el cine? Ni cerca. Me conformo, tiempo después, con la versión del cable. O el devedé. Me emociono rápido. Me olvido de la frustración. Lloro con cada una de las conclusiones. Entiendo que es un antes y un después. Que siempre voy a volver al cine buscando eso que sentí.

La comunidad del anillo (2001)

Pero hay otra revolución de la que sí me dejan ser parte activa. Entre las montañas de la verde Escocia, un niño mago aprende a ser el mesías de su universo y forja legiones de seguidores con libros que se venden más que la Biblia. Como los Beatles, Harry Potter es más popular que Jesús. Entre esos desquiciados fanáticos estoy yo, que me trepo a las cajas sin abrir en las que llegan las primeras ediciones de los libros, que me coloco en el primer lugar de la fila en cada nueva entrega cinematográfica. Si en la Tierra Media me abro camino a la fuerza y lograr que mis padres me dejen ver las películas es más complicado que llegar a Mordor, para Hogwarts me ponen una alfombra roja: me siento parte, me sé miembro de una marea universal que parece no tener parangón. Me dejan serlo.

Así, de maneras diferentes, El Señor de los Anillos y Harry Potter me cambiaron la vida. Si mis primeros años de existencia no hubiesen estado signados por estas dos sagas, de seguro hubiese sido una persona diferente. ¿Quién? No sé. Pero mi apego al cine y la literatura habría aparecido por otro lado, habría transitado otros caminos, otros fenómenos iniciáticos. Y si cito toda esta experiencia personal prescindible, aburrida, que solo me importa a mí, es porque entiendo que es algo que se replica en muchos de mis congéneres, en aquellos que bordeamos o pasamos los 30. Quienes vimos el cambio en vivo y en directo. El anillo mágico y el niño que vivió le dieron forma a los sueños de millones en el mundo, y es un hecho que, en el amanecer de sus historias cinematográficas, algo cambió.

Harry Potter y la piedra filosofal (2001)

Tanto La comunidad del anillo como La piedra filosofal fueron puntas de lanzas que empezaron a moldear la cultura pop del siglo xxi a su antojo. Así como Star Wars lo hizo a fines de la década de 1970, estas sagas marcaron un antes y un después para el cine y modificaron varias matrices y preceptos: el modelo narrativo, el modelo de consumo, la taquilla, la espera, todo se modificó.

A 20 años de sus respectivos estrenos, el legado de ambas historias está bien pulido y reluciente. Los mundos de El señor de los anillos y Harry Potter están abiertos, vivos, activos, y sus coletazos se ven en cada uno de los productos masivos que hoy consumimos. Cambiaron, está claro, la historia. ¿Y cómo lo hicieron? Así.

La comunidad del anillo (2001)

Orígenes

Galadriel lo tiene claro.

Busquen la primera película, La comunidad del anillo, y escuchen —o lean— la primera frase. “El mundo ha cambiado”, dice la elfa sobre un fondo negro. El mundo ha cambiado. Y hoy tenemos más que confirmado que la dama de Lórien se refería a la sombra del anillo mágico extendida en la Tierra Media, pero tranquilamente podría estar pasando raya a lo que después del estreno —el 10 de diciembre de 2001 en EEUU; el 4 de enero de 2002 en Uruguay— pasó.

Pero principio tienen las cosas. El señor de los anillos no era, cuando apareció en el cine, ningún secreto bien guardado ni nada parecido. Era, se sabe, una trilogía literaria épica creada en la década de 1950 por un filólogo de Oxford que bebía de las tradiciones islandesas, de la mitología nórdica y de un universo diseñado de punta a punta, de orco a orco. Desde su publicación, la obra de John Ronald Reuel Tolkien —JRR, para los amigos— fue estudiada, venerada y ensalzada como una obra cumbre de la literatura fantástica, y en ese sentido, sus seguidores no eran pocos: eran miles. Cientos de miles. Aunque quizá menos que ahora.

Por eso mismo, el mundo de los hobbits coqueteó algunas cuantas veces con la pantalla antes de desembocar en la obra de la que hablamos hoy, entre las que se encuentran una lisérgica versión animada de 1978 obligada para cualquier fanático verdadero, y un fracasado intento de los Beatles —sí, los Beatles— de adaptar la historia. Lo cierto es que el tiempo pasó y la sensación era que la trilogía era infilmable. Ya fuera por el despliegue de personajes, por los escenarios costosos o las tramas ambiciosas, era un proyecto que estaba condenado al naufragio.

La comunidad del anillo (2001)

Pero casi como si La Comarca se extirpara un nódulo y lo enviara como representante al mundo real, de la enigmática Nueva Zelanda emergió un gordito retacón, barbudo, amante del cine de terror berreta y con pinta de hobbit que empezó a trabajar —y a sudar— en una adaptación a fines del milenio pasado. El resultado es conocido, y por eso ahorremos caracteres: Peter Jackson nos regaló la trilogía fantástica más grande jamás hecha. El señor de los anillos no solo alcanza cotas altísimas de épica, emoción y perfección —algunas de sus escenas siguen siendo clases de narrativa, y si no vayan a revisar la batalla del Abismo de Helm y vuelvan—, sino que cambió varias concepciones que se tenían en torno a la idea del blockbuster perfecto. Luego de una década de 1990 que se caracterizó por el auge del cine independiente en EEUU, el despliegue masivo de esta trilogía fue un éxito paquidérmico.

Por la misma época, algunos meses después, Harry Potter empezó su recorrido. Éxito literario contemporáneo, global, la Warner no demoró mucho en poner las garras en esa serie de libros que estaban revolucionando el mercado. Los firmaba una tal JK Rowling, se agotaban más rápido que los cupos para la Sinovac y garantizaban una buena sobrevida de películas para mantener a los seguidores expectantes. Seguidores que, además, iban a ir creciendo con los actores. La autora les vendió los derechos de los cuatro primeros tomos por £ 1 millón y se cerró el trato.

Con el acento británico bien puesto, una troupe de niños con escasos minutos previos en pantalla y la experiencia de Chris Columbus detrás de cámaras —se la ofrecieron a Steven Spielberg, pero dijo que no porque tenía intenciones de convertirla en una película animada; Rowling, por su parte, quería en los controles a Terry Gilliam—, La piedra filosofal debutó en cines el 4 de noviembre del 2001. La magia se instaló, la saga original se estiró hasta el 2011, se llegó a las ocho películas y se convirtió en una de las franquicias más influyentes y exitosas del cine reciente.

Fantasía desatada

Es muy fácil entender el impacto de estas películas. Solo hay que mirar lo que había antes y lo que vino después. Lo que vino enseguida.

El oleaje causado por estas dos franquicias golpeó al cine y la literatura de manera simultánea y demoledora. Los millones de dólares en taquilla empezaron a correr, la demanda de productos vinculados a estos universos se catapultó y con públicos similares pero dispares —ESDLA tiene un contenido, si se quiere, más adulto que el de las primeras entregas de HP—, la atención de la industria del consumo cultural occidental viró y se fijó en una franja que había sido ignorada: el público nerd.

De repente estuvo bien saber que Galadriel y Légolas eran elfos, pero de distinta clase. Que si hay niebla es porque los dementores se están apareando. Que Azkaban no es un boliche del Centro. Que a los Balrogs no hay con qué darles. Bajo la nueva luz arrojada por el comienzo de estas dos sagas, el jugador de Dungeons & Dragons, el seguidor de la ficción más pop, el que devoraba las sagas fantasy y toda esa camada de consumidores que habían llegado demasiado tarde al fenómeno Star Wars y que rememoraba con nostalgia aquellos años, se encontró en el ojo huracanado del mainstream. La lista de sagas e historias que buscaron comer de esa torta millonaria se engrosó exponencialmente y de repente todo fue espadas, armaduras, una cantidad estimable de violencia, arqueros, niños elegidos, mundos mágicos, batallas épicas, brujas buenas y monstruos multiforme.

Harry Potter y la piedra filosofal (2001)

Las crónicas de Narnia, Eragon, La brújula dorada, Percy Jackson, Divergente, Los juegos del Hambre, Game of Thrones, Crepúsculo, Stardust, Beowulf, Piratas del Caribe y hasta, sí, el Universo Cinematográfico de Marvel; buenas, malas, pésimas, ninguna de estas adaptaciones —y nótese el término adaptación— hubiese existido si ESDLA y Harry Potter fracasaban en su misión. Y no lo hicieron.

Al final, el enorme éxito de ambas sagas dejó claro que aventurarse en la adaptación de historias de tres o más películas tenía sentido, que era un modelo que las masas volvían a apreciar, y que incluso iban a bancar hasta el paroxismo: luego de que Harry Potter dividiera su última entrega en dos películas como parte de una estrategia “narrativa” que fue más económica que otra cosa, otras sagas similares lo intentaron también. ¿Spoiler? Solo al mago le salió.

El sorprendente amor de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas para con las películas de Jackson también pautó que este género, la fantasía épica, también podía ser tomada en serio por el público más crítico. Está claro: otras películas “de espada” se habían llevado el Oscar con antelación, pero ¿cuántas de esas tienen elfos? ¿Cuántas tienen a un mago que resucita después de pelear contra un demonio de fuego? Lo cierto es que las tres entregas de ESDLA fueron nominadas a Mejor película de manera consecutiva y, en total, la trilogía cosechó 17 galardones. La última, El retorno del rey, batió récord: se llevó los 11 premios a los que estaba nominada. 

Pero si volvemos a juntar la Tierra Media con Harry Potter, hay más que decir: estas producciones probaron que el cine y las técnicas de efectos especiales ya casi no tenían límites. Todo se podía filmar. Con el ruido de Matrix todavía en los oídos, ambas películas crearon escenarios enormes desde cero, mostraron bestias imaginarias al detalle, suntuosos palacios o castillos que hasta se podían tocar y Peter Jackson, a caballo de Gollum y Andy Serkis, hasta se dio el lujo de patentar una nueva tecnología: la captura de movimiento. De nuevo: King Kong (2005), la nueva trilogía de El planeta de los simios y varias películas más le deben todo a este recurso.

Harry Potter y la piedra filosofal (2001)

Legado

Veinte años después, los dos mundos están abiertos, palpitantes como un corazón que se niega a morir y que bombea más y más.  

Harry Potter ya se convirtió en The Wizarding World, una especie de gran conglomerado de historias que suceden en el mundo mágico. Actualmente, las historias que aparecen en pantalla son las de Animales fantásticos y dónde encontrarlos, un spin-off que arrancó con una primera película digna, que desbarrancó feísimo con una segunda parte vomitiva y que ahora pretende levantar, aunque hay que ver qué tanta afinidad despierta en los nuevos seguidores de las andanzas de los personajes de Rowling. De todas formas, el legado literario de la saga es enorme; se ha convertido en un clásico contemporáneo, continuamente hay nuevas generaciones que lo descubren y, seguramente, esté forjando su camino a convertirse en uno de esos títulos totémicos. Harry Potter, claro está, compartirá en un futuro estantería con Alicia, Huckleberry Finn, Oliver Twist y otros infantes ilustres que marcaron una época. Si no lo hace ya.

La comunidad del anillo (2001)

El señor de los anillos, en tanto, tiene más tela para cortar. A diferencia de la saga del mago inglés —que se expande poco fuera del tronco principal de la historia—, la creación de Tolkien ha echado raíces hacia varios sitios. La historia de El Hobbit, por ejemplo, ya fue contada por Jackson en una floja trilogía —así como pasó, ya la olvidamos—, pero todavía hay más para rascar en textos como El Silmarillion o Los hijos de Hurín, profundizaciones casi bíblicas del propio JRR en su mundo inventado, su Legendarium.

En ese sentido, lo más cerca que estaremos en el futuro de los personajes de Tolkien será una serie ambientada en la Segunda Edad (una era previa a los hechos narrados en El señor de los anillos), que está producida por Amazon Prime Video y que se anuncia como la más cara de la historia. Ya confirmaron protagonistas, comenzarán a filmar cuando las condiciones sanitarias del mundo lo permitan y se estima que entre 2022 y 2023 veremos su estreno. Habrá que ver, entonces, qué lugar llega a ocupar en el futuro próximo, aunque de pique tiene una ventaja frente a todas las demás franquicias que aparezcan: la Tierra Media ya no tiene nada que demostrar. Ya lo hizo. Sobre su legado estamos parados. 




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